A propósito de la película "Sophie Scholl: los últimos días"

A propósito de la película “Sophie Scholl: los últimos días”

Albert LlorcaEste mes de febrero se cumple el 75º aniversario de los hechos acaecidos en Munich y que fueron protagonizados contra su voluntad por el grupo estudiantil contestatario La Rosa Blanca. La película “Sophie Scholl: los últimos días” es, pues, una recreación histórica del desarrollo de los hechos sucedidos en pocos días en la capital bávara, siendo el centro de los mismos el citado grupo, de fondo cristiano y anti-hitleriano, un movimiento en el que algunos miembros eran militares de la Wehrmacht y que surgió en Munich en el año 1942. La película introduce desde la maestría descriptiva del gran director Marc Rothemund, especialista en trabajos de denuncia de actitudes neonazis como se hace notar en otras películas anteriores, el proceso de denuncia pacífica practicado por el citado grupo de estudiantes -mediante el envío anónimo por correo de panfletos- contra las barbaridades cometidas por el régimen nazi dentro y fuera de Alemania en la década de los años 30 y principios de los años 40 del siglo XX.

Se afirmaría que la temática que constituye el eje por el que avanza la película se enmarca en un triángulo: los ideales y propósitos de La Rosa Blanca, la reclamación implícita de derechos humanos fundamentales vulnerados (y que constarán en los siete “considerados” iniciales de la Declaración Universal de los Derechos Humanos proclamada por la Asamblea General de la ONU el 10 de diciembre de 1948) y la aportación del pensamiento filosófico personalista alemán, de gran complejidad y riqueza, denunciante de la ignominia del régimen nazi.

Dos de los protagonistas a su pesar de esta dura historia, Hans Scholl y su hermana Sophie, llegan al convencimiento de que hay que distribuir dichos panfletos contra el régimen hitleriano no sólo por correo, sino físicamente en la propia universidad de Munich, donde estudian medicina. Y a partir del descubrimiento de sus actuaciones por un bedel nazi de la universidad, son detenidos y puestos en manos de la Gestapo, por lo que comienza su calvario.

El resto de la película muestra cómo ambos hermanos se esfuerzan en asumir exclusivamente la culpa del “delito” del que son acusados, haciendo el esfuerzo de no implicar a otros miembros, como Alexander Smorell, Willi Graft o Cristoph Probts… La cuestión que resulta interesante comentar es el intento del policía que interroga a Sophie para convencerla sobre la conveniencia de la supeditación de la libertad a la ley, de las bondades del nacionalsocialismo o de la inexistencia de Dios.

Asimismo, en el juicio que se les hace, los improperios e insultos del soberbio y siniestro juez Roland Freisler -tristemente famoso por sus sentencias de muerte- produce la reacción de Sophie y su hermano Hans, en el sentido de recordarnos lo que la filosofía antigua más profunda mostró mediante la figura de Sócrates ante el tribunal que lo condenó: en un futuro no lejano, aquellos jueces serían a la vez juzgados por su arbitrariedad actual.

Las cuestiones que deja al descubierto la película son diversas, todas ellas dirigidas a poner de relieve la arbitrariedad de la barbarie practicada por el régimen nazi dentro y fuera de Alemania contra los judíos, deficientes, creyentes, comunistas…; las discusiones dialécticas entre Sophie y Mohr en los interrogatorios sobre la legitimidad de la libertad de conciencia frente a la “seguridad” que otorga la ley, la dignidad de la democracia frente a la “plutocracia”, la superioridad de la raza aria y la traición y desmoralización del ejército de que son acusados y por lo que se les procesará como miembros de La Rosa Blanca, la “divinización” del estado nacionalsocialista, el respeto a la vida y la misión de ésta que defiende Sophie ante del pragmatismo bárbaro del régimen…

En todas estas observaciones se percibe la contraposición de dos maneras de administrar el pensamiento humano, incluyendo los prejuicios que lo acompañan: el que justifica el entusiasmo radical hacia la patria alemana profesado por el nacionalsocialismo, y el clamor por el respeto y desarrollo de la humanidad de todo ser humano. En términos intelectuales encontramos dos figuras opuestas y elevadas de la cultura alemana de la época: Martin Heidegger y Theodor Haeker. El primero, alistado con retraso y no se sabe si circunstancialmente al nacionalsocialismo -fue nombrado rector de la universidad de Friburgo-, y el segundo, sin duda, uno de los intelectuales que había detrás de La Rosa Blanca.

Heidegger proclama la exigencia del triple servicio obligatorio de los estudiantes alemanes: a la “comunidad nacional” mediante el trabajo, al “honor y destino de nación” mediante el servicio de las armas y a la “misión espiritual del pueblo alemán” mediante el saber.

Por su parte, Haeker, hombre perteneciente a la “Kulturkamf” y habitual colaborador de la revista alemana católica y personalista Hochland –a su vez vinculada a La Rosa Blanca-, en su obra fundamental Was ist der Mensch (¿Qué es el hombre? ), hace propuestas antropológico-teológicas y políticas veladamente contrarias al nazismo, rechazando la desigualdad de razas, “el orden de la fuerza”, y estableciendo “la meta y salvación de la humanidad” en términos de “iluminación” hacia órdenes más elevados de “humanidad auténtica”, de santidad cristiana y de apertura del corazón al gozo de la concordia y a la amistad de los pueblos, propósitos todos ellos que estarán presentes en las actuaciones y compromisos de los hermanos Scholl, como se hace patente en la película.

Se diría, por otra parte, que flota en la película la intención de hacer notar el reinado del miedo de los ciudadanos en forma de “indiferencia” ante los disidentes, dándose por seguro que los acusados son los que se lo han buscado y lo podían evitar… si no hubieran actuado contra la seguridad del estado.

Lo que resulta difícil de obviar es, entonces, la proliferación de la “inhumanidad” denunciada por los hermanos Scholl y los demás miembros de La Rosa Blanca: el “doble” pensamiento y la claudicación ante la infamia, el “fanatismo idolátrico” de las masas -en palabras de P.L. Landsberg, filósofo alemán huido en 1933 al subir al poder Hitler-, el correspondiente “mitologismo político” que desarrollaron tanto los ideólogos nazis como és Carl Schmitt (éste antes de la guerra) y Alfred Rosenberg, y la manipulación propagandística de Goebbels, mediante las fantasiosas locuras de la superioridad social alemana, la sacralización del estado nacionalsocialista y la abducción ejercida con la repetida figura del “destino del pueblo”.

Se diría que la resultante de estas operaciones manipuladoras condujo a la reducción del ser humano a ser un acólito de un macro-proceso “socio-ideológico-utópico”, utilizando supuestos convenientemente manejados de pensadores diversos como Joseph Arthur de Gobineau (filósofo racista), Arthur Neville Chamberlain (político conservador y uno de los artífices del desgraciado Pacto de Munich), Hitler (Mein Kampf, 1920), el sociólogo alemán Lothrop Stoddard (The revolt Against Civilization, 1922), o el filósofo Carl Schmitt (el estado es incluido dentro de lo político, y éste se define por el antagonismo y la lucha), personas y textos donde los nazis creían encontrar la justificación de sus maldades y la propagación de la guerra imperialista en toda Europa.

Ya decía Emmanuel Mounier, fundador de la revista personalista Esprit, en 1934 -en Alemania estaba la ya citada análoga Hochland-, que en Europa la cualidad de ser persona -ser encarnado con dignidad, intransferible y creado por Dios para amar- “faltaba a todos”, y sus grandes “enfermedades” eran el individualismo y las tiranías colectivas (Revolución Personalista y Comunitaria, Madrid, Ed Zero, Ep. 67).

Hoy, Europa sufre una patología de malos presagios que nos aporta duros recuerdos: lo que Fromm llamaba el “fascismo de rostro sonriente”, representado en los años 70 del siglo XX por el capitalismo, va “estirando” su rostro, la libertad va siendo dominada por las necesidades y las deudas con el poder -léase las grandes empresas multinacionales-, y el miedo frecuenta la convivencia y el respeto a lo diferente, de forma que la uniformización hace creer que la igualdad debe odiar y eliminar toda “alteridad” humana -al final, toda pluralidad-, fomentando sociedades cada vez más intolerantes y poco dialogantes -pero eso sí, bajo la “ley”, que tiene que pasar por encima de la convivencia, según algunos-, desde los designios de los poderosos y mediante el reinado de dos “dioses”: el dinero y la tecnología.

Cabe preguntarse si tal vez no hemos entrado en una nueva era de fascismo aparentemente incruento, donde “el extranjero” -hoy, inmigrantes y/o refugiados en masa venidos de zonas en miseria y en conflicto- ansioso de llegar a Europa, comprueba amargamente que en ella no se ven personas, sino poderes que dominan e individuos que obedecen. En definitiva, un cuadro dantesco sobre el que nos convoca a pensar y rechazar esta excelente película.

Sophie Scholl

Imagen extraída de: Mongrel

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