En busca del empleo perdido

En busca del empleo perdido

Manfred NolteEl saber, como el resto de intangibles, no ocupa lugar. Como quiera que hay temas de especial relevancia que no siempre han sido expurgados de lugares comunes o interpretaciones interesadas conviene volver periódicamente sobre ellos otorgándoles la atención que merecen. Siempre es preferible ser consciente de un contratiempo significativo, a deambular distraído ignorando un peligro que nos acecha y que puede, en su caso, arruinar nuestras vidas.

Si hay un tema que mantiene año tras año su atributo de preocupante es el del paro o desempleo. Solo hay que repasar las últimas decenas de ‘barómetros’ del CIS (Centro de Investigaciones sociológicas), y comprobar que la falta de puestos de trabajo figura como primer problema en la lista, destacado, a gran distancia del segundo.

El paro, esa lacra que nos atenaza, representa una infrautilización de recursos y mide la gente que quiere trabajar remuneradamente sin lograrlo, en proporción a la población activa[1]. En términos generales, viene fijado por la diferencia entre la oferta de trabajo a unos determinados niveles de salarios y la cantidad de trabajo demandada a dichas condiciones[2]. El paro[3] posee múltiples caras y aunque ninguna es atractiva, solo una es detestable. Expliquémonos.

No todas las causas por las que un trabajador activo se halla sin trabajo son coincidentes. El pleno empleo es compatible con el llamado paro friccional, un proceso normal de búsqueda de empleo por parte de trabajadores que abandonan puestos antiguos en busca de nuevos, estudiantes o jóvenes que terminan sus estudios y quieren acceder al primer empleo o despedidos que exploran otras oportunidades. Este tipo de paro es hasta cierto punto voluntario y está relacionado con la eficiencia de los sistemas de información que faciliten el tránsito al mercado de trabajo. El demandante valorará su ocio cesante en relación con los costes en los que incurre y el salario que piensa obtener.

El desempleo estacional se deriva de una distribución estadística de la demanda de mano de obra irregular y concentrada de determinadas épocas del año. Es el caso del sector turístico español. Representa obviamente una fragilidad productiva que debe ser atenuada con una mejora de los servicios o productos subyacentes, para que se estabilice su demanda y en consecuencia la de la mano de obra que utiliza.

Se habla en ocasiones del paro encubierto para referirse a aquella situación en la que resulta ocupada mucha más población de la realmente necesaria con salarios depreciados. Hay una apariencia de ocupación mayor de la que corresponde a precios y niveles de productividad.

La ley de Okun nos ha enseñado que cuando crece la actividad económica también crece el empleo y a la inversa, cuando la coyuntura es adversa y el PIB se adentra en terreno negativo el empleo se destruye proporcionalmente a la gravedad de dicha caída. En ambos casos actividad económica y empleo están sujetas a una relación cíclica o coyuntural, de modo que los desempleos derivados de una fase de recesión tienen el carácter cíclico. Es igualmente cíclica la recuperación de empleo en época de expansión económica. Desde el primer trimestre de 2013 hasta la actualidad se han recuperado aproximadamente 2,5 millones de empleos, que en principio tienen el carácter de cíclicos o coyunturales.

El verdadero problema comienza al evaluar el paro estructural y con él la capacidad final de la economía española para recuperar un nivel de ocupación decente, congruente con nuestra pertenencia a Europa y a la calificación de España como país desarrollado. Los 6,2 millones de parados de 2.013 (tasa de paro del 26,94%) se han reducido hasta 3,7 millones (tasa de paro del 16,38%) al día de hoy.[4] Pero lejos quedan aun los registros del segundo trimestre de 2.007 con 1,7 millones de parados y una tasa del 7,93%.

La pregunta crítica es la siguiente: ¿puede aspirarse a reducir el nivel del desempleo actual?

Si atendemos al Gobierno de la nación, las previsiones económicas enviadas a Bruselas en el marco del Plan de Estabilidad 2017-2020, contemplan una reducción de la tasa de paro hasta el 11,2% al final de ese periodo, una rebaja de 15 puntos en el nivel de desempleo en relación al peor momento de la crisis, en 2013, pero lejos de los mínimos de 2.007. No obstante estos objetivos chocan de lleno con diversos estudios publicados recientemente, muy en particular el de la Comisión Europea[5] que cifra nuestro paro estructural  en el entorno del 16% de nuestra población activa, apenas unos millares de reducción adicional sobre nuestra desempleo actual.[6]

El desempleo estructural es independiente de la evolución del ciclo y representa un desajuste insalvable a corto plazo entre la oferta disponible de trabajadores en paro y los requerimientos de los cambios tecnológicos y otras que el empleador demanda para incrementar su producción. Entre estos figura la apreciación empresarial de la falta de cualificación de la mano de obra ociosa e igualmente del insuficiente atractivo ofrecido por el marco laboral, fiscal o social que acompaña a la nueva contratación.

El desempleo estructural se identifica en la literatura económica con una tasa que no provoque aceleración de salarios o inflación (NAWRU, o NAIRU en sus acrónimos ingleses, respectivamente) en condiciones de equilibrio de mercado. Bajo estos supuestos la progresión de los salarios no iría nunca por encima de las variaciones de la productividad laboral. También se identifica con una tasa ‘natural’ de desempleo, extremo que cuesta trasladar a la coyuntura economía de nuestro país.

¿Existe alguna vía de escape al dilema planteado? A corto plazo, la tasa de desempleo podría descender por debajo del NAWRU si el crecimiento en sectores de reducido valor añadido y salarios moderados se viese agraciado con una nueva aceleración. En particular nuevos crecimientos en el PIB turístico y de la construcción alentarían una rebaja del paro estructural. Alternativamente, la contratación pública abre una espita a la creación de empleos por criterios no estrictamente sujetos a las reglas del mercado. Finalmente se situaría la progresión del autoempleo.

A medio plazo, sin embargo otros factores habrán de jugar un rol más importante. Más allá de la flexibilización del mercado de trabajo o de la introducción de beneficios fiscales, sociales o monetarios el principal resorte para la ocupación se halla en una revolución cultural en la más amplia de las acepciones que eleve las habilidades y la competitividad de los trabajadores, adelgace la oferta productiva del país y consiga por el tirón de una demanda adicional promover la contratación de nuevos trabajadores.

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[1] El promedio histórico de la tasa de paro EPA entre 1979 y 2016 se sitúa en el 16,4%.

[2] Convengamos en las siguientes definiciones: Tasa de paro=cociente entre el número de parados y el de activos; Tasa de empleo=cociente entre el total de ocupados y la población con 16 años o mas; Tasa de actividad: el cociente entre la población activa y la población en edad de trabajar o mayor de 16 años, siendo la población activa la suma de la ocupada y la parada.

[3] Son dos las metodologías más comunes para la medición del paro: la Encuesta de población activa y el Paro registrado.

[4] A Setiembre de 2.017, el empleo supera los 19 millones de ocupados. El paro bajó en 182.600 personas en el tercer trimestre de 2017 respecto al trimestre anterior, un 4,6% menos, lo que situó el número total de desempleados en 3.731.700 personas, su cifra más baja desde el cuarto trimestre de 2008. De este modo, al finalizar septiembre, los ocupados en el sector público se situaron en 3.062.100 personas, su cifra más alta en cinco años, mientras que el número de ocupados en el sector privado alcanzó los 15.987.200 personas.

[5] NAWRU Estimation using structural labour market indicators.  Atanas Hristov, Christophe Planas, Werner Roeger and Alessandro Rossi. EUROPEAN COMMISSION. DISCUSSION PAPER 069 | OCTOBER 2017.

[6] De acuerdo con la Comisión Europea, la tasa de paro no aceleradora de los salarios de la economía española se situaba en el 18,4% de la población activa a cierre de 2015, frente a una tasa de paro observada del 22,1%. Sus estimaciones para 2016 y 2017 sitúan la tasa de paro estructural en el 17,4% y 17,2%, respectivamente, muy próximas del 18,6% con el que se cerró 2016. Por su parte, el Banco de España, en uno de los últimos documentos ocasionales publicados, situaba la tasa de paro estructural de la economía española en el periodo más reciente entre el 18% y el 19%. La Comisión europea sitúa en Octubre de 2017 en torno al 16 por ciento.

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Imagen extraída de: Pixabay