Leyendo nuestra historia desde la historia de Dios

Leyendo nuestra historia desde la historia de Dios

Juan Pablo Espinosa ArceEl mes de septiembre está consagrado por católicos, protestantes y ortodoxos a la celebración, lectura y estudio de la Biblia. El texto bíblico es central para el cristianismo ya que en él encontramos el testimonio de la acción de Dios en la historia desde la creación del mundo, la elección del pueblo de Israel, el rol clave de los profetas, y también de la infidelidad del pueblo contrastada con la misericordia sobreabundante de Dios. Y también encontramos en el texto cómo al final de los tiempos, Dios nos habló por medio de su Hijo Jesús (Cf. Heb 1,1-2), quien se hizo hombre naciendo de mujer (Cf. Gal 4,4) y conviviendo entre nosotros (Cf. Jn 1,14). No hay fe cristiana sin el texto bíblico. A partir de ello, es que quisiera en este artículo reflexionar en torno a la necesidad de leer nuestra historia desde la historia de Dios. Para ello volveré sobre la centralidad del texto bíblico y cómo él nos ayuda a comprender cómo nuestra historia puede ser leída y comprendida desde la historia de Dios.

1. Un Dios que actúa en la historia

La primera afirmación teológica del cristianismo es que Dios actúa en la historia. Dios ha entrado en la historia del mundo y se ha revelado al pueblo de Israel como un Dios de la promesa, del éxodo y de la aventura. Así lo ha reconocido el credo histórico de Israel (Cf. Dt 26,5-8). En él, Israel toma conciencia de que su historia está marcada por la presencia de Dios, manifestada sobre todo en la salida de la esclavitud de Egipto. Con la intervención de Dios en el proceso histórico de Israel, la historia se convierte en historia de salvación, y se confiesa la fe en un Dios revelado en el tiempo y en la historia.

Así como el pueblo tiene una historia con Dios, Dios también va formando una historia y una alianza con el pueblo de Israel, a quien se le va revelando progresivamente y de manera que éste pueda acoger su llamada. Importancia también tiene la dinámica de la promesa, por la cual Dios aparece como el Dios de los padres, de Abraham, Isaac y Jacob, marcando con ello la dimensión del pasado. A la vez que se avizora que Dios es también el Dios del futuro, el Dios de la promesa que llevará a su plenitud la creación. Dios es el Dios de la historia futura, de la vida nueva, de la creación renovada. Hay una dinámica de vivir el pasado, el presente y  el futuro en Dios y con Dios. En palabras de Ruiz de la Peña (1980), “Israel interpreta su historia en base a la esperanza provocada por un decir de Yahvé en el pasado, por el que se garantiza el futuro salvífico. A la luz de la promesa implicada en la alianza, Israel comprende su historia como un todo unitario, en el que se van cumpliendo gradualmente los contenidos de aquella”.

Las distintas fases adquieren en Dios su unidad. Es por ello que nuestro autor confirma que “Dios se hace acontecimiento para los hombres mediante los hombres, más concretamente mediante el hombre en quien se manifiesta lo definitivo del ser humano y que es a la vez lo propio de Dios” (Ratzinger 2005). Gracias a la noción de acontecimiento comprendemos en definitiva que Dios se ha unido al ser humano y a su historia y que la historia del ser humano es también la historia de Dios. Hay una íntima solidaridad entre ambos, no presentándose como ajenos sino mostrándose como amigos, fundando una relación del Yo y del Tú. Dios asume la historia humana y en ella ha querido manifestarse, y lo ha hecho en la persona de Jesucristo. En Jesucristo la acción histórica de Dios toma sentido nuevo y paradójico. En la debilidad de la carne, en la espacialidad y temporalidad de nuestra existencia, el Eterno ha puesto su tienda. Por ello nuestra historia no es un añadido más, un dato más dentro de una lista de datos. La historia del ser humano y del mundo son elementos indispensables para comprender quién es Dios y cómo actúa.

2. Una comunidad que interpreta la acción divina

Y la comprensión significa conocimiento. Es tener conciencia de nuestro lugar en el mundo, de nuestro origen (pasado), de nuestro presente y de nuestro destino (pasado). Israel como pueblo también experimentó esa presencia de Dios. Y la interpretación de Israel es lo que da origen al texto bíblico, a partir de las tradiciones orales que luego se van colocando por escrito. En palabras de Antonio Bentue (1986) “esta interpretación que Israel hace de su historia profana a la luz de su fe, constituye, pues, lo fundamental de la Escritura y lo que convierte la historia profana de Israel en una historia de salvación”. Lo clave del proceso de lectura del tiempo y del espacio, de los acontecimientos históricos, culturales y personales, es que ello constituye un ejercicio de memoria. Se trae al presente en forma de narración, celebración litúrgica y comportamiento ético lo que aconteció en el pasado. Israel posee un gran mito fundador: la acción del Dios liberador de la esclavitud de Egipto. Los hechos históricos son acciones salvadoras de Dios.

Esta acción de interpretación está asistida por el Espíritu. Hay verdadera comprensión, actualización y visión de futuro y esperanza porque el Espíritu de Dios sopla y ayuda al discernimiento de las acciones históricas. Con ello, comprendemos cómo las experiencias personales, comunitarias y culturales tienen autoridad teológica. Y ello nos invita a rescatar nuestras propias experiencias como lugar en el cual podemos hacer experiencia de Dios. Pero para hacer esa experiencia, volvemos a sostener la necesidad de realizarlo desde un proceso de fe que es ante todo comunitario. No hay verdadera interpretación si no es en comunidad. No hacemos lectura de la acción de Dios de manera egoísta o intimista. La fe y el Espíritu se articulan como dinamismo eclesial.

3. Leer nuestra propia historia desde Dios y la tradición de Israel y la Iglesia

Veníamos comentando que la auténtica interpretación del texto bíblico y de la lectura de nuestra vida personal se realiza teniendo en cuenta a la comunidad que nos acoge, y por ello la interpretación de Israel y de la Iglesia podemos asumirla como nuestra. En palabras de Antonio Bentue (1986) “… esa garantía o inspiración de la fe de Israel no es únicamente para Israel, es para nosotros. Israel ha sido elegido como pueblo intérprete de su propia historia, de manera que esa interpretación se constituya en el paradigma garantizado para interpretar nuestra propia historia”.

Cuando tomamos el texto bíblico podemos comprender que los acontecimientos de los hombres y mujeres de Israel y los de los cristianos de la primera comunidad también nos hablan a nosotros. Podemos confrontar nuestra vida con la vida de los creyentes de ayer. Es un ejercicio de la memoria agradecida. Y es una invitación a tomar, leer y degustar constantemente el texto bíblico. Aquí quisiera recordar algo que leí: cuando los niños judíos comienzan a leer por primera vez la Biblia (la Torah) se les da a tomar miel. Entonces, en un ejercicio pedagógico, ellos pueden relacionar el sabor dulce de la miel con el sabor dulce de los textos bíblicos que leen. Podríamos como cristianos aprender a saborear la miel hebrea, el sabor dulce de las experiencias del Nuevo Testamento, de los Evangelios y de las cartas de Pablo, Pedro o Juan.

Dios nos habla en la historia y en nuestra historia hablamos de Dios. Septiembre ha sido una buena oportunidad para volver decididamente sobre el texto bíblico. Pero que no sea sólo en este mes, sino que toda nuestra vida sea una lectura e interpretación de las acciones de Dios en la historia, en mi historia y en nuestra historia.

Biblia

Imagen extraída de: Pixabay