Una nueva forma de entender la justicia

Una nueva forma de entender la justicia

Joan Carrera. [Crítica] Una pregunta inicial y fundamental para empezar la reflexión sería: en qué somos los seres humanos iguales y qué diferencias serían aceptables entre nosotros. Así uno de los retos de la sociedad actual seria como conjugar la igualdad social (y económica) y el derecho al reconocimiento cultural diferenciado. A menudo se han presentado como un binomio opuesto y difícilmente reconciliable. De manera tal que para lograr más igualdad de derechos políticos y sociales, se tenía que perder la identidad más tribal. Podríamos afirmar que el derecho al reconocimiento diferenciado también tiene un fundamento universal, cada uno tiene derecho a ser reconocido en su identidad única. El acento de la igualdad era que todos tenían un mismo paquete idéntico de derechos universales, en cambio el reconocimiento de la diferencia supone afirmar identidades en aquello que tienen de diferenciadas de las otras. Como dice C. Taylor: “la idea es que precisamente esta diferenciación es aquello que ha sido ignorado, encubierto o asimilado a una identidad mayoritaria o dominante”.[1] En una sociedad compleja como la nuestra, la verdadera equidad tiene que suponer que colectivos diferentes necesitan ayudas diferenciadas, de manera tal que no seríamos justos si aplicáramos el mismo tratamiento a los que son diferentes o tienen necesidades diferentes. Así una justicia distributiva (o redistributiva) tiene que pasar por políticas de redistribución diferenciadas.

Hoy en día constatamos que la desigualdad económica a menudo está asociada a la falta de reconocimiento cultural. Esta falta de reconocimiento cultural se puede expresar de muchas maneras: en la dominación cultural, en el desprecio de determinadas culturas minoritarias, en estereotipos públicos… Estas dos injusticias, la económica y la cultural están entrecruzadas, y a menudo se presenta la solución a estas injusticias con medidas que sacrifican a uno de los términos del binomio. Tanto la injusticia socioeconómica como la cultural o simbólica se han generalizado en nuestra sociedad. Las soluciones a la primera suponen cambios socioeconómicos y, a la segunda, cambios culturales. La solución fácil del “multiculturalismo” (creando espacios diferenciados sin interferencias) predominante supone un reparto superficial del respeto entre las identidades ya existentes dejando intactos los contenidos de estas identidades. La solución más radical iría por la reestructuración profunda de las relaciones de reconocimiento. En el ámbito de la identidad, esta solución radical supondría una “cierta deconstrucción de las identidades” para poder reestructurarse de manera tal que aumenten la autoestima de los miembros de las comunidades y desde la raíz de la identidad propia se aprecien las otras identidades y se transformen en identidades dinámicas y necesitadas del intercambio con las otras. Este tipo de soluciones requieren un diálogo intercultural y una mentalidad abierta para poder valorar las diferencias como enriquecedoras. Un ejemplo: el problema de la igualdad de género representa al mismo tiempo una aspiración de reconocimiento diferenciado (contra el sexismo) y uno aspiración de justicia económica. Se puede satisfacer uno de los aspectos sacrificando claramente el otro. La mejor solución pasaría por una reestructuración profunda tanto en el ámbito económico como en el del reconocimiento.

Para enfocar el problema de esta noción más compleja de igualdad, se tendría que tener presente la visión liberal de ciudadano, un individuo con derechos y la visión más comunitarista, donde el ciudadano es miembro de una comunidad con una cultura concreta y una visión del mundo determinada. Los hombres y mujeres pedimos reconocimiento. Somos desde una identidad cultural determinada y ésta es clave para nuestro desarrollo como personas sociales. No se puede sacrificar el aspecto de reconocimiento de la identidad sólo por otras razones. La igualdad entendida de forma compleja tiene que tener presente que los hombres y mujeres para poder desarrollarse plenamente desde el punto de vista psicológico y para poder relacionarse con los otros sin complejos ni patologías, necesitan una matriz comunitaria. Esta matriz es básicamente una cultura, en el sentido más ancho del término. Es en este ámbito comunitario donde surgen más espontáneamente los deberes (entendidos como vínculos hacia los demás). Y es desde esta matriz cultural donde se puede aprender a respetar las identidades de las otras personas.

Ahora bien, como ya he comentado, la inclusión del derecho a la diferencia en el ámbito individual y colectivo tiene que estar dentro de una noción de igualdad básica. El derecho a la diferencia cultural no puede romper la igualdad básica en el ámbito socioeconómico. Unas sabias palabras de Taylor: “El principio de a igualdad de respeto exige que tratemos a la gente sin hacer ninguna diferencia. La intuición fundamental de que los humanos reclaman este respeto se centra en aquello que es igual en todo el mundo. Según el otro, tenemos que reconocer e incluso promover la particularidad. El reproche que el primero hace al segundo es que viola el principio de la indiscriminación. El reproche del segundo en el primero es que niega la identidad porque somete a todo el mundo a una forma homogénea que no les resulta autentica. Eso sería lo bastante malo si esta forma fuera neutral en ella misma, es decir, si no fuera la de nadie en concreto. La queja suele ir más lejos. Este conjunto teóricamente neutral de principios ciegos ante la diferencia, es de hecho un reflejo de una cultura hegemónica. Por lo tanto sólo las culturas minoritarias u oprimidas se ven forzadas a adoptar uno forma ajena. Por lo tanto, la sociedad respetuosa y ciega a la diferencia no sólo es inhumana sino que también, de una manera sútil e inconsciente, es considerablemente discriminatoria”[2].

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[1] Taylor, C., La política del reconeixement, dins Comunitat i nació, A. Castiñeira (dir), Proa, Barcelona, 1995, p. 207. Original: Taylor, C.,Multiculturalism and Politics of Recognition, Princeton, 1992.

[2] Taylor, C., La politica del reconeixement, dins Comunitat i nació, A. Castiñeira (dir), Proa, Barcelona, 1995, p. 207-208. Original: Taylor, C.,Multiculturalism and Politics of Recognition, Princeton, 1992.

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Imagen extraída de: Pixabay