Trovadoras de Dios y profetas del Pueblo

Trovadoras de Dios y profetas del Pueblo

José María Segura«No tengo tiempo, principio ni final… porque mi brújula eres tú.
Eres mi esencia mi fe y mi voluntad. Sin ti no sé dar un paso.
Porque estoy segura de que no soy nada.
Si no te tengo, no soy… nada.
Ando perdido solo… nada.
Nada tiene sentido, si no estás junto a mí… nada.
Y apenas me sucede… nada.
Y quedo reducido a… nada
Nada llena mi vida… si no la elevo a ti».

«Si no te tengo no soy nada» canta Emilia Arija, trovadora de Dios y profeta como las mujeres que aparecen en el libro Mujeres, mística y política. La experiencia de Dios que implica y complica. Este post tiene la descarada intención de animar a la lectura de este compendio de artículos sobre la mística de la cotidianidad. Porque -y voy directo al grano- el título es sugerente, pero en el interior la «política» (entendida en sentido amplio) aparece poco y casi circunscrita al penúltimo capítulo. Aun así, invita a la lectura reposada y es sugerente.

El libro arranca con un texto sapiencial de Martín Velasco sobre la Fenomenología de la Mística. Sapiencial, porque sus referencias (sobretodo implícitas y alguna explícita), a Zubiri, Rahner, Metz… parecen poner letra a una canción que Juan de Dios hubiera sentido y vivido primero. Al leer este pequeño ensayo místico, que sienta las bases para la “mística de lo cotidiano” que recorrerá después las páginas siguientes (desde las beguinas, pasando por Santa Teresa a Madeleine Lêbrel) el lector intuye que lo sistematizado ha sido experimentado, de algún modo, por el autor. Tomemos como ejemplo esta preciosa cita de Unamuno:

«No, la oración no es tanto algo que haya de cumplirse a tales o cuales horas, en sitio apartado y recogido y en postura compuesta, cuanto es un modo de hacerlo todo votivamente con toda el alma y viviendo en Dios… nuestra vida en continuo y mudo “¡hágase tu voluntad!”, y un incesante “¡venga a nos tu reino!”, no ya pronunciados, más ni aun pensados siquiera, sino vividos». (46)

La fenomenología de la mística recoge los rasgos comunes como se manifiesta este «misterio», que es la experiencia del encuentro con Dios: misterio porque se le percibe como una absoluta trascendencia y el ser humano «solo puede entrar en contacto con ella trascendiendo todas sus facultades» (30). Pero, esta trascendencia se manifiesta «en la más íntima inmanencia», en este baile místico, el Dios que es siempre «misterio» se revela, se muestra, como «una presencia». Este punto es central para Juan Martín: «Dios no es objeto de ninguna facultad humana… reclama una forma de relación con él insuperablemente personal» (34). Termina el autor recordando la aportación para el humanismo de la vida mística: «sujetos atentos a la actual situación y sensibles a las oportunidades y los peligros que comporta para lo humano» (49).

Este humanismo que nace y se sostiene de la mística recorre las páginas dedicadas a las beguinas, unas mujeres que se unían para combinar «atención a los pobres y enfermos en medio de las ciudades, con una profunda experiencia contemplativa» (51) y que contaron con el respaldo de las ordenes mendicantes, que en ocasiones llegaron a constituir «ciudades de mujeres» con su Iglesia, hospital y cementerio para la atención de los más pobres (62). Las beguinas han apagado la luz, pero sus escritos y testimonio de vida en el Espíritu nos siguen inspirando[1]. Mujeres que «se sustraen por igual a la obediencia a los clérigos y a las obligaciones del yugo matrimonial y no se dejan sujetar por las reglas de una orden», ¡en el siglo XIII! Para mí estas mujeres y su «teología de la Trinidad» han sido un descubrimiento que en ocasiones ha evocado a textos ignacianos conocidos:

La Contemplación de la Encarnación: «toda la Trinidad decretó realizar la creación; por una caridad especial hizo al hombre compuesto de cuerpo y alma racional». [2] (101)

La Contemplación para alcanzar Amor: «Dios se mantiene inclinado a través del tiempo para todo lo que podamos recibir y lo que queramos recibir y lo que queramos recibir y lo que queramos conocer». [3] (109)

De estas mujeres que se organizaron en «beguinatos» y gozaron de gran libertad en su seguimiento del Señor, pasamos a Santa Teresa de Jesús. En concreto, el libro resalta un lado menos evidente de Teresa porque quizás pasa arrollado e inadvertido en su torrente místico, (¡al menos para el que suscribe!): «estamos en un mundo que es menester pensar lo que pueden pensar de nosotras para que hagan efecto nuestras palabras» (130). Parece responder a la misma inquietud Matilde de Magdeburgo casi tres siglos antes: «temo a Dios si callo y temo a su vez a personas sin conocimiento si escribo» (68). Así Giselle Gómez Guillén sostiene que Teresa usa el recurso de la «autodepreciación» en escritos para poder escribir lo que siente que Dios le inspira, siendo mujer en la España del siglo XVI, «nos tiene el mundo acorraladas». Así, obedeciendo solo a Dios, Teresa creó un espacio de mujeres, gobernados solo por mujeres y esa libertad interior que desbordaba en sus escritos y fundaciones le valió el calificativo de «fémina inquieta, andariega, desobediente y contumaz» (136). La clausura fue para Teresa un espacio donde ser encontrada por Dios y , según Maximiliano Herraiz (159), un lugar donde «nadie entre a gobernarlas». Y es que no en vano escribe la santa, doctora, mística y fundadora que «en nuestras cosas no hay que dar parte a los frailes» (162).

Llegados a este punto, estaremos pensando ¿y hoy? ¿Y aquí? ¿Y yo que vivo en medio del ruido, de las carreras, de los horarios atestados, en medio del mundo y de la gente? ¡Que no cunda el pánico! Aquí llega Madeleine Delbrêl (1904-1964) que nos espeta «¿De qué nos serviría encerrarnos tras unos muros que nos separasen del mundo si Tú no estás más presente allí que en este estruendo de máquinas o en esta multitud de rostros?» (185) A esta mística de lo cotidiano ya ningún lugar ni momento le es profano: «nuestro tiempo tiene sus propios respiraderos; a nosotros nos corresponde descubrirlos y utilizarlos…» (190). Se trata de «perforar la vida», de abrazarla en su radical transcendencia, esa inmanencia transcendente y apreciar que «los pasos de la multitud en la calle, las voces… los gritos…, las risas de los niños», incluso «las canciones que salen de los bares», todo «es eco de Dios en orden o en desorden, todo es señal de la vida al encuentro de nuestra vida».

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[1] http://www.lavanguardia.com/vida/20130416/54371255454/beguinas-apagan-luz.html

[2] Matilde de Magdeburgo (1207-1282)

[3] Hadewijch de Amberes (12??-1248)

Trovadoras

Imagen extraída de: CRAI