Taxi Teherán: una película «indistribuible»

Taxi Teherán: una película «indistribuible»

Santi TorresEl cine iraní ha conseguido en las últimas décadas un merecido reconocimiento internacional. Ayudó a ello la proyección que tuvieron en su día autores como Abbas Kiarostami, y ha tenido continuación en nuevas formas y nuevos directores que han hecho de este cine uno de los más prestigiosos a nivel mundial. Ni la censura, ni las dificultades de todo tipo impuestas por el régimen, han impedido que la creación artística persa siguiese llegando y proyectándose en los principales festivales de cine, y no solamente proyectándose sino ganando premios como el último Óscar a la mejor película extranjera conseguido por Asghar Farhadi con la cinta El viajante.

Taxi Teherán, y su director Jafar Panahi se sitúan dentro de esta corriente, y no es ningún azar que Panahi fuera durante años ayudante de Kiarostami. Sin embargo, diversas circunstancias, como su participación en las protestas políticas del año 2009 provocaron, que acabase encarcelado y torturado, y que se le condenase en el 2010 a seis años de reclusión domiciliaria y a veinte de inhabilitación para hacer cine. Con una libertad condicional y con una prohibición que truncaba su vocación y profesión, parecía que poco margen le quedaba a Panahi, y a pesar de ello ya son tres las películas que ha conseguido rodar en la clandestinidad, una de ellas Taxi Teherán.

Convertido él mismo en un taxista, Panahi construye una película teniendo como único recurso una cámara instalada en el coche. Y aquí es dónde empieza toda la metáfora, porque en el fondo Taxi Teherán no es otra cosa que una profunda reflexión sobre el papel social del cine. El director es el “conductor” de la historia, alguien que tiene como única función mostrar a los personajes y conducirlos por el entramado de calles y tráfico de la capital persa. Un vendedor clandestino de películas, una profesora, una activista de los derechos humanos, su sobrina aprendiz de directora de cine… A través de ellos va dibujándose la realidad escondida de un país bajo un régimen que en ningún momento deja que la “sórdida realidad” aflore. El momento central de la cinta es el diálogo entre el director y su sobrina, y es aquí donde se hace explícita la intención y el sentido de Taxi Teherán. A la joven le han encargado una película que solamente será “distribuible” si cumple una serie de condiciones muy estrictas, entre ellas no mostrar la “realidad sórdida”, pero tampoco mostrar personas buenas con corbata, ni mujeres llevando de forma incorrecta el velo, ni… Precisamente todas estas condiciones son las que transgrede Panahi con Taxi Teherán. Una forma sutil de decirnos que a ojos del régimen su película es “indistribuible” precisamente porque intenta poner un espejo (una cámara) ante una sociedad ahogada por la falta de libertad, y por una enfermiza corrección política y religiosa.

Su reflexión creo que va más allá de la situación iraní. Nuestras tiranías son más sutiles pero a veces más eficaces a la hora de inhabilitar creadores con una inmensa fuerza crítica. Porque al creador comprometido con la vida y la humanidad, y no hay duda que Panahi lo es, no le queda otro remedio que decir lo que piensa, filmar lo que ve, y poner luz sobre la realidad, aún a riesgo de volver “indistribuible” la película. De ahí la obsesión del poder a la hora de silenciar el arte y poder así moldear la realidad y las conciencias a su gusto, ya sea con grandes dosis de ficción, ya sea con grandes espectáculos de puro entretenimiento.

Y es aquí donde aparece la resistencia. Con un taxi, una cámara y mucho talento, Panahi se resiste a cumplir su papel en esta comedia de arte domesticado, y vuelve a dar al cine una dignidad que muchos querrían ver reducida a la nada.

Taxi Teherán

Imagen extraída de: Ideas de Babel