Casaldàliga: no volveré a Cataluña

Casaldàliga: no volveré a Cataluña

Xavier Garí de Barbarà[Foc Nou] Desde adolescente leía la revista La Ruta del Quetzal, con artículos, textos y entrevistas de muchos testigos cristianos comprometidos con América Latina, su Iglesia y su gente. Allí descubrí la poesía de Pedro, la primera que me hizo vibrar en mi vida, y aquellas lecturas no me dejaban indiferente; todo lo contrario: me invitaban a soñar con una vida de misionero en América Latina, que no fue nunca como yo esperaba. Llegado el momento, llamé a la Prelatura de São Félix do Araguaia, y también escribí al Obispo Pedro, para invitarle a Cataluña, donde trabajaba en una escuela de los Hermanos Maristas y buscaba que su testimonio alentara la fe de aquellos jóvenes, y contagiara su solidaridad. Casaldàliga respondió pronto: “Estimados, no volveré a Cataluña, pero encantado os acogeré el tiempo que deseéis en nuestra Prelatura de São Félix do Araguaia. ¿Por qué no venís? Este verano de 2001 tenemos la ‘Romería de los Mártires de la Caminhada’. Sentíos invitados. ¡Os espero de todo corazón! Obispo Pedro”. Y así fue; sin pensarlo dos veces, fui. Era el 11 de julio de 2001 cuando llegaba a Rio do Janeiro y, al cabo de unos días, en avioneta, aterrizaba en Mato Grosso, en el sur de la Amazonia. 

La casa de Dom Pedro era arquitectónicamente igual a los edificios del resto de Sâo Félix, sin distintivos externos de ningún tipo y, por tanto, difícilmente identificable, por lo que vivía perfectamente integrado (inculturado) en el entorno, como era él. Tenía la casa que los demás podían tener, ni más ni menos; talmente pasaba con la Catedral, que nunca la llamaban así, y que externamente era un edificio como el almacén de frutas de al lado, en medio de aquella calle principal batida por tierra fina y roja. La llamaban la Iglesia del pueblo y el interior era luminoso, austero, pero impactaba el retablo de la resurrección, obra de Maximino Cerezo Barredo, el claretiano brasileño y artista.

Con el Obispo Pedro tuve varios encuentros durante el tiempo que estuve allí, en la Prelatura. Todos ellos inolvidables. A menudo comenzaban después de las eucaristías de la mañana, en la capilla de su casa, donde Pedro presidía la misa con naturalidad y un recogimiento que impresionaba; cuando compartía oración era como hacer presente todo el mundo que llevaba en su corazón, y que pasaba a menudo por la gente cercana a la Prelatura, las luchas locales o las noticias globales… En nuestras conversaciones privadas hablábamos de la Iglesia, del Brasil, de la fe en aquellas tierras, de la vida en la selva, los misioneros perdidos en comunidades indígenas. Todo hervía de vivencia y compromiso, de espiritualidad profunda, de amor a Dios.

Hacia el final de mi estancia, recuerdo que le pregunté, como suplicando, si vendría por Cataluña. Me cogió por el hombro mientras caminábamos y me respondió, sonriente y delicado, con un fragmento de sus poemas: “Amigo, mis causas valen más que mi vida. Aquí siempre podréis venir todos los catalanes, pero si me voy de esta tierra no podré estar con toda esta gente. Entregarse significa totalmente. Mi sitio ya está aquí. He arraigado aquí, y aquí me han convertido. Cuando volváis, hablad de lo que habéis visto aquí y será como si yo fuese también; y cuando lo queráis, venid, que siempre os esperaré con los brazos bien abiertos. Y no lo olvidéis: las causas valen más que la vida”. Nos abrazamos, me bendijo, quise besarle la mano pero no me dejaba; yo me sabía ante un hombre de Dios.

Al día siguiente volaba hacia Rio do Janeiro y, a los pocos días, retornaba a Barcelona. Hace más de 15 años de eso, pero todavía me mira su mirada, me hablan sus gestos, me resuena su voz al oído en aquellas mañanas y tardes en su capilla, donde hablábamos, compartíamos, soñábamos, y me confesaba; y él alentaba mi fe. “No volveré a Cataluña…”, me repetía, pero siento como si hubiera vuelto conmigo, desde allí. Al final, no importa dónde estás sino cómo estás allí donde estés.

Casaldàliga

Imagen extraída de: Claretians de Catalunya

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