Desenterrar el recuerdo

Desenterrar el recuerdo

Josep F. Mària[Al cor del món/Pregaria.cat] Dicen que un día alguien preguntó al Dr. Antoni Puigvert (1905-1990), eminente urólogo: “Doctor, después de la muerte, ¿qué?” El doctor contestó: “Después de la muerte, el entierro”.

En realidad, tanto la pregunta como la respuesta parecían moverse a nivel de los hechos: después del hecho de la muerte de alguien, uno de los hechos que se dan es que lo entierran. Pero la ironía es que tanto la pregunta como la respuesta iban más allá de los hechos: el doctor no creía en una vida más allá de la vida en la tierra.

Bien mirado, la forma correcta de preguntar sobre la vida más allá de la vida terrena es muy difícil. Tanto si decimos “después de” como si decimos “más allá de”, estamos utilizando el tiempo y el espacio para referirnos a un nivel de realidad que justamente trasciende espacio y tiempo.

¿Cómo acercarse a ese otro nivel de realidad que resulta tan relevante para muchos, el final de la vida en la tierra? Una forma de conectar consiste en no preguntarse por la muerte, sino por la vida. A no apresurarnos para “enterrar” a la persona que ha muerto. En realidad, “hacer el duelo” (tanto religiosamente como psicológicamente) consiste en esto: en vivificar una relación que nos ha afectado profundamente. Consiste en desenterrar el recuerdo.

¿Qué recuerdo nos ha dejado? Quizás escritos, obras de arte, objetos que lo caracterizaban (sombreros, joyas, vestidos…), organizaciones que había gestionado, valores que practicó con nosotros. Pero igualmente actos de cobardía, de egoísmo o de miedo… Seguramente también de parte nuestra hubo luces y sombras. Y tal vez su final fue doloroso para muchos.

¿Cómo desenterrar el recuerdo?

Es bueno diseñar situaciones (lugares, ambientaciones, compañías o soledades…) en las que se haga amable el desentierro. Pasando por aquel lugar -o visitándolo expresamente- donde habíamos estado juntos, recordaré lo que nos pasó allí. Mirando una fotografía o revisando una carta, recordaré otro aspecto de nuestra relación. Recordando como solía reaccionar ante situaciones en las que me encuentro, me hará presente alguno de sus valores -¡o arrebatos!-. Y poco a poco puede ir creciendo en mí el agradecimiento y la reconciliación. Seré curado, transformado y liberado para vivir con más plenitud.

Es así como se hace real lo que sugiere T.S. Eliot en el poema Little Guiding I:

“(…) Y lo que los muertos, en vida, no sabían decirnos,

ahora nos lo pueden decir, muertos: la comunicación de

los muertos tiene lenguas de fuego más allá del lenguaje de los vivos”.

Pero permanece la pregunta al Dr. Puigvert: no sobre nuestro duelo y nuestra transformación, sino sobre el duelo y la transformación del difunto. Aquí las tradiciones religiosas o de sabiduría ofrecen pistas varias en forma de narraciones o de prácticas rituales. En todo caso, dice el maestro budista Shantideva: “El culto a un Buda vivo y a un Buda extinguido son idénticos y dan fruto” (La marcha hacia la luz XI, 40). Es decir: recuerda a la persona (ríndele culto) sin importar si crees que está vivo o muerto.

¿Y hasta cuándo el duelo? Querer cerrarlo, ¿no es persistir en el deseo de enterrar? El agradecimiento y la reconciliación con esa persona nos dan vida: mejor si no los enterramos. Mejor si esa persona se convierte poco a poco en interlocutor silencioso de mi presente.

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“Que por la fuerza de la Vida yo me identifique ahora con el espíritu de luz inmortal, en este mismo momento en que el cuerpo mortal será reducido a cenizas. Om. Recuerda, oh mente, lo que has hecho. Recuerda, recuerda todo lo que has hecho” (Isha Upanishad, 17).

” (…) las acciones meritorias recibirán a la buena persona al llegar al próximo mundo, como los familiares dan la bienvenida a un ser querido cuando vuelve a casa” (Dhammapada, 220).

“Tú sabes que lo que siembras no llega a tener vida si antes no ha muerto. (…) Con la resurrección de los muertos pasa algo parecido. Se siembra un cuerpo corruptible, pero resucita uno incorruptible; se siembra un cuerpo sin honor, y resucita glorioso; es sembrado débil, y resucita lleno de fuerza. Es sembrado un cuerpo auto-centrado, y resucita un cuerpo centrado en los demás” (1 Cor 15, 36. 42-44).

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Imagen extraída de: Pixabay