La vida siempre gana

La vida siempre gana

Oriol Prado. Escuchar el relato en primera persona de lo que está pasando en la frontera sur que nos ofrecieron Helena Maleno y Mussie Zerai, en ocasión de la recepción del Premio Mundo Negro a la Fraternidad[1], ha sido una nueva sacudida en la conciencia de muchos que, a pesar de que parece que sólo podamos dirigirnos hacia un pensamiento único posible, marcado por una supuesta securitización necesaria de nuestras fronteras y una consecuente criminalización y victimización de las personas migrantes, no queremos acostumbrarnos a esta realidad. Quisiera fijarme en algunas palabras cazadas al vuelo y ver alguna consecuencia que de ellas se deriva en cómo vivimos hoy las fronteras desde nuestra realidad, muchas veces distante.

“El derecho a la vida debe pasar por encima de las leyes migratorias”, decía Helena Maleno. “No todo lo que es legal es justo”, recalcaba Mussie Zerai. De aquí podemos ver que lo que es justo es el derecho a la vida, a la vida de todos los seres humanos, a la vida de quienes podáis leer este texto, a la vida de las personas encerradas en los CIE, a la vida de las personas atrapadas en ambos lados de la frontera, a la vida de las personas maltratadas por las mafias que actúan con toda la impunidad con la connivencia de los gobiernos de los países europeos, tan crudamente descrita por Mussie Zerai. Las leyes migratorias de las que nos estamos dotando olvidan la dignidad de las personas y niegan el derecho a la vida de las que se ven forzadas a ponerla en riesgo en la travesía del Mediterráneo, en rutas día tras día más inseguras. Como escuchábamos: “De frío se mueren los empobrecidos”, ahogados sólo mueren los que no tienen otra alternativa para alcanzar su sueño, sólo ponen en riesgo la vida los nadie, los olvidados, los desheredados: las víctimas de las leyes migratorias de las que nos hemos dotado y que les niegan el derecho a la vida.

Se trataría, sencillamente, de dotarnos de leyes migratorias justas en las que se considerara, por encima de la seguridad, el derecho a la vida digna de todas las personas, de forma que el derecho a la vida estuviera incorporado a las leyes migratorias.

Y es que el derecho a la vida, en el mundo actual, está supeditado al gran negocio de las fronteras: “No es una cuestión ideológica: es el gran negocio de las fronteras”, nos decía Maleno. Construcción de muros y vallas, gasto en securitización de la propia frontera, convenios de formación con las fuerzas de seguridad de terceros países, vigilancia marítima y terrestre, transporte de retornos y deportaciones, inversión en tecnología de vigilancia y seguridad, y un largo etcétera, muchas veces en partidas presupuestarias poco claras u ocultas de las que se benefician doblemente las empresas armamentísticas: “Se crea la guerra, las personas tienen que huir, hay que controlar y asegurar fronteras, esto genera una doble ganancia para las empresas”.

De modo que interesa que “la frontera pase de ser un problema a convertirse en un conflicto”, con el fin de hacer un negocio del que se nos quiere convencer que es absolutamente necesario para nuestra seguridad y bienestar occidental y, por el contrario, lo que pasa es que “sólo interesan las personas cuando son mercancía”, sentenciaba Maleno. Esta realidad la podemos trasladar a otros ámbitos de nuestra sociedad, como el laboral (y hacer un repaso a las últimas reformas laborales que se han llevado a cabo) o el del consumo, revisando el rol que tenemos como consumidores. De todo ello podremos deducir un cuestionamiento sistémico, que va más allá de la barbarie que sucede en nuestras fronteras día tras día; lo encontramos también en nuestros puestos de trabajo (los que por fortuna tenemos), lo encontramos en los modelos de consumo, lo encontramos en la militarización de nuestras calles, lo encontramos en los campamentos de personas que viven en chabolas o al raso en los márgenes de nuestros barrios…

Como nos decía Helena Maleno: “Hablar de migrantes como personas es un acto revolucionario”, se trata de hacer una propuesta revolucionaria en que las personas, vengan de donde vengan, tengan el origen social que tengan, sean protagonistas activas (y con ello la apuesta debe ser, también, absolutamente democrática) de la construcción de un mundo que sea habitable y que sea vivido. Como nos decía la reflexión de fin de año de Cristianisme i Justícia: “Proponer una globalización alternativa sobre unos nuevos principios que arraiguen en la preocupación por la justicia global y por el bien común”[2].

La propuesta revolucionaria requiere también desaprender cómo percibimos las personas migrantes desde la estigmatización: por el mero hecho de buscar una vida mejor no son personas violentas, no vienen a ocupar nuestro espacio, no quieren quitarnos lo que es nuestro; como proponía Helena Maleno: “Contra la criminalización y la victimización: dignificación como personas”. Descubrámoslas como personas con anhelos y esperanzas y ofrezcámosles la oportunidad de construir conjuntamente el bien común, verdaderamente común, y no lo que a mí me parece que te conviene.

Para esta construcción, la experiencia de frontera puede ser bien útil. A pesar de que la legalidad en la frontera es poco alentadora: “Los tribunales internacionales hacen condenas poéticas sin consecuencias reales; las fronteras son un espacio de no-derecho”, el relato nos ofrecía un itinerario donde transitar: “Los procesos de resistencia tienen más fuerza si hay acción colectiva de las comunidades migrantes: es el poder de la comunidad”. Cuando la lucha por el bien común es compartida, los resultados integran la lucha de todo el que, con esperanza transformadora, participa de la resistencia y hace de ella una propuesta constructora de bien común.

El relato de Helena Maleno acababa explicando algún detalle de cómo afrontaba el juicio al que había sido sometida por los tribunales marroquíes, a instancias de una denuncia de la policía española[3]. Días antes del juicio, cuando se encontraba con las personas que tanto la aman en la frontera, le decían: “Ellos tienen las armas, tú tienes la palabra. Dios te ha dado el don de la palabra, todo irá bien”, ciertamente su palabra transita con armonía entre compromiso y firmeza, entre denuncia y acción, entre esperanza y ternura. Que su palabra sea también fuerza para nosotros, sacudidos por estos relatos, en la transformación de este mundo.

Estos días hemos escuchado el padre Joan Soler recordarnos las palabras de Pere Casaldàliga que nos decían: “Suicidaos como Primer Mundo. Os quedáis con vuestra vida pequeña, construís vuestras murallas, vuestras seguridades, pero en el Sur seguimos viviendo como si fuéramos colonias. Como Primer Mundo nos conformamos con las estructuras de poder, y vamos viviendo nuestra pequeña vida sin capacidad para construir una tierra que sea de todos”[4]. En el relato de la realidad de frontera de Helena Maleno y Mussie Zerai encontramos todos los elementos que nos propone Casaldàliga: vida pequeña, murallas, seguridades, colonias, estructuras de poder…, pero sobre todo encontramos la incapacidad de dar respuestas desde arriba y, al mismo tiempo, la esperanza de que desde las respuestas propuestas desde abajo empecemos a construir una tierra que, de verdad, sea para todos.

Acabaré con cuatro palabras que nos decía Helena Maleno y que dan título a este relato. Tienen la fuerza de condensar lo que he querido exponer dándonos esperanza y sentido al seguir caminando hacia la justicia, el bien común y las personas: “La vida siempre gana”.

***

[1] http://mundonegro.es/helena-maleno-mussie-zerai-premio-mundo-negro-la-fraternidad-2017/

[2] https://www.cristianismeijusticia.net/el-perillos-resorgiment-de-lautoritarisme-relats-alternatius-davant-la-crisi-de-lordre-liberal

[3] http://sjme.org/necesitamos-ayuda-helena-maleno/

[4] https://www.ara.cat/dossier/Joan-Soler-Felip-Casaldaliga-Mon_0_1959404129.html

Para continuar haciendo posible nuestra labor de reflexión, necesitamos tu apoyo.