Dignidad herida

Dignidad herida

Alícia GuidonetMi actividad laboral se desarrolla en el ámbito de la educación. Aunque trabajo en un espacio educativo diferente al escolar, cada día tengo la oportunidad de encontrarme con niños y niñas, adolescentes y jóvenes que participan en los diversos talleres que ofrece el servicio en el que desarrollo mi tarea profesional. Todas estas actividades procuran dar herramientas para acercarse a la diversidad cultural y religiosa de nuestros contextos más inmediatos y dialogar con ella.

El transcurso de los días y la demanda constante te permiten encontrarte con muchas personas. La actividad se convierte así en una oportunidad para dar respuestas a partir de la interacción que surge con los chicos y las chicas. A veces este ejercicio se convierte en una ida y retorno dolientes. Me explico. En ocasiones, recibimos a personas heridas. Esa es la conclusión a la que llegamos cuando el diálogo que proponemos no es llano, transparente, auténtico. O incluso, cuando está impregnado de aparente desencanto, indiferencia o rechazo.

En estos casos, procuramos transformar nuestra mirada en actitud contemplativa, esto es, intentamos que lo que llega hasta nuestras retinas baje al corazón y allí se elabore y se convierta en acción que busca transformar. Nos esforzamos para no quedarnos en la superficie de las cosas. Queremos indagar, aunque sólo sea durante el tiempo limitado que dura la visita, sobre las necesidades de las personas que acogemos. Y no es fácil: el reloj en contra y muchas cosas por hacer…

A veces es una actitud persistente, que rompe nuestro discurso. En otras ocasiones es una respuesta dura, que parece desafiarnos. Alguna vez lo que hemos recibido es un silencio difícil de comprender. O una burla.

El profesorado ha compartido con alguna de nosotras la situación de los chicos y las chicas. Hemos sabido que aquella pequeña que no para quieta llega al colegio sin desayunar algún día. Que el grupo que no interviene, que se muestra sin vitalidad, como si todo estuviese perdido, vive en un contexto punzante, en el que la falta de recursos, y en algunos casos, el maltrato, forman parte de la cotidianidad. En otras ocasiones, el profesorado, sin verbalizar, pero con gestos y miradas cómplices, ha asentido cuando hemos sugerido que detrás de esas expresiones hay graves carencias.

Nuestras limitaciones, nuestra falta de formación especializada para atender a esas necesidades expresadas con códigos tan singulares, nos hacen muy vulnerables. Y aunque vamos construyendo, aprendiendo a partir de la experiencia y la reflexión compartida, a veces quedamos exhaustas ante tanto dolor disfrazado.

Y se me ocurre pensar en la dignidad de las personas. En esa dignidad herida, lastimada por la falta de amor. El trato diario y directo con los chicos y las chicas te enseña que una de sus necesidades básicas es el cariño, el apoyo, el sustento afectivo. El vínculo que establecen con nosotras es muy limitado en el tiempo, y por ello, es una relación especialmente frágil. Pero procuramos que esa hora larga de visita esté impregnada de afecto y reconocimiento.

Reconocerlos, reconocerlas. Ese es uno de nuestros objetivos. Nos esforzamos por memorizar sus nombres. Nos dirigimos a ellos y ellas. Y procuramos hacerlo desde la cordialidad. Les preguntamos, nos interesamos por sus orígenes, damos valor a sus opiniones. Ofrecemos espacios de empoderamiento. Procuramos que la visita se vaya construyendo. De este modo, el resultado final es nuestro, es de todos y todas. Cuando el proceso finaliza intentamos compartir, con una palabra o una expresión, lo que hemos sentido, lo que hemos experimentado. Si disponemos de más tiempo, este ejercicio se lleva a cabo en un espacio de silencio y la expresión también puede ser plástica.

Ese es nuestro pequeño gesto ante lo que percibimos como dolor, como dignidad herida. Es una reacción ante estas situaciones, que para nosotras son profundamente injustas. Una respuesta a esos contextos que provocan tanto sufrimiento y que repercuten, como si de un efecto dominó se tratase, en los más frágiles, en esos niños y niñas, adolescentes y jóvenes desprovistos de recursos, de una estructura interna sólida que les ayude a resistir los desafectos que reciben a diario. Circunstancias mayúsculas que les impiden crecer.

Una pequeña y frágil semilla echada sobre la tierra. Sin que haya retorno. Sin saber qué es lo que ocurrió después… Y ante estos interrogantes, abiertos como las heridas de algunos de los chicos y las chicas que nos visitan, una compañera se atreve a sugerir: ¿no recuerdas algún gesto, palabra o frase pronunciada por alguien a quien no has vuelto a ver pero que ha dejado una profunda impresión en tu alma, en tu vida…? Y sí, lo recuerdo.

Y la memoria agradecida nos reconcilia. Con la acción y con la vida. Por eso nos parece tan importante continuar construyendo esos pequeños espacios de cariño compartido, de gestos mínimos, de palabras cordiales, de preguntas abiertas. De reconocimiento ante tanta dignidad herida.

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Imagen extraída de: Pixabay