El club de los otros

El club de los otros

Pablo Font Oporto. [Universidad Loyola Andalucía] El pasado 10 de octubre, la noticia era la declaración/no-declaración de independencia de Cataluña a cargo del President de la Generalitat. En las inmediaciones del Parlament de Catalunya se había convocado por parte de diversas asociaciones nacionalistas una concentración para seguir a través de una gran pantalla la sesión. Las imágenes de las reacciones de la multitud congregada allí son el punto de arranque de estas reflexiones. Cualquiera que haya podido ver los rostros de ilusión previa y absoluta decepción posterior a las palabras de Carles Puigdemont puede haber percibido el movimiento emocional interno y comunitario que se estaba produciendo en ese momento y lugar. Inevitablemente, muchos de los espectadores no hemos podido dejar de observar las similitudes con los aficionados de clubs de fútbol. No solamente los sentimientos, gestos y actitudes recordaban a tantas jornadas del deporte espectáculo. A ello colaboraba incluso el attrezzo similar que portaban los asistentes, ataviados y envueltos en toda la oportuna parafernalia del club apoyado. En ciertas imágenes de concentraciones unitarias, españolistas o constitucionalistas, en especial las terribles que han protagonizado los grupos ultras, puede detectarse también ese predominio de la emoción y el sentimiento sobre lo meramente racional.

Al explicar a mi alumnado las diferencias entre la Modernidad y lo Premoderno, suelo citar como resabio de esta última cosmovisión la vivencia actual de los aficionados deportivos, que en nuestro contexto geográfico alcanza su máxima expresión en el balompié. Una primera reflexión parece apuntar, por tanto, a la reiterada emergencia de las limitaciones del proyecto de la Modernidad racional ilustrada, caracterizada por un individualismo que busca la identidad en aspectos no grupales y construye su individualidad desde la posibilidad de decisión autónoma y racionalizada frente a la adscripción a identidades compartidas vinculadas a comunidades o grupos vinculados por lazos culturales, tradiciones compartidas o parentesco.

Sin embargo, examinando más de cerca el fenómeno de exaltación nacionalista, que suele vincularse históricamente, al menos en Occidente, con el Romanticismo, es posible efectivamente advertir una conexión de este con los elementos identitarios premodernos (históricos, culturales, comunitarios, etc.). Lo que nos lleva a confirmar que el Romanticismo, no solamente en lo cultural, sino también en el plano filosófico, es de alguna manera una reacción contra los excesos de la Modernidad Ilustrada y su racionalismo exorbitante. Ese movimiento conecta además con una línea que, dentro aún de la propia Modernidad, exaltará el valor de lo emocional y lo irracional, lo vivencial. Línea que encuentra en Nietzsche a uno de sus más destacados epígonos, pero no el único.

Parece que hemos divagado mucho al elevarnos al plano teórico, pero veremos que no es así. Recapitulemos algunas posibles ideas que podemos extraer de estas reflexiones.

En primer lugar, parece claro que, como ya se ha advertido desde diversas perspectivas, en el asunto catalán hay mucho más que un mero conflicto socioeconómico (que también lo hay, y negarlo sería asimismo inadecuado) y, al estar implicados aspectos relativos a la identidad nacional, es posible advertir la conveniencia de tener en cuenta que existen aquí cuestiones culturales, antropológicas, simbólicas, etc. Por tanto, afirmar que todo el problema se resuelve a “la pela es la pela” sería un reduccionismo inaceptable.

De otro lado, en mi opinión, en estos procesos en los que (como ya hemos visto), al igual que ocurre en tantos otros, intervienen importantes elementos identitarios, se generan fuertes dinámicas de segregación-confrontación entre “nosotros” – “los otros”. Y en esa sempiterna creación de vínculos comunitarios se generan indefectiblemente oposiciones a los que se consideran externos a mi comunidad. Lo que viene a reforzarse en el ámbito de los nacionalismos, que suelen operar de manera excluyente y en el que el de fuera es percibido como una amenaza, un opresor, la fuente de todos los males, etc.

Mi penúltima reflexión es a propósito de la triste constatación de que, en el marco de la actual globalización homogenizadora (mcdonalización la llaman algunos), estos elementos identitarios que se viven esencialmente en un plano emocional están siendo protagonistas de algunos de los últimos acontecimientos históricos. Detrás de algunos fenómenos identitarios vinculados con algunas creencias religiosas hay también mucho de esto.

Por último, toda esta reflexión creo que nos aporta un destacable elemento que aporta realismo a la situación actual y al mismo tiempo explica mucho de cómo se está vivenciando la misma por parte de unos y otros. El problema del terreno de juego en que se mueve un conflicto identitario, como el de los nacionalismos es precisamente que se mueve en un espacio donde las emociones, intuiciones e impactos vivenciales (directos e indirectos también, como los mediáticos) pesan más que argumentos y juicios racionales, por mucha que sea la contundencia de estos últimos. Esta limitación lastra también la efectividad de teorías como la ética del discurso en este tipo de problemas. De igual modo, la dificultad de dialogar desde las emociones irracionales podría ser un factor que lastre iniciativas encomiables tales como la del movimiento “Parlem-Hablemos” (suponiendo que sus participantes no estén inconscientemente motivados, al menos en parte, precisamente por cierto rechazo emocional contra los nacionalismos enfrentados). En todo caso, el diálogo con hinchas de fútbol puede ser complicado si estos no son capaces de debatir más allá de exaltados sentimientos identitarios. Sobre todo, si nos perciben como los otros. Como el club de los otros.

Cataluña

Imagen extraída de: WMagazín