¡Nos queremos vivas! La justicia es curar el cuerpo y el alma de las mujeres (II): La felix culpa

¡Nos queremos vivas! La justicia es curar el cuerpo y el alma de las mujeres (II): La felix culpa

Neus ForcanoLa interpretación de algunos textos bíblicos de la tradición cristiana ha contribuido a hacer creer, tanto a creyentes como a no creyentes, que ha habido una creación jerarquizada del ser humano. Un sexo no marcado y otro que ha surgido como acompañante y complemento. De la expulsión del paraíso del mito de Adán y Eva (Gn, 3) también se han sacado conclusiones negativas, sobre todo de cara a Eva, que se ha llevado la peor parte. Si Lilith ya había sido expulsada del mundo por no obedecer la misión que se le había confiado, Eva también fallará porque induce a Adán a comer del fruto del árbol del bien y del mal. La interpretación del mito en una Iglesia institucionalizada ya desde los inicios dentro de los cánones patriarcales del Imperio romano y de la organización moderna de Europa, ha descargado sin miramientos la culpabilidad en las mujeres y ha considerado a Eva como la yesca del pecado, en lugar de interpretar que el sentido de fondo del pasaje bíblico muestra la debilidad y la dificultad del ser humano, sea hombre o mujer, para ser en todo momento imagen y semejanza de amor y libertad.

Desde la perspectiva de una teología trinitaria y relacional[1], este mito nos recuerda que somos limitados en el sentido de que la voluntad y cualquier deseo que tengamos pueden no ser exactamente lo que se nos pide en el contexto, tiempo y lugar donde vivimos, ya que la libertad que estamos llamados a poner en juego, no es la libertad individual y aislada del mundo y de los demás, sino una libertad al servicio del crecimiento personal y de los vínculos de amor y trato igual hacia los demás. Una libertad responsable de la delicada red de los vínculos humanos y sociales, que nos son básicos y necesarios para crecer amados y para poder dar amor. Somos seres relacionales y capaces de construir vínculos que incluyan, cobijen y tengan cuidado de todas las personas. Esta es la llamada que el Dios-Amor ofrece a las personas; un Dios-Amor que se encarna y se actualiza en cada gesto de amor y cada esfuerzo esperanzado que hacemos para que esos vínculos de respeto y cuidado entre todos no se rompan ni se estropeen. El mito de Adán y Eva expresa este dolor de la rotura de la alianza, de la unión mística e íntima con esta fuerza de amor y libertad a la que nos llama la vida.

En el siglo XV, Isabel de Villena, abadesa del monasterio de las Clarisas de Valencia, explica en la Vita Christi una versión muy original de los sentimientos y la visión de Eva ante el mal y la práctica de la libertad humana. La Eva de Isabel de Villena tiene conciencia del “pecado” y de la posibilidad de error y arrogancia que tenemos los humanos, y se arrepiente. Y por eso es capaz, a la vez, de entender su responsabilidad y capacidad de enmienda. También María Magdalena[2] ante la tumba vacía de Jesús, ciega de dolor y llena de tristeza, es capaz de oír su nombre y de entender que Jesús le pide que se levante y que anuncie la Palabra como una apóstol más de la verdad que somos: gesto nuevo de libertad y capacidad de amar cada día. Esto es la resurrección.

Isabel de Villena describe un diálogo muy interesante entre Cristo resucitado y Eva, a través del cual se llega a la felix culpa. Aquella que había pecado, que había errado sus pasos, reconoce y pide perdón. Y Jesús la perdona. Todas las mujeres, a través de ella, pues, estamos perdonadas, al igual que se asume en el discurso doctrinal de la Iglesia que Jesús, como el hombre nuevo, asume los pecados de todos los hombres y, por tanto, la culpa que representa el error de Adán y Eva queda redimida. La originalidad de Isabel de Villena es subrayar y reformular esta felix culpa hacia Eva, en contra del discurso misógino y voluntariamente sexista de su época y, desgraciadamente, todavía de la nuestra:

“Y el Señor, viendo aquella mujer que él tan maravillosamente había formado con sus manos, la miraba con gran placer, deleitándose en su virtuoso y gracioso hablar; y tomándola por las manos la atrajo muy cerca de él y con gran amor le dijo: “Veni amica mea, veni, te coronaberis”, queriendo decir “venid venerable madre, para mí muy amada, venid a mí y seréis coronada” según merece vuestra virtuosa penitencia, pues ya se han terminado vuestros dolores; ahora empiezan vuestros gozos y alegrías que no tendrán fin; ya vuestro pecado es redimido y perdonado. Ya no hablaréis con vuestras hijas que aquí están sino de deleites y placeres, viéndoos por mí tan amadas y glorificadas. […] Quiero que vos seáis tenida en gran reverencia y devoción por hombres y mujeres como madre singular de todos, y que de ellos seáis intercesora, en presencia mía, especialmente de las mujeres, a las que yo concederé innumerables gracias por amor vuestro y para que honren a la madre todos los que quieren vivir en amor y gracia mía. […] La mujer sabia y discreta edifica su casa; cuando abre la boca esparce sabiduría y la ley de la clemencia es puesta en la lengua de la virtuosa mujer, y su prudencia no permite que coma el pan ociosa”[3].

En las comunidades cristianas es urgente actualizar el significado de “penitencia” y de “perdón”; lo que seguro extraemos de este texto es una alegría honda que se encuentra en la restitución de la integridad de cada persona. La valía y la subjetividad de las mujeres no nos serán dadas desde fuera, y por tanto, será necesario encontrar espacios, relaciones y afectos que ayuden a reconocernos el cuerpo, lo que sentimos, lo que esperamos y amamos desde nuestras experiencias, para poder actuar liberadas de las asunciones que la cultura, la historia o la sociedad nos imponen. La denuncia y la lucha por reivindicar derechos debe mantenerse; pero la sanación emocional se convierte, pues, en el centro de las necesidades de justicia para las mujeres.

Incluso sin tener nada, como la viuda de Sarepta (1R 17, 7-24), que en extrema pobreza acoge a Elías, existe la posibilidad de hacer resurgir la vida cuando todo parece perdido. No se trata de tener una fe ilusa, idealista; al contrario, los textos bíblicos nos hablan de una fe de tener los pies en el suelo, arraigada en los problemas y las dificultades de la vida real. La riqueza espiritual de confiar en el espíritu de amor y de resurrección pasa por alimentar el cuerpo y el alma, la propia y la de los que tenemos cerca. Como dice Sousa[4], si hay que estar atentos a las emergencias de los movimientos sociales y alternativos, que desde todas partes se afanan por hacer efectivos modelos económicos y de producción que sirvan para el bienestar de toda la comunidad, también las mujeres y las muchachas jóvenes -convencidas de su valía personal y de sus capacidades- pueden emerger como nuevos agentes de esperanza y revitalización de las relaciones interpersonales dañadas por el patriarcado.

“¡Nos queremos vivas!” Este era el lema del movimiento feminista que se hizo oír en la manifestación del 8 de marzo de este año en Cataluña, tan llena de juventud, de chiquillos, de familias, de hombres y mujeres de todas las edades. Cuerpos en alianza[5] ocupando el espacio público, tan a menudo robado por la circulación y el tráfico a que la sociedad capitalista y de consumo nos obliga, pero momentáneamente convertido en clamor de justicia y reivindicación performativa de cuerpos diferentes, de talantes y espiritualidades diferentes, pero unidos en la marcha y en el objetivo de explicitar los vínculos del respeto, el bien común y la red social solidaria que queremos para vivir libres.

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[1] Teresa Forcades. Ser persona avui: estudi del concepte de persona en la teologia trinitària clàssica i de la seva relació amb la noció moderna de llibertat. Barcelona: Publicacions de l’Abadía de Montserrat, 2011; y también, recientemente editado, Els reptes del Papa Francesc. Moviments de renovación a l’Església catòlica actual. Barcelona, Edicions Viena, 2017.

[2] “María Magdalena: una Iglesia sin misoginia es posible” revista IGLESIA VIVA, nº 265, 1er trimestre; Valencia, enero-marzo 2016. Se trata de un número monográfico sobre la figura y la recepción de María Magdalena. Hay artículos de Teresa Forcades, Carmen Bernabé, Neus Forcano y Katherine Ludwig Jansen, entre otros.

[3] Isabel de Villena. Jesús i les dones. Versión de Marta Pessarrodona. Editorial Barcino: Barcelona, 2012, col. Tast de Clàssics, 4; pág. 143-145.

[4] Boaventura de Sousa Santos. Si Dios fuese un activista de los derechos humanos. Madrid: Trotta, 2014.

[5] Judit Butler. Cuerpos Aliados y lucha política. Hacia una teoría performativa de la asamblea. Barcelona: Paisós, 2015.

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