Protestando con los espíritus de mis abuelas

Protestando con los espíritus de mis abuelas

Voces. Shan Overton. [The Porch] Últimamente me he zambullido varias veces en las calles de Nashville para participar en marchas por una América justa y compasiva. Y en cada una de esas marchas llevo un gorro de ganchillo con orejas de gata, hecho a toda prisa con lana barata de color rosa,[1] y siento en mi interior la eléctrica intensidad de la protesta. En marzo, cuando Donald Trump visitó nuestra ciudad en uno de sus inacabables mítines de campaña, mis amigas y yo caminamos con nuestros gorros junto al kilómetro y medio de ruidosos seguidores de Trump que rodeaban el Capitolio estatal. Nos unimos a nuestras compañeras de la resistencia a las puertas del Auditorio Municipal, donde pude admirar su creatividad para la creación de pancartas, frases y vestimentas. Quienes apoyaban a Trump eran más numerosos que quienes protestábamos, y pensé en la probable futilidad de lo que hacíamos, y en por qué siempre me implico en estas situaciones.

La cuestión es que cuando protesto en las calles lo hago acompañada por los espíritus de mis abuelas. No es que ellas participaran en marchas exactamente, pero sí estaban dispuestas a afirmar en público sus creencias. Mary Frances Overton, esposa de un cirujano, habitual de los clubs de campo y entregada a su fe metodista, no estaba dispuesta a mantenerse en silencio cuando presenciaba una injusticia. Nancy Turner, también fiel metodista, profesora de escuela y mujer de un granjero, era menos explosiva en cuanto a expresar en público sus opiniones. Ambas habían nacido en pequeños pueblos de Tennessee mucho antes de que el sufragio femenino se hiciera realidad, y ambas eran voces disidentes respecto a sus generaciones y su entorno, cada una a su manera.

Al comparar las vidas de mis abuelas con mi propia actividad política, veo que he aprendido mucho de ellas. De muy joven presencié cómo Mary Frances paraba a un hombre blanco en la calle para indicarle de forma contundente que había sido insultante con una mujer negra que salía de una tienda, y que eso era un comportamiento totalmente inaceptable para cualquier ser humano temeroso de Dios. Esta pequeña anécdota puede parecer poca cosa hoy, pero, para una mujer blanca de la generación de mi abuela, crecida en los tiempos de la esclavitud en Pulaski, el exigir respeto públicamente hacia una mujer de color a un hombre de negocios blanco y trajeado fue todo un acontecimiento. Mary Frances tenía fama en el pueblo de aparcar su coche en la acera, salir y detener el tráfico en hora punta cuando no estaba de acuerdo en cómo circulaban; decía lo que pensaba y se interponía físicamente cuando otros no se hubieran movido ni abierto la boca. No tenía convicciones políticas; Mary Frances era una mujer de su tiempo y exhibía a la vista de todos sus privilegios como mujer blanca acomodada. Pero su voz, su energía y su sentido de la dignidad humana abandonaron hace mucho su cuerpo y ahora caminan conmigo, acompañando mi propia protesta en estos tiempos difíciles.

La de Nancy fue una historia muy diferente. Nacida y crecida en una familia de granjeros, se graduó como maestra en el Peabody College antes de cumplir los veinte años. Recibió ofertas de escuelas más prestigiosas de Nashville, pero decidió llevar a cabo su primer trabajo en una escuela de una sola aula en Smithville, y cada día iba allí junto a sus estudiantes en un autobús conducido por el futuro senador Al Gore, Sr. Cuando le preguntaron por qué había decidido volver al campo a enseñar cuando podía haberlo hecho en mejores escuelas de la ciudad, Nancy contestó: “¿Es que los niños de campo sin zapatos no merecen una educación tan buena como los niños de la gran ciudad con zapatos caros?”. Si Mary Frances había sido una fuerza de la naturaleza en un entorno urbano, Nancy fue una discreta radical rural que apoyó los derechos de los gays antes de que el movimiento existiera, no toleraba a los racistas y se ocupaba de los niños pobres de sus clases. He heredado la forma de hacer política de Mary Frances, pero adopté las creencias de Nancy.

En pie y en medio del frío de la autovía James Robertson, hace unas pocas semanas, sentí la vívida presencia de esas dos mujeres cuya sangre fluye por mis venas. Cuando pienso en abandonar, cuando considero que las fuerzas de la dominación y la opresión son demasiado poderosas o imposibles de derrotar, veo el inquebrantable compromiso con la compasión y la justicia que brillan en los ojos de mis abuelas; lo oigo en los ecos de sus voces en mis oídos. No llevan gorros con orejas de gata, pero sus espíritus protestan en solidaridad conmigo y me ayudan a seguir a pesar de los pesares.

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[1] Esta clase de gorros se han hecho habituales en las protestas contra el presidente de EE.UU. En inglés se les llama “pussy hats” y vienen de la famosa frase de Trump de que cuando uno es famoso puede permitirse agarrar a las mujeres por sus partes (“pussy”, en inglés). (N. de la T.)

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Imagen extraída de: Business Insider