Los acentos de la amistad

Los acentos de la amistad

Dolors OllerEste año, concretamente el 26 de marzo, se acaba de cumplir el 50 aniversario de la publicación por parte de Pablo VI de la encíclica Populorum Progressio. Jornadas, conferencias, seminarios, estudios, se suceden con motivo de este evento. Con el título “Desarrollo Humano Integral: una aportación del Pensamiento Social Cristiano al servicio de la justicia global, en los 50 años de Populorum Progressio (1967 a 2017)”, tendrá lugar un Simposio en la Universidad de Deusto del 28 al 30 de junio, organizado por el grupo de Pensamiento Social Cristiano de UNIJES, del que formo parte. A raíz de la elaboración de una comunicación a dicho Simposio, me he dado cuenta de la importancia dada por Pablo VI a la amistad cívica o política, propuesta por él a la vez como amistad espiritual tanto entre las personas como entre los pueblos. Éste es precisamente uno de los ejes vertebradores de ese texto del Magisterio Social de la Iglesia.

Ello no nos debe extrañar en absoluto, pues Pablo VI se consideraba discípulo de Jacques Maritain, el gran filósofo y pensador francés, que tuvo gran influencia en el Concilio Vaticano II. Su humanismo integral, un humanismo de encarnación, está presente en los documentos conciliares y en las encíclicas y otros documentos de este periodo.Él fue quien introdujo en su reflexión el concepto de la amistad cívica, social o política, apartándose de una tradición de filosofía política que se inspiraba en Maquiavelo y se centraba sólo en la toma y conservación del poder a toda costa, sin importar la verdad y el bien de la sociedad. Profundicemos, pues, un poco sobre este tema:

Para Maritain la justicia y el derecho no bastan para la convivencia. Son condiciones indispensables pero no suficientes; es necesaria la inclusión y la igualdad de oportunidades para todos los ciudadanos. Y esto lo posibilita la amistad cívica, que implica un gran respeto por la persona del otro y que nos hace escuchar incluso a aquellos que son nuestros adversarios. Como buen seguidor de santo Tomás de Aquino, nos dice que la amistad civil constituye la actuación más auténtica del principio de la fraternidad, que es inseparable de la libertad y de la igualdad. Concibe la amistad cívica como la fuerza animadora de la sociedad, que utiliza de una manera igual la igualdad, mientras que a la justicia le corresponde llevar la igualdad a quienes son desiguales.

En realidad este concepto de amistad cívica o civil es de origen aristotélico, asumido por el tomismo, del que fue buen conocedor Maritain. El concepto fue también recuperado por Hanna Arendt, quien lo relacionó con la idea de “pensar poniéndose en el lugar de cualquier otro” de Kant y que hace posible establecer un vínculo entre amistad y política. Así, el espacio público es un espacio de convivencia (de “vivir con”) y respeto, constituido por personas capaces de tener unas metas comunes, es decir, capaces de desear lo que es justo y lo que es de interés común, tener una opinión compartida sobre el particular. Y en esa medida, la amistad cívica se convierte en una forma de construir comunidad, de construir también mundo, siendo la base de toda democracia, fundamentada en la prosecución del bien común. De hecho, hablar de amistad cívica es hablar de la sociabilidad humana que se desarrolla y adquiere su significado en la vida comunitaria. La amistad cívica es reconocida así, como lo habían hecho los antiguos filósofos -pensemos en Aristóteles-, como el alma y el vínculo constitutivo de la comunidad social.

Pero la amistad cívica no puede tener éxito en el grupo social si un amor más fuerte y más universal, el amor fraterno, no entra en ella y si, transformándose en fraternidad, no cruza los límites del grupo social para extenderse a toda la humanidad. Para Maritain, para quien la amistad es un respeto por la imagen de Dios en el hermano, la fe en la fraternidad humana va unida al sentido del deber social de compasión para el hombre en la persona de los más débiles, los que sufren, y con la convicción de que la obra política por excelencia es hacer la vida en común más fraternal y mejor, y trabajar en la construcción de la casa común para los hermanos con instituciones y leyes que lo favorezcan. La amistad se convierte, así, en la expresión vital del cuerpo político y tiende hacia una comunión realmente humana y libremente obtenida.

Pablo VI, que participa de esta visión, de forma clarividente nos habla en Populorum Progressio de vivir una amistad cívica en un mundo común, amistad que desde la fe cristiana está basada en la reciprocidad de la fraternidad que parte del primado de la Caridad. Ya santo Tomás de Aquino, al entender la Caridad como amor de amistad, universalizó la amistad. La Caridad lleva a amar a todos, no tolera discriminaciones; nos hace vivir en un “estado de amor”. La Caridad es un don de Dios que hace posible el anhelo de amor universal. En la condición de que esta universalización no significa un amor abstracto, formal o difusamente general, no encarnado, la Caridad lleva a amar a cada persona y cada pueblo en su singularidad propia e intransferible; implica, pues, amar la diversidad. Pablo VI plasma así, en la encíclica, su deseo de involucrar a todo el mundo en el desarrollo, desde la experiencia de unir fe y vida. De lo que se trata es de salir de uno mismo hacia los demás, y esto referido no sólo a los individuos sino también a los pueblos. “El ser humano debe encontrar al ser humano, las naciones deben encontrarse entre sí como hermanos y hermanas, como hijos de Dios. En esta comprensión y amistad mutuas, en esta comunión sagrada, hemos igualmente de empezar a actuar conjuntamente para edificar el futuro común de la humanidad” (PP 43). El crecimiento no es sólo un deber personal, sino también un deber comunitario. Cada ser humano es miembro de una sociedad y pertenece a la humanidad entera. Ese mismo espíritu se hace presente cuando aborda lo que califica como diálogo de civilizaciones, necesario para construir una civilización de solidaridad universal, imprescindible para la paz (PP 73).

En definitiva, la amistad cívica, social o política adquiere la categoría de fundamento de la convivencia pacífica. Y si el campo del derecho se refiere a la tutela del interés y el respeto exterior, a la protección de los bienes materiales y a su distribución conforme a las reglas establecidas, el campo de la amistad es el del desinterés, la gratuidad, el no aferrarse a los bienes materiales, la donación, la disponibilidad interior a las necesidades de los demás. Así entendida, y como ya hemos recordado, la amistad social convierte la actuación más auténtica del principio de fraternidad, que es inseparable de la libertad y de la igualdad. Principio que ha quedado en gran parte sin practicar en las sociedades políticas modernas y contemporáneas y que ya es hora de activar.

Amistad cívica, social y política, y también amistad que se convierte en estilo de vida. Esta es la amistad transformadora que propone Pablo VI, y que constituye una verdadera espiritualidad de la amistad y de la fraternidad universal, tan imprescindible en un mundo desvinculado como el de hoy. Por otra parte, esta amistad espiritual entronca muy bien con la espiritualidad ignaciana que nos habla de “comunidades de amigos en el Señor”. ¡Ojalá practicando esta amistad hecha vida vayamos transformando las relaciones interpersonales y también sociales en la línea del Reino de Dios!

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Imagen extraída de: Pixabay