Yo, Daniel Blake: una crítica al sistema de protección

Yo, Daniel Blake: una crítica al sistema de protección

Teresa CrespoYo, Daniel Blake (Premio de la Palma de oro del Festival de Cannes, 2016), dirigida por Ken Loach, forma parte de una amplia producción de este director que se caracteriza por la crítica sistemática al orden establecido, que debería garantizar los derechos de la ciudadanía y no acaba de funcionar. Durante los años del gobierno de la Sra. Tatcher y Tony Blair, Loach no dejó de ser crítico con el modelo del estado del bienestar de esos gobiernos que, según sus palabras, no respondía a las necesidades emergentes sino que destruía a aquellas personas que debería proteger. En sus películas, este director refleja vivencias llenas de dificultad, la realidad de los barrios marginales, conflictos bélicos o situaciones al margen de la ley, donde sus protagonistas son personas vulnerables, trabajadores, parados, ciudadanos que se encuentran en los límites de la sociedad, perdedores ante el modelo capitalista que no les da respuesta a su situación y que les lleva a ser víctimas de un modelo de sociedad injusta, donde sólo se beneficia una minoría mientras excluye al resto de la población.

Esta película es la historia sencilla de un carpintero que está enfermo y su médico le dice que no puede trabajar, pero la telaraña del sistema de protección le lleva a situaciones incomprensibles en las que lejos de darle la solución a su problema, como es la invalidez, se ve obligado a tener que buscar un trabajo que no podrá aceptar debido a su enfermedad. Su compañera es un caso social tipificado: una madre soltera con dos hijos, sin recursos, con problemas de vivienda, en paro… La trama es un cúmulo de contratiempos, fracasos, malentendidos, injusticias; incluso me atrevería a decir que es excesiva la concentración de dificultades que sufren los protagonistas, sólo justificable para conseguir que el espectador se posicione contra un sistema que maltrata a la ciudadanía, y que bajo la apariencia de que está trabajando para su bienestar, olvida sus derechos fundamentales.

Se denuncia un trato inadecuado por parte de la administración, que debería escuchar a cada persona para establecer una relación de comprensión y de ayuda y, lejos de ello, se ampara en las normas, los procedimientos administrativos y los protocolos por no tener en cuenta la individualidad de cada uno, convirtiendo a la persona en un número que no tiene rostro, ni sentimientos, sino que es un caso más del sistema que tiene que pasar por los circuitos establecidos para expulsarla lo antes posible. En definitiva, es la negativa más flagrante de la relación de ayuda y apoyo que habría que practicar. Parecería que los servicios sociales tienen como objetivo limitar el acceso de la ciudadanía más precaria y buscan la manera de centrifugar la pobreza, como se puede ver en escenas de la película que hacen referencia a la exclusión residencial que sufre la mujer, o las continuas negativas y dificultades que él no puede superar.

Son dramáticas y a la vez cómicas las situaciones que el protagonista se ve abocado a vivir. Una de ellas, que a lo largo de la película está siempre presente y condiciona muchísimo la evolución de la problemática del protagonista, es el uso obligado de la tecnología para cumplimentar los impresos correspondientes, que lo lleva a sentirse una persona que el sistema no reconoce, lo considera un analfabeto o, en palabras de una administrativa, un disléxico. Es una crítica amarga a las políticas que utilizan la brecha digital para expulsar a la población del sistema de protección social.

Quisiera destacar el valor de las relaciones humanas entre la población humilde, que no tienen nada pero se ayudan y se estiman a pesar de las diferencias, con un claro reconocimiento y valoración del otro, compartiendo vivencias de amistad, buena vecindad y ayuda mutua. El protagonista, en una de las escenas finales, hace unas afirmaciones que corresponden a la tesis central de la película, al afirmar que él es un ciudadano, sujeto de derechos y deberes, que paga sus impuestos y cumple todas las leyes establecidas, y en consecuencia, no es ni un numero de expediente, ni un usuario, ni un caso, sino una persona que tiene derecho a que la escuchen y le respondan a su demanda justificada, y no quiere limosna, ni ayudas que menosprecian su dignidad.

Para terminar, sólo decir que a pesar de las exageraciones y el cúmulo de problemas que sufren unas mismas personas, en nuestra casa también encontramos situaciones de pobreza y exclusión, con múltiples carencias que hacen difícil conseguir salir de este círculo vicioso de la pobreza. Y también destacaría que el contexto que nos presenta esta obra, desgraciadamente tiene una cierta similitud con nuestro modelo de servicios del bienestar, en especial desde la crisis en que se redujeron los recursos económicos y, en consecuencia, se dificultó el acceso al sistema de protección, pidiendo condiciones más estrictas y debilitando los derechos de la ciudadanía que todavía hoy no se han restablecido.

Daniel Blake

Imagen extraída de: La Vanguardia (Argentina)