Sentirse culpable

Sentirse culpable

Josep Cobo[La modificación] No deja de ser un síntoma de nuestras dificultades con la alteridad que el tema de la culpa, incluso desde una óptica creyente, tienda a tratarse actualmente como si fuera tan solo un asunto sentimental. Como si de la culpa tan solo debiera ocuparse la psicología. Lo que parece preocupante hoy en día no es tanto que seas o no culpable, sino que te sientas culpable. Pues se supone que el sentimiento de culpa —que no el de responsabilidad— es, de por sí, enfermizo. Puede que seamos hasta cierto punto responsables del hambre del prójimo, pero no por ello deberíamos creer —se nos dice— que un estómago vacío nos señala como podría hacerlo el índice de un fiscal. En todo caso, nos interpela, pero en modo alguno, salvo que padezcamos algún tipo de neurosis, nos sitúa sub iudice.

Ciertamente, que demos por sentado el carácter insalubre del sentimiento de culpabilidad tiene mucho que ver con la manera tradicional de abordarlo, cuando menos porque, en el cada vez más lejano cristianismo de sacristía, se insistía en la culpa debida a la impureza, sobre todo de carácter sexual, lo cual no deja de ser un desvarío narcisista. La culpa era sobre todo suciedad. Un asunto morboso. Sin embargo, la culpa bíblica no tiene tanto que ver con la desazón de quien no puede soportarse a menos que sea perfecto como con el permanecer indiferente a quien reclama el pan de cada día. Sencillamente, somos culpables porque no respondemos a su demanda, en el doble sentido de la expresión. Y esto es así, a pesar de que el culpable, en este sentido, no sienta su culpa. De hecho, la insensibilidad va con la culpa: ¿acaso soy yo el guardián de mi hermano? Quizá hayamos tirado por la borda la noción de culpa porque modernamente ya no nos hallamos ante el otro como tal, sino ante nuestra imagen del otro. Sin embargo, la culpa bíblica no nace de las procelosas aguas de la interioridad, sino de la exterioridad radical del invisible, de aquel que ya no cuenta ni para su madre. El marco simbólico de la cultura moderna hace difícil que podamos situarnos ante el otro como aquel extraño que en absoluto podemos integrar, pero que, aun así, quiere algo de nosotros, a saber, que no le dejemos morir como si fuera un perro. Si el otro es nuestro hermano, entonces su hambre nos acusa. Tal cual. Pero no parece que hoy por hoy podamos tomarnos en serio que el otro sea nuestro hermano, a menos que nos encontremos en estado de gracia, lo cual tiene que ver, por lo común, con aquellos estados de excepción en donde los cielos devienen impenetrables. El otro ha quedado reducido a una imagen que podemos digerir. Y ante una imagen echa a nuestra medida no tenemos que responder. Basta con reaccionar.

culpa

Imagen extraída de: Pinterest