¡Nos queremos vivas! La justicia es curar el cuerpo y el alma de las mujeres (I): Víctimas, ¡pero no para siempre!

¡Nos queremos vivas! La justicia es curar el cuerpo y el alma de las mujeres (I): Víctimas, ¡pero no para siempre!

Neus ForcanoLa pobreza y la violencia siguen teniendo rostro de mujer y de niña. De todas las mujeres que con su esfuerzo y su complicidad con los demás, llevan adelante la familia y hacen crecer a los hijos; cuidan de los enfermos y de los ancianos de su casa, y si pueden, además, trabajan fuera de casa…, y aún así, son víctimas de la violencia en las relaciones con los compañeros y familiares más cercanos. De todas las niñas que, metidas en mafias de tráfico de personas, son engañadas y deportadas sin papeles y se encuentran a merced de proxenetas que las fuerzan a prostituirse. Por miedo y amenazadas, viven una angustia de silencio y pagan, con la transacción de su cuerpo como moneda, la alimentación y la seguridad de los pequeños que parieron en sus países de origen y que han tenido que abandonar a su suerte. En los países de llegada son carne de cañón, unas nadies sin papeles ni libertad para decidir qué quieren hacer de su vida.

Quiero añadir a esa violencia y marginación que tenemos presentes en nuestro país, la violencia que sufren muchas mujeres en países en conflictos bélicos. Leo en La guerra contra las mujeres, de Rita Laura Segato[1], antropóloga y activista feminista afincada en Brasil, que la estrategia de la guerra ha cambiado desde los años 90 respecto a la repercusión sobre la vida y la integridad de las mujeres. Es sabido y es antiguo el hecho de que el cuerpo de las mujeres de la población sometida por la fuerza militar era parte del botín de los ganadores en las guerras de todas las épocas y de todas las culturas. Ahora bien, desde los años 90 y a partir de la guerra de los Balcanes, se ha constatado que la violación de las mujeres de una población es la estrategia para romper los vínculos dentro de una comunidad, desestabilizar su funcionamiento desde dentro y poder someter, destruir y hacerse con el poder más rápidamente. Ahora ya no se entiende la guerra como un enfrentamiento a un nivel de igualdad entre cuerpos militarizados, sino que se hace la guerra atacando directamente el flanco más valioso y más importante de la cohesión social, que son los lazos comunitarios y los referentes de la transmisión de la vida y la cultura de un lugar y de un país. Y las que realizan esta función y están en esta situación son las mujeres.

La palabra “víctima” nos sirve, pues, para nombrar el abuso, el maltrato, la culpabilización y la marginalidad en todos los ámbitos, sea social, político, laboral o familiar; pero hay muchas que rechazan ser consideradas siempre como “víctimas”. La memoria es importante y no hay que olvidar lo que ha pasado. No se puede. Además, hay que formularlo y hacerlo público, precisamente para que aquéllas que han sufrido injustamente no queden silenciadas y asumiendo un sentimiento de culpa y de vergüenza. Se ha de poder buscar la manera de hablar de la violencia, no para hundir más a las víctimas y mantenerlas en una situación de inferioridad, de marginalidad, sino para empoderarlas y para restituirlas públicamente. Deben ser los perpetradores de violaciones, los maltratadores, el ejército o el gobierno abusador, quienes queden señalados como culpables.

Como dice Yolanda Aguilar, antropóloga de Guatemala y activista por los derechos de las mujeres después de haber sufrido repetidas violaciones durante la guerra civil de este país: “se tienen que descolonizar las emociones, porque entendí que verse como una víctima toda la vida puede ser castrante, ya que me creo una autoimagen de lo que esto significa y me puede hacer creer que no podré salir de allí. Esto hace perpetuar la violencia y le da poder al violador. Me quita todo el poder que puedo tener porque pongo mi energía en el sufrimiento en lugar de enfocarla a seguir viviendo. Tengo que ver que aquello fue un episodio de mi vida, pero no es mi vida”[2].

Yolanda Aguilar, desde el centro Qanil y la asociación Actoras de cambio, ofrece espacios de encuentro y ejercicios de sanación para mujeres que han sufrido la violencia y el abuso. Su objetivo es que reaprendan qué es una relación amorosa, ya que muchas mujeres han tenido que adaptarse a contextos de enfermedad, de guerra y de abuso y han interiorizado las relaciones abusivas. Denuncia que muchas mujeres soportan el sufrimiento como imposición de las creencias sociales, culturales y religiosas, y que el sistema se ha aprovechado, porque le ha convenido que las mujeres mantengan esta manera sumisa y callada de vivir. Por eso ponen en práctica terapias de reencuentro, para que las mujeres puedan trabajar personalmente de forma integral, recuperando la conciencia de su cuerpo, el erotismo, la esperanza de vivir. Crean rituales para pasar duelos y desprenderse así de emociones negativas. Estas mujeres reaprenden a integrar el deseo, el erotismo, la sexualidad y la espiritualidad ante la fragmentación a que las aboca el sistema. Se trata de la búsqueda de una justicia de la sanación, de la recuperación del cuerpo y de la propia subjetividad, para reconciliarse con la propia vida y con el futuro.

Esta lucha de resistencia activa y de transformación personal me remite al pasaje del Nuevo Testamento de la sirofenicia (Marcos 7, 24-34 o bien Mateo 15, 21-28)[3]. Esta mujer interrumpe el encuentro de hombres judíos y se acerca a la mesa donde estaba Jesús de Nazaret para pedirle que cure a su hija enferma. Cuando Jesús le responde que él ha venido exclusivamente para los hijos de Israel, ella resiste el rechazo que le hace -aunque es consciente de que ella es una mujer, una extranjera y una pagana, y que no tiene ningún derecho a dirigirse a un hombre judío-, pero se atreve a responder a Jesús que se contentará con una sola palabra del maestro, como una miga de pan que cae bajo la mesa. Ante esta actitud humilde, combativa y esperanzada, Jesús le reconoce la fuerza del espíritu de amor que la habita, y le responde -en un cambio de actitud nada frecuente en los pasajes evangélicos-, que su fe la ha salvado y que su hija está sana. Esta mujer transgrede las normas y las costumbres de honorabilidad del siglo I en Israel, pero lo hace para pedir la sanación de otra. A pesar del rechazo y la violencia con que es tratada, antepone el objetivo que la motivaba y la fe como posibilidad de cambio y transformación del sufrimiento de la otra. Y su gesto es reconocido públicamente.

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[1] Rita Laura Segato, La guerra contra las mujeres. Madrid: Traficantes de sueños, Mapas; 2016.

[2] Entrevista hecha a Yolanda Aguilar, publicada en octubre de 2016 [http://desmontandoalapili.com/hay-que-descolonizar-las-emociones-yolanda-aguilar-antropologa-y-terapeuta-feminista-de-guatemala/] Consulta en línea: mayo del 2017.

[3] Para un comentario más amplio de este pasaje desde una perspectiva de teología feminista, hay que recurrir a Elisabeth Schüssler Fiorenza, Pero ella dijo; Madrid, 1992. También recogido en los Cuadernos de la HOAC en Neus Forcano, “Democracia y dignidad para las mujeres ante situaciones de precariedad”, Cuadernos HOAC nº 10, Madrid, 2015.

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Imagen extraída de: Pixabay