La violencia en el mundo islámico

La violencia en el mundo islámico

Jaume FlaquerEl mundo islámico está inmerso en una crisis que tardará años en superar. Sea por causas propias o ajenas, lo cierto es que son pocos los países de mayoría musulmana que se libran del azote de la violencia. Además, al menos una decena de ellos tienen bases estables de alguna organización terrorista. La palabra islam proviene de la misma raíz que salam (paz), porque sugiere una entrega absoluta a Dios (=islam) que produce «paz» en el corazón y paz eterna por recibir el Paraíso como premio de esta entrega. Si esto es así, ¿qué argumentos utilizan los terroristas para cometer tales atrocidades? Es preciso desenmascarar sus (sin-)razonamientos, denunciar a los países del Golfo que defienden su mismo código penal (a pesar de condenar formalmente el terrorismo), y poner en valor los contradiscursos de líderes islámicos para contrarrestar ideológicamente este fanatismo.

Todo ello sin olvidar que una parte de la responsabilidad en la creación de estos grupos terroristas la tienen nuestros países occidentales, con su historia colonial, con su lucha en Afganistán contra la URSS apoyándose en lo que después se convirtió en al-Qaeda, y con la invasión de Irak, que ha desembocado, con el estallido de Siria, en la creación del Estado Islámico. Ahora bien, Occidente no creó la ideología radical de base islámica, sino que se apoyó deleznablemente en grupos que ya la manejaban. Por el bien de la religión, es preciso luchar ideológicamente contra los que la secuestran.

La urgente necesidad de analizar los discursos

Oímos decir que «la violencia no tiene nada que ver con el islam», que la causa de la violencia es una lucha por la hegemonía política entre Siria e Irán, o por intereses económicos, o por cuestiones de geoestrategia, o por problemas de integración social de inmigrantes en Europa, o por problemas psicológicos de algunos individuos, etc. Pues bien, decir eso es como decir que las cruzadas o la inquisición no tienen nada que ver con el cristianismo, que era una lucha de poder en el Mediterráneo, etc. Cada religión tiene el deber de analizar y reconocer qué elementos de su discurso o de su práctica favorecen los radicalismos, y de denunciarlos como tergiversaciones de lo que es ella misma releyendo su propia historia.

Nos encontramos ante dos opuestos: el terrorismo que asegura que «el islam es espada» y un tipo de contradiscurso hecho a menudo a partir de una mitificación pacifista de sus orígenes. Si el primero es un anacronismo para el mundo actual, el segundo no resiste la crítica histórica ni la misma literatura islámica clásica sobre el período de las conquistas. Lo que sí hay que afirmar es que la expansión de la civilización islámica se hizo principalmente para propagar su dominio más que para difundir la misma fe. Sabemos que la islamización de las sociedades conquistadas fue extremadamente lenta. Incluso allí donde se hizo más rápido como en el Magreb o en al-Ándalus se tardó un siglo para obtener la conversión de la mitad de la población. El principio coránico que dice: «No cabe coacción [violenta] en [aras de imponer la propia] religión» fue en general respetado.

El concepto de yihad sí se utilizó inicialmente para legitimar las campañas militares de expansión, pero, poco a poco, a medida que el Imperio islámico se iba estabilizando, apoyándose en el mismo Corán, se fue transformando en una lucha defensiva, sea individual y espiritual (Gran Yihad, contra las tentaciones que alejan del islam), sea colectiva y militar (Pequeño Yihad, contra los enemigos del islam). Esta última manera de entender el yihad es la mayoritaria y normativa hoy en día. Es la manera correcta de proyectarnos hoy hacia el Corán. Uno de los líderes de los Hermanos Musulmanes en Francia, Moncef Zenati, ha dicho que «la violencia del tiempo del Profeta hay que dejarla en el pasado», y que «hoy solo cabe la legítima defensa». Veamos brevemente la evolución del discurso sobre la violencia.

El contexto conflictivo de los orígenes del islam

El primer siglo del islam (siglo VII d.C.) vive una época profundamente conflictiva desde los inicios mismos de la revelación: conflictos con otros pueblos y conflictos en el seno mismo del islam naciente. Es indudable que en el Corán ha quedado plasmada esta conflictividad.

El profeta y sus primeros compañeros tuvieron que huir de La Meca porque sus habitantes rechazaron su mensaje profético. En Medina (año 622), fue aclamado como líder y juez entre las diversas tribus la habitaban. Una constitución reclamada hoy por el islam moderado apostó por la coexistencia entre musulmanes, judíos y paganos. Sin embargo, solo al cabo de dos años, siempre según la tradición, estalló la contestación al liderazgo del Profeta. Diversas tribus judías y paganas lucharon contra él. El Profeta organizó más de una docena de campañas militares, algunas defensivas y otras ofensivas, como las dos campañas fracasadas de conquista de Jerusalén (muy probablemente con motivos mesiánicos) y de Siria.

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Imagen extraída de: Pixabay

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