El precio de la alegría

El precio de la alegría

Josep M. Rambla BlanchHablar de alegría puede parecer insultante u obsceno a la orilla de un Mediterráneo convertido en cementerio, en una Europa con las puertas cerradas a los refugiados, con una escandalosa desigualdad entre unos pocos ricos y una mayoría de pobres… Quizás nos deberíamos adherir al Elogio de la infelicidad (Emilio Lledó), puesto que la alegría es síntoma de felicidad… Los israelitas no eran capaces de “entonar cantos del Señor en tierra extranjera”, en el exilio de Babilonia…

Sin embargo, todos llevamos dentro un anhelo de alegría que no es fácil, ni lícito, ahogar. Y, además, recibimos muchas invitaciones a la alegría. El papa Francisco es reiterativo en este punto en sus documentos y discursos. Recordemos tan sólo estos dos textos importantes: La alegría del Evangelio y La alegría del amor. Incluso su mensaje de la misericordia va acompañado con la melodía de la alegría. Se ha dicho incluso que la alegría, siendo central en el mensaje de Jesús, es una asignatura pendiente de los cristianos y debería ser la gran oferta a la humanidad…

¡No nos dejemos deslumbrar!

En cualquier caso, todas las reservas a la alegría mencionadas nos deben servir para no dejarnos deslumbrar por los muchos sucedáneos de alegría que se nos ofrecen. Porque hay muchos tipos de alegría o de estados de ánimo que se disfrazan de alegría, y hay que elegir.

Existe la alegría blanda, ingenua, que a menudo sustituye la alegría y felicidad de las bienaventuranzas evangélicas por una especie de agua destilada sentimental. O una alegría engañosa, que se contenta con un estado de ánimo superficial y transitorio que deja a la persona indefensa ante la dureza de las realidades crudas de la vida. Y todavía hay una alegría insuficiente, espiritualista, que no llega a aquella alegría espiritual completa, que integra todas las dimensiones de la persona y el más allá, la alegría de Cristo; una alegría que confunde el evangelio con un espiritualismo, como si el cuerpo, la vida humana como tal, no tuvieran mucho que ver con la Buena Nueva de Cristo. También hay quien vive una alegría falsa, la de las personas satisfechas haciéndose esclavas de los bienes materiales y desnaturalizándose ellas mismas; es una alegría inhumana, empobrecedora de la persona, falsa… El caso del rico de la parábola evangélica que acumula graneros y más graneros, inconsciente de su precariedad existencial, creyendo que así será feliz… Peor aún la alegría insultante, la de la persona insensible al sufrimiento de los demás y que vive a costa de la miseria de los empobrecidos, como aparece también en otra parábola…

No hay alegría barata

En cambio, la verdadera alegría radica en la reconciliación con uno mismo, con los demás y con la creación. Es la alegría que se encuentra en el combate de la fraternidad, no en el éxito de nuestros proyectos. Porque la esperanza no es la convicción de que todo tiene que salir bien, sino la seguridad de que todo lo que hacemos tiene sentido, sin preocuparnos sólo de los resultados, que son ciertamente importantes. Es una alegría completa, una gracia regalada por Cristo que nadie nos la puede quitar… La da Cristo dando la vida, ¡él que es Vida! Y eso es lo que se celebra en la Pascua.

Esta alegría es don y es tarea. Porque, como no hay “gracia barata” (Dietrich Bonhoeffer), tampoco hay alegría barata, la alegría tiene un precio. Es como una semilla sembrada en nosotros que debemos preservar y hacer crecer… Por eso son sospechosas las ofertas de una alegría que no integra el fracaso y el sufrimiento, que son el pan nuestro de cada día de la vida humana. No olvidemos que Jesús prometió la alegría cuando estaba a punto de ser entregado a la muerte, que Francisco de Asís compuso el canto de las criaturas en medio de una dolorosa enfermedad y fuertes contradicciones, que algunos judíos cantaban salmos cuando eran arrastrados a las cámaras de gas, que Etty Hillesum exclamó “la vida es bella” en la rebelión y lucha dentro del campo de concentración… Estamos demasiado escarmentados de ofertas fáciles y seductoras de alegría y de felicidad. “Sólo a partir de la aceptación del sin sentido y del sufrimiento se consigue cierta libertad y cierta alegría verdadera, y también la capacidad de ser compasivo y útil a los demás” (Oriol Quintana).

La revolución de la alegría

La alegría, pues, atraviesa todos los niveles de la experiencia humana y se encuentra en el fondo del corazón. La alegría crea amistad y libertad. Cuando es profunda, libera a la persona que la vive y genera vida (solidaridad, ganas de mejorar el mundo y la sociedad, esfuerzo y ánimo para la lucha…). Porque, como decía Ernesto Sábato, “el mundo nada puede contra el que canta en la miseria”. La alegría es una ruptura con los modos convencionales y tópicos de entender la vida, como otra manera de relacionarse con la realidad, una manera diferente de contar que da sentido y fuerza a todo lo que hacemos. Es la fuerza abrasadora que brota del amor, porque “nuestra tristeza infinita sólo se cura con un infinito amor” (papa Francisco). En resumen, hay alegría cuando no la buscamos por ella misma, sino cuando buscamos una vida más humana, sabiendo relacionarnos con nosotros mismos, con los demás, con la creación. La alegría brota, nace y crece buscando la alegría de los demás.

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Imagen extraída de: Pixabay