Navidad: un significante vacío en disputa

Navidad: un significante vacío en disputa

Xavier CasanovasProbablemente este año se nos ha hecho más evidente que nunca: litúrgicamente el Adviento no empezaba hasta el 3 de diciembre, pero en cambio las luces de Navidad llevan encendidas desde el 24 de noviembre. ¿Seguro que son de Navidad las luces que han encendido? ¿Seguro que las compras navideñas, los regalos navideños, las cenas de Navidad… llevan el adjetivo correcto? ¿Qué utilización hacemos de un concepto, la Navidad, que ha perdido todo su significado?

Sí, Navidad es lo que se llama “un significante vacío en disputa”, concepto creado por el profesor de teoría política argentino Ernesto Laclau. Cuando una idea es abandonada y deja de ser conocido su significado original, la construcción de nuevas hegemonías culturales pasará por la utilización de esta idea vacía llenándola del contenido deseado. Así pues, en el momento en que la Navidad queda vacía de contenido, no sólo religioso sino también cultural, cuando un alto porcentaje de la población no sabe cuál es el origen de la celebración ni porqué estamos contentos y esperanzados en Navidad, la Navidad se convierte en un significante vacío ideal. Un contenedor precioso, brillante y atractivo que la sociedad de consumo llena de todo lo que necesita para que no dejemos de engrasar la rueda de un sistema que necesita banalidad, fiesta continua y positividad superflua para seguir funcionando.

Un cristianismo miedoso y acomplejado (con razón) ha permitido que la Navidad perdiera gran parte de su sustantivo. No ha ocurrido lo mismo con la Cuaresma o la Pascua. Tanto uno como otro período litúrgico simplemente han ido desapareciendo del imaginario cultural al ritmo de la secularización. A nadie interesa apropiarse de un significante de connotaciones tan poco atractivas (austeridad, ayuno, pobreza) como la Cuaresma o teológicamente tan complicadas como la Pascua.

El primer engaño consiste en creer que ya ha llegado la Navidad cuando ni siquiera hemos entrado en Adviento. La vivimos por imposición ya desde finales de noviembre, cuando precisamente lo que el Adviento nos propone es velar y orar “pues no sabemos cuándo llegará el amo” y nos debe encontrar despiertos. La actitud que se desprende es la actitud de escucha, de vigías de la realidad, de estar atentos, de ser solícitos.

El segundo engaño pasa por la superficialidad y felicidad impuestas durante las fiestas, que terminan por diluir el carácter revolucionario de la Navidad cristiana. No olvidemos cuál es la propuesta de la Navidad: Dios ha amado tanto a la humanidad que ha decidido hacerse hombre, y no un hombre cualquiera, sino uno entre los más pobres. Las implicaciones de este hecho, independientemente de si uno es o no es creyente, son capitales en la historia de la humanidad. El hombre es revestido de la mayor dignidad, nos lo recuerda el magníficat de María, la alegría que le nace cuando se sabe embarazada: “Ha mirado la pequeñez de su esclava”, el suyo es un Dios que “derriba a los poderosos de sus tronos y enaltece a los humildes, llena de bienes a los pobres, y a los ricos los despide sin nada”. Es éste el Dios que se encarna y celebramos, y no otro.

Todo lo que yo quiero para Navidad (all I want for christmas…) es que volvamos a llenarla de su verdadero contenido, que recuperemos su significado original. Es necesario que los que nos llamamos cristianos recordemos a quien ya no sabe ni qué se celebra, el carácter revolucionario de un Dios que se hace pobre entre los más pobres de la Tierra. Recuperemos una Navidad que no deberíamos haber perdido nunca.

Navidad

Imagen extraída de: Pixabay

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