Kong (2017): la naturaleza como divinidad buena y terrible

Kong (2017): la naturaleza como divinidad buena y terrible

Jaume FlaquerEstá de moda en el cine hacer versiones modernas de antiguas películas míticas. Es el caso de esta nueva entrega de King Kong después de otras en 2005, 1986,  1976 y 1967, inspirándose en la original y mítica de 1933. “La isla calavera” es el subtítulo de este nuevo Kong que no deja de ser Rey (King) y que conjuga acción trepidante, aventuras y cierta ternura junto con una denuncia del ego humano que, por su endiosamiento, provoca la furia de la naturaleza. De esta manera, la película introduce temas ecológicos, morales e incluso teológicos. Lógicamente, aquí vamos a hablar de ellos.

Está claro que las películas de grandes fieras temibles (Jurassic Park, Godzilla…) ejercen una gran atracción, así como todas aquellas sobre plagas (Los pájaros, Aracnofobia…) que aterrorizan a la humanidad. En todas ellas, la naturaleza vuelve a poner en su sitio al ser humano, invirtiéndose el aparente mandato divino de “dominar la tierra”, y denunciando el ego del hombre que le empuja a convertirse en Rey despótico de la creación. Esta misma denuncia la encontramos en decenas de películas de catástrofes naturales (inundaciones, terremotos…), cuando no extraterrestres, que arrasan civilizaciones y lugares emblemáticos. Lógicamente, los americanos sitúan casi siempre estas catástrofes en el entorno de Nueva York. ¡La civilización americana también puede colapsarse y desaparecer!

Todavía más perplejidad nos produce cuando este recordatorio apocalíptico está causado por aquel “nosotros” que por definición se encuentra por debajo nuestro por principio evolutivo: los simios. También recientemente se han recreado aquellos seres de El Planeta de los Simios, ahora mucho más perversos. Ahí se encuentra nuestra película, Kong: el que nos recuerda quiénes somos en realidad y revela nuestros deseos de totalidad avasalladora es un gran simio. Esa bestia es en realidad una proyección de la que llevamos dentro. Sin embargo, no todo está perdido porque esa bestia también es capaz de sentir amor y compasión (y por tanto, ¡nosotros también!). ¡Qué interesante es que esa capacidad de amar surja ante el más débil! El cierto machismo del primer King Kong que hace que ese más débil esté representado por la mujer queda en el nuevo Kong reconvertido en una mujer que representa el cuidado, la ternura y la confianza.

Kong no es solo proyección del ser humano sino que aquí es presentado incluso como una divinidad para los habitantes de esa isla remota. Un día éstos descubrieron que aquel que podría destruir el poblado indígena era en realidad el único que les podía salvar de bestias aun mucho peores (la contemplación de las cuales podremos “gozar” en tensión con todo detalle). De esta manera Kong se convierte en aquella definición de lo divino de Rudolf Otto como “Misterio Tremendo y Fascinante”, Alguien o Algo fascinante pero con el que hay que tener sumo cuidado para evitar enojarlo, y a quien hay que aplacar de vez en cuando para asegurarse su favor.

Kong se irrita peligrosamente al principio de la película ante esos investigadores y soldados americanos que quieren descubrir los secretos de una isla jamás explorada y de casi imposible acceso. Las bombas utilizadas por los soldados para descubrir las propiedades sísmicas de la isla hacen despertar al dios terrible, Kong, igual que la herida ecológica que el ser humano inflinge sobre el mundo hace despertar huracanes y desastres naturales.

De esta manera, el director enlaza con el atractivo de las espiritualidades cósmicas orientales donde lo divino es la Naturaleza: el hombre debe cuidarla y dejar de agredirla constantemente, y entrar en comunión con ella como lo hace el personaje femenino de la película. Además, debe dejar el Misterio como misterio, sin intentar dominarlo. Es decir, debe renunciar a explorar esa isla de la Calavera y reconocer su no-omnipotencia ni omnisciencia. La película nos viene a decir que cuando el ser humano dice querer conocerlo Todo quiere en realidad dominarlo Todo. Y, al dominarlo, acaba destruyéndolo. Eso mismo quiere decir el Génesis cuando nos presenta a un Dios que advierte a Adán y Eva de no comer del fruto del árbol del conocimiento.

Kong

Imagen extraída de: Filmes a la Rome