Educar, una nueva aventura...

Educar, una nueva aventura…

Tere IribarrenEl siglo XX, que se cerró con grandes convulsiones, llama al educador a hacer frente a los retos del siglo XXI, y urge a las comunidades educativas a hacer una nueva reflexión para:

  • asignar nuevos objetivos y finalidades a la educación,
  • imaginar nuevos paradigmas,
  • y promover mejores prácticas educativas.

En los últimos años, los debates sobre la educación se han ocupado intensamente de las cuestiones sobre el método, han avanzado en medios didácticos y han ampliado los modos de aprendizajes, ofrecen una renovación ilusionada, sin embargo sufren ciertas amnesias sobre las finalidades de la educación. Y así la educación, al estar centrada en la llamada cuestión escolar, por importante que sea en un contexto democrático, debería evitar que renazca de nuevo el viejo contencioso entre enseñanza pública y privada, entre escuela gratuita y libre. Una y otra tienen que hacer sus reflexiones y su valoración interna.

Es preocupante que en algunos círculos la institución educativa ande interesada más:

  • por cuestiones técnicas de buena gestión de centros, que por las finalidades de la educación,
  • por las recetas de organización de centros que por los objetivos de la enseñanza,
  • por criterios formales de rendimiento que por el crecimiento del alumno,
  • por los aspectos burocráticos de la instrucción que por las cuestiones de sentido,
  • por la defensa de la libertad de los padres más que por una escuela para todos.

Hoy se nos llama a abrirnos a una nueva aventura, a ofrecer nuestras mejores energías y disponibilidades. El mundo educativo tiene necesidad de motivaciones, finalidades y estímulos renovados. “Tenemos necesidad de nuevos cantos”, decía una joven sindicalista en Stuttgart. Pero ¿quién los escribirá?, se pregunta Le Monde Diplomatique. A la construcción de este canto, que encierra simultáneamente: motivaciones, finalidades y sueños, están convocadas todas las tradiciones de sentido; de ahí que sea un canto sinfónico, que procederá de la práctica educativa, y no tendrá sólo un autor sino múltiples autores.

Emerge pues un nuevo horizonte de necesidades educativas que no son meramente funcionales  ni pueden confundirse con el aprendizaje o la instrucción sino que solicitan respuestas sobre el sentido, sobre el significado de la vida y de la muerte.

Está naciendo un concepto de educación que en palabras del Informe DELORS “intenta  proporcionar las cartas náuticas de un mundo complejo y en perpetua agitación y, al mismo tiempo, la brújula para poder navegar por él”. Navegantes y educadores comparten una misma sabiduría que está hecha simultáneamente de información y de sentimientos, de razón y de afectos, de inteligencia y de emociones.

Los navegantes, como los educadores, no conocen los caminos trillados ni las rutas señalizadas, pero se mantienen a flote y llegan así a buen puerto. Y si sobreviven es porque no desfallecen ni se abandonan, porque tienen energía para emprender y la disposición  para mantenerse en el empeño. Navegan incluso en el interior de horizontes opacos, cargados de nubarrones.

La escuela no puede entenderse ya como un espacio blindado ni vuelto de espalda a la realidad. La escuela constituye sólo una pequeña parte de los instrumentos que una cultura dispone para iniciar a los niños y jóvenes en sus formas de vida.

Hay que salir y beber de otros pozos -como dice el objetivo de la experiencia de Reggio Emilia “quando l´occhio salta il muro”. Cuando la vista abarca el mundo, el sentido solidario, la cooperación entre los pueblos, la construcción del mundo como hogar… es cuando el alumno renace de nuevo porque la educación se ha vinculado a amplios y comprometidos horizontes.

La educación ya es una aventura colectiva. Si trabajamos en esta dirección, si abrimos la escuela a la sociedad, la embarcación permitirá llegar a buen puerto.

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Imagen extraída de: Pixabay

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