Cuando la enfermedad es la sanadora

Cuando la enfermedad es la sanadora

Rosa RamosHay enfermedades incurables producidas por heridas fieras. Hay heridas que no cierran nunca y que se reabren al mínimo roce. Siempre doliendo carne adentro, como un aguijón anclado en lo más profundo, doliendo de un modo que sólo quien lo padece lo sabe.

“Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé! Golpes como del odio de Dios…”, decía César Vallejo, un hombre malherido también.

Siempre sangrando esas viejas heridas, y muchas veces salpicando a otros. Otros que no entienden, otros que se alejan… Y otros que intuyen, acompañan, aman incondicionalmente, y también sufren, pero están allí fielmente, misteriosamente, diciendo cada día “presente”.

Es que la “Vida” -o el Misterio- tiene sus formas de aliviar, de consolar. Además, de vez en cuando, nos sorprende con modos inimaginables de sanar.

Esta es la historia de una mujer muy malherida en su tierna infancia. Su vida toda estuvo marcada por el dolor, la cruz, y la lucha constante para “moldear su barro herido”, como alguien dijo de Simone Weil. Tuvo, no obstante, –como todos- amores y consuelos, destellos de luz, que la consolaban al menos parcialmente y también alegraban a otros. Pero la sanación total y definitiva llegó de un modo totalmente  inesperado a su vida, sorprendiéndola a ella y cuantos la rodeaban.

Era  en una niña de tan sólo 6 años cuando un fiero hachazo partió su vida que ya venía con algunos magullones inexplicables para una criatura. Sucedió cuando cursaba primer año de escuela, en una ciudad del interior, en un colegio con un patio enorme por el que correteaba olvidando los gritos y violencias de su casa.

Ese día, como todos los días, la mamá la llevó con su túnica impecable, la despidió con un apretado beso, pero no la fue a buscar. Ni esa tarde ni nunca más la vio. Le quedó de ella una foto que sustituiría los recuerdos de su imagen que fue desdibujándose.

Su madre del peor modo, -tirándose debajo del tren-, había terminado su vida de dolor, con tan sólo 25 años, dejando 2 niños pequeños huérfanos. ¿Cómo entender con 6 años la muerte, y la muerte de la madre? ¿Cómo perdonar ese abandono, esa falta de amor por ella? -Que así lo vivió-. ¿Cómo asimilar la salida del colegio, de la ciudad conocida, para empezar a “rodar” de una casa y una familia a otra familia, de ciudad en ciudad?

Se convirtió en una niña rebelde, agresiva y taciturna. Tenía que endurecerse para sobrevivir, atacar antes que ser atacada. Aunque atacada -y ferozmente- se sentía ella. Defraudada, abandonada, no querida por quién es la mayor seguridad para un niño. De ahí su permanente desconfianza de todo amor, de toda relación, de ahí su necesidad de llamar la atención, de “regalar”, de buscar afirmación, reconocimiento.

Fue querida, muy querida, incluso en esa infancia dura no faltaron tías amorosas, y después, por tantos y tantas, pero ¿cómo creer, cómo confiar, su confianza infantil había sido defraudada? Y esa era su herida siempre abierta, a pesar de los años.

Entre desconfianza y temor, por una parte, y por otra, la necesidad imperiosa de amar, de ser amada -contradicciones que todos de algún modo vivimos- y de tener su propio hogar… le llegó el primer amor, la primera pareja, y el primer hijo. Un hermoso niño al que se prometió amar y cuidar, ¡jamás abandonar!

Nunca abandonó a su niño, pero la pareja fracasó y otra vez se sintió sola, perdida, sin hogar… más herido su barro quebradizo, siempre amenazando romperse.

Otro amor llegó a su vida.  Otra oportunidad de salvación. Llegó un amor fiel y paciente, incondicional… para quedarse el resto de la vida, 31 años. El que ella necesitaba para pagar puntualmente “las hipotecas”  y salvarse cuota a cuota del desalojo. Las hipotecas – producidas por esas heridas fieras de la vida- jamás se saldan totalmente, pero se pueden amortiguar si hay constancia, voluntad, y un sostén firme: el “goel” bíblico. (La imagen de las hipotecas la desarrollaré en otra historia).

Muchos años después llegó el segundo hijo, el primero ya tenía 11. ¿Fueron felices? Trabajaron duro, se abrieron camino económicamente, llegaron a un “buen pasar”, brindaron lo mejor a los hijos, valores, y buenas herramientas -educación- para la vida. Permanecieron siempre unidos, también se volcaron en los demás “hasta en demasía”, siempre acompañando gente, cuidando enfermos, atendiendo las necesidades y hasta los mínimos deseos no sólo de la familia, sino de cuantos se hacían ellos prójimos.

Ella fue desplegando sus grandes potencialidades de artesana, era muy creativa y habilidosa con sus manos, con buen gusto y recursos sencillos embellecía la casa y confeccionaba regalos para todos. Y eso cada día. También así calmaba su ansiedad. Porque hay que decir que aquella vieja herida seguía abierta, sangrando a escondidas, y a veces públicamente, produciendo otras heridas, en sus seres más cercanos, o en otros, y por supuesto en ella misma.

Pero, sí, fueron felices los cuatro, con la felicidad esa imperfecta, que es propia de la existencia encarnada, con esa felicidad que no excluye la infelicidad –porque esta es también profundamente humana-. Pascal, Nietzsche, Compte-Sponville, y tantos otros filósofos lo han dicho, antes el Eclesiastés y diversos libros sagrados. Y seguramente a lo largo de la historia infinitos hombres y mujeres sabios, aunque no lo escribieran.

Como en tantos otros casos, la felicidad mientras existió pasó casi desapercibida, pero ella pudo decir al final de la vida: “Sí, fuimos felices, aunque tal vez no nos dimos cuenta a tiempo”, “tuve alegrías”, “tuve un gran compañero”, “la vida me golpeó fuerte, pero también me regaló mucho”. A estas afirmaciones ella llegó en la despedida, con plena conciencia, la víspera de la partida. Y fueron dichas con profunda convicción, serenidad, y mucha gratitud. Estaba sana. Muriéndose, pero finalmente sana interiormente. Un extraño milagro.

Se produjo un admirable milagro de sanación, conversión, rearmado e integración plena de la vida que se había partido a los 6 años y permanecido siempre frágil. El barro herido, tan trabajado y tan amado por su esposo e hijos procurando “devolverle” la frescura y seguridad que quizá tuvo alguna vez -o no-, de pronto adquirió una forma hermosa, suave, sin asperezas, brillante, pero con un brillo sereno que no cegaba. Al fin su barro se volvió transparente, parafraseando a Benjamín González Buelta.

¿Qué fue lo que produjo ese milagro tan esperado toda la vida? La enfermedad, un cáncer de esos terribles y fulminantes. Bastaron 45 días, un mes y medio, para que ese tumor la matara y para que la sanara. Su esposo, ese “gran compañero”, fue testigo día tras día, asombrado, de lo que iba ocurriendo, su adelgazamiento, su creciente fragilidad y, simultáneamente, una paz y una ternura nueva que emergían como de un centro interior cada día más luminoso.

Pero no fue el único, muchos más fueron testigos de esa conversión, entre los muchos estaban preparados para comprenderlo mejor sus compañeros de Fraternidad, hermanos de fe. Desde hacía 9 años la conocían bien, la comprendían, la querían y por tanto aceptaban tanto sus grandes dones como tenían paciencia con sus desajustes.

Concluyo esta historia con unos pocos fragmentos de la larga carta que le escribiera una de esas hermanas, que junto a su esposo y otros miembros de la Fraternidad, sostuvieron su agonía y fueron testigos privilegiados de su hermosa despedida:

“Querida amiga, ayer te despedimos, pero ya te extrañamos… Tu vida no fue fácil, tu existencia estuvo marcada por el dolor, la cruz, tuviste que luchar con tu barro herido…

Pero, sin embargo, fue la enfermedad y la muerte la que te trajo la paz más honda, la fe más pura, la bondad más auténtica, la libertad, la cura de tus viejas heridas…

Sí, fue la enfermedad la que obró el milagro… Produjo esa reconciliación y paz que tanto anhelaste para tu vida siempre dolida por la desconfianza en el amor auténtico; la pérdida de tu mamá te marcó a fuego. Recibías sin duda mucho amor, pero se te iba por los agujeros del corazón como si este fuera un colador… Por eso ciertas actitudes, reclamabas siempre más amor, más seguridad que tapara esa inseguridad del origen…

Toda una vida de dolor, aunque no te faltaron alegrías, ni te faltó generosidad, ni ocuparte de los demás. Toda esa ansiedad, ese desasosiego tuyo…. ¡es que en el fondo buscabas la justicia, que todo fuera perfecto!, pero vivimos en un mundo imperfecto, y eso te desengañaba permanentemente y volvía a malherirte.

Pero, por un misterio tan incomprensible como otros en tu vida, la enfermedad operó el milagro de la sanación honda, de la reconciliación con tu madre, con la vida y ¡con la muerte! Por eso pudiste vivirla con esa grandeza de alma y esa dignidad que el sábado nos impactó tanto. ¡Cuánto misterio en cada persona y en la acción del Dios Salvador!

Te agradezco especialmente las lecciones de los últimos tiempos, lecciones de ánimo, de vida, de fuerza, de humor, de “alegría”, sí, de alegría…

Mientras tu cuerpo se deterioraba tu corazón sanó y se llenó de luz… ¡Qué victoria!”

Salmo 23[1]

El Señor es mi pastor, nada me falta.
En prados de hierba fresca me hace reposar,
me conduce junto a fuentes de aguas tranquilas
y repara mis fuerzas.

Me guía por el camino justo,
en gracia de su Nombre.
Aunque pase por un valle tenebroso,
ningún mal temeré,
porque Tú estás conmigo.
Tu vara y tu cayado me dan seguridad.

Me preparas un banquete
frente de mis enemigos,
perfumas con óleo mi cabeza
y mi copa rebosa.

Tu amor y tu bondad me acompañan
todos los días de mi vida;
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término.

 

Felicidad – Fernando Pessoa

Si yo pudiera morder la tierra toda
Y sentirle el sabor
Sería más feliz por un momento.

Pero no siempre quiero ser feliz
Es necesario ser de vez en cuando infeliz
Para poder ser natural.

No todo es días de sol y la lluvia,
Cuando falta mucho, se pide.

Por eso tomo la infelicidad con la felicidad
Naturalmente, como quien no se extraña
De que existan montañas y planicies
De que haya rocas y hierbas.

Lo que es necesario es ser natural y calmado
En la felicidad o en la infelicidad.

Sentir como quien mira
Pensar como quien anda,
Y, cuando se ha de morir,
Recordar que el día muere
Y que el poniente es bello
Y es bella la noche que queda.

Así es y así sea.

***

[1] Este salmo fue rezado la noche de la despedida por la protagonista de la historia y sus acompañantes.

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Imagen extraída de: Pixabay