Pau, el jesuita descalzo

Pau, el jesuita descalzo

Xavier Garí de Barbarà. [Foc Nou] Conocí a Pau Vidal en 2002, cuando estaba en el noviciado de los jesuitas a punto de hacer sus primeros votos. Ya marcaba un estilo, una mirada profunda, una búsqueda a fondo, incluso un andar diferente; al mismo tiempo era un joven natural y espontáneo, moderado en las formas, austero en los modos y libre ante las cosas. Ya era una persona con una vitalidad interior que flotaba por todas partes y, a la vez, un chico alegre que contagiaba siempre su sonrisa y su opción esperanzada ante la vida, la gente y el mundo. Su manera de orar ya me cautivaba entonces por su intensidad y recogimiento en la capilla del noviciado; su vivencia de la Eucaristía era sobria y discreta, pero profunda a la vez. Pau Vidal hoy es tanto o más que todo lo que era hace 15 años, cuando le conocí, y tengo que decir que no le he olvidado nunca.

Sus antecedentes no provenían de un ambiente jesuítico estrictamente ni tampoco de un ambiente cristiano explícito, aunque se implicaba en grupos de tiempo libre o voluntariado y de excursionismo. No obstante, Pau fue descubriendo como el Espíritu de Dios le llevaba, y también fue captando como él se dejaba llevar. Una experiencia fundante se dio cuando estuvo en África como cooperante: lo llevó a plantearse la vida bajo otro prisma que lo impulsó a decidirse por la opción de la vida religiosa, como vida dada y compartida sin condicionantes. Volvería algunas veces a la África de aquella experiencia tan vital, anteriormente, durante y después de su formación jesuítica, hasta ser destinado hace unos 5 años el Servicio Jesuita a Refugiados, primero en Kenia y luego en Sudán del Sur, donde ahora sigue con otro compañero jesuita de semejante talante, que admiro y aprecio talmente como a Pau: Àlvar Sánchez, de Lleida.

Entre todo lo citado de Pau, hoy y aquí querría transmitir cuál es realmente la actitud de fondo que hace unos años le llevó a caminar descalzo, completamente descalzo, sin zapatos, ni siquiera sandalias como llevaba antes, y menos calcetines. Él camina sin ninguna protección en una de las partes del cuerpo más vulnerable y tan importante a la vez: los pies. Tanto si llueve como si nieva, truena o hace un sol radiante, o todo lo contrario, Pau siempre anda con los pies desnudos. De hecho, lo recuerdo en el día de su ordenación sacerdotal y ya iba descalzo: los pies, como las manos también desnudas, ponían en comunicación y en coherencia ambas extremidades. Daba la inequívoca imagen de ser un hombre íntegro, como aquellos que ritman el corazón y la cabeza para vivir una vida profunda, de opciones y compromisos que quieren ser para todos, en todas partes y para siempre. Manos vacías, pies desnudos, corazón abierto, mirada intensa: Dios en el fondo y el otro en el centro, al igual que el Jesús que le enamoró y no le ha dejado más.

Pau manifiesta que todo surgió de esa llamada personal importante, que le llevó a vivir desprotegido, pero a la vez más ligado a la tierra que pisamos y de dónde venimos. Para él es un pequeño-gran recordatorio de lo que también Moisés, cuando subió a la montaña, sintió que se le dijo: “Descálzate, que esto es lugar sagrado”. Pau siente la llamada de la consagración de vida, de lo sagrado que es el otro y de la sacralidad del lugar donde está. Captar en cada momento los pasos descalzos y desprotegidos, no sólo le llevan a seguir en camino, sino que además es una invitación permanente a vivir el lema ignaciano de ser “contemplativos en la acción”.

El jesuita descalzo me sorprende y me cautiva, lo admiro y me contagia, no lo puedo olvidar, y no sé muy bien por qué. Que no lo sepa descifrar quizá es lo que le convierte en Misterio, y he aquí que Pau no lo sabrá pero, desde Maban, sigue contagiando e interpelando a muchos a seguir buscando, en los propios misterios vitales, una respuesta descalza, desnuda y desprotegida, llena de dignidad… como su caminar.

Pau

Imagen extraída de: Alfa y Omega

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