El reino del limbo

El reino del limbo

Manu AnduezaBienaventurados los ricos,
porque son pobres de espíritu.

Bienaventurados los pobres,
porque son ricos de Gracia.

Bienaventurados los ricos y los pobres,
porque unos y otros son pobres y ricos.

Bienaventurados todos los humanos,
porque allá, en Adán, son todos hermanos.

Bienaventurados, en fin,
los bienaventurados
que, pensando así,
viven tranquilos…,
porque de ellos es el reino del limbo.

Pedro Casaldáliga

Bienaventurazas de la conciliación pastoral, Al acecho del Reino. Antología de textos 1968-1988. Editorial Nueva Utopía y Ediciones Endymion, Madrid 1989.

 

Efectivamente, como reza el poema del obispo Pedro Casaldáliga, da la sensación de que muchos nos encontramos en el limbo, sin enterarnos de lo que ocurre, en ese espacio indefinido y aturdido que vorazmente se come la razón y el sentido.

Discurrir por las calles y plazas de nuestro mundo es encontrarse con su realidad. Una realidad que no se percibe detrás de parapetos y montañas de hormigón que nos defienden para evitar enfrentarnos con nosotros mismos.

El mundo real es el de los sufrimientos, las diferencias, los pillajes. El mundo real es el que corre descalzo sobres los suelos de tierra, el que camina entre juncos –escondido como el niño moisés en su moisés para salvar la vida-. Es el mundo sagrado, por eso está descalzo, porque aún tiene oídos para –como Moisés- saber que hay que descalzarse ante el suelo sagrado. O no. Simplemente está descalzo.

Descalzo, herido, encogido y magullado por los golpes recibidos, por las vallas saltadas, por los vaivenes de las olas del mar que quiere tragarles, por el hambre que no se acaba.

La realidad que nos creamos nos ayuda a vivir tranquilos pero nos impide ser nosotros mismos, descubrir el mundo en que habitamos. Un mundo generado y generador de relaciones.

Relaciones, que como bien intuía Paolo Freire van en tres direcciones.

Relaciones con lo otro, con la naturaleza, el entorno que nos rodea. Unas relaciones que estamos rompiendo, truncando así espacios de futuro mientras engañamos el presente con una realidad virtual que nos permite habitar en la mentira sin desgastarnos. Abandonamos el mandato divino de cuidar el mundo, desestimamos la solidaridad con nuestro mundo y con las generaciones futuras al dejarles un espacio cada vez menos habitable y amable.

Relaciones con los otros, con los hermanos y hermanas que cohabitan el mundo. Pero esos otros que son todos hermanos en Adán no lo son de igual forma. No podemos hablar de buena noticia –como tampoco lo hacen los evangelios buenanoticias-  desde una irrealidad irreal. Hemos de ubicarnos en la realidad real y, bisturí en mano, operar todas las cataratas que nos engañan y nos imponemos para no ver la realidad. No podemos hablar de buena noticia para las gentes si no sabemos quiénes y dónde están las gentes. La buena noticia será que hay maneras de hacer para que no mueran de hambre, que hay maneras de conseguir las tres “t” del papa Francisco para todos (tierra, trabajo y techo) sin violar ninguna dignidad por el medio a la par que reconociendo que esas dignidades prostituidas nos precederán en el reino de los cielos.

Relación con el otro, con la dimensión transcendente, con un Dios Padre parcial porque ama a sus hijos. El Dios de Jesús es el Dios que elige a los últimos, que acoge a los pequeños para poder ser buena noticia para todos, para ellos y para el resto, para despertar las conciencias y la mirada real que ayude a descubrirnos y encontrar la dimensión del Otro.

Pero parece que no aprendemos. Seguimos justificando lo injustificable, gestionando lo a-gestionable y llenándonos los bolsillos de falacias para mantener nuestro estilo de vida comulgando nuestras verdades sin cuestionarnos dónde está la buena noticia. Es decir, en el limbo.

Toda la fuerza de la razón se esfuerza en darnos la razón. Sin embargo, su papel debería ser otro, el de buscar la práctica que rompa con los megalitos inamovibles del corazón.

Esperamos que el cielo se vuelva a abrir –como lo hizo en el bautismo de Jesús- para darnos un mensaje acorde con nuestro pensamiento. Obviamos que el cielo se abre cada día, cada instante para invitarnos a transitar los caminos de las bienaventuranzas y así abandonar los mundos del limbo (lugar a donde van las almas que mueren sin el bautismo antes de tener uso de razón).

Bauticémonos cada día con la realidad y otorguémonos la duda del uso de la razón para descubrir las buenas noticias que necesita nuestro mundo. Volvamos al sur que nos marca el rumbo a seguir y acota los horizontes de la buena nueva. Nuestra bandera más real y honesta son los pobres pobres. Desempolvemos nuestros corazones y arrojemos la armadura de la justificación palabrera para vestirnos con la ternura capaz de reconocer la realidad. Iniciemos los caminos descalzos con los descalzos porque son sagrados, no los caminos sino los pies que los pisan. Recuperemos el camino de la ortopraxis pasado por el cedazo de la ortopatía.

No sé, amigo lector, si algo has entendido de todo esto… Te invito a releer el poema de Dom Pedro otra vez. A buscar de qué hablamos. A abandonar nuestros fracasos y frustraciones para vivir en esperanza y con sentido. Porque hablo de mí, aunque quizás también un poco de ti. Hablo de mi manera de vivir, de mi trabajo, de mis excusas, de todo aquello que me impide vivir plenamente, porque hay algo más. Hablo de la búsqueda real de ese algo más. Una búsqueda que sólo puede venir marcada por esos lugares olvidados, donde el susurro del aire aún se puede oír como hizo Elías encontrando el otro en lo otro con los otros. Un camino marcado por las miradas que se alargan como manos para salvarnos de nuestra indiferencia congénita adquirida.

Miradas de inmigración, de refugiados, de africanos asesinados y olvidados… ¡Qué sabios aquellos que escribieron bienaventurados los pobres! ¡Qué falsos nosotros cuando jugamos en la gracia desgraciada con el espíritu en espíritu de espíritu!

Mantengamos la esperanza y la ilusión de generar caminos que nos llenen de plenitud y de sentido. Vivamos para hacer un mundo mejor ofreciendo buenas noticias a quienes necesitan oírlas y vivirlas.

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Imagen extraída de: Pixabay