Retiro en la ciudad (III): «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito,  para que no se pierda nadie»

Retiro en la ciudad (III): «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que no se pierda nadie»

Santi ThióNota sobre el calendario

Aquel año, el día de luna llena, el día 15 del mes de Nisan, el día de Pascua, era sábado, de modo que la muerte de Jesús fue el viernes 14 y la resurrección, el domingo 16 de Nisan, el mes de la primavera. Los primeros cristianos se dividieron a la hora de optar por el día en el que celebrar la Nueva Pascua, ligeramente desmarcada de la Pascua judía: los «cuatordecimales» apostaban por el día 14, el día antes de la luna llena, en contra de quienes proponían celebrarla el primer domingo después de la luna llena. Esta es la fecha que ha prevalecido.

1ª parte: busquemos una imagen

Si hemos seguido de cerca los hechos pascuales, posiblemente el alma nos habrá quedado con el deseo de fijar la imagen de Jesús. Juan de la Cruz, en su Cántico Espiritual, parece adivinar el clamor cristiano después del entierro de Jesús:

«¿Adónde te escondiste,

Amado, y me dejaste con gemido?

Como el ciervo huiste,

habiéndome herido;

salí tras ti, clamando , y eras ido.»

Marín Valmaseda, marianista, narra en vigorosa prosa poética el deseo de tener una imagen de Jesús. El título de uno de sus poemas cuyo título ya llama nuestra atención: «La imagen equivocada».

En la ficción de una petición a un fabricante de imágenes, describe la que busca: «que sea imagen viva, de un hombre sufriente, que ilumine, que den ganas de bajarlo de la cruz».

El escultor no puede engañar al cliente: «El Cristo que usted busca ─le dice─ lo encontrará entre la gente sin techo, los marginados, los hambrientos, las mujeres maltratadas, los ancianos y los niños». Acaba aconsejándole: «¡Busque entre los pobres su imagen de carne y hueso!».

El poema dice: «¡Busquemos por doquier su imagen!»

«Nosotros esperábamos» (Lc 24,21)

No hace falta ser muy listos. Los discípulos esperaban el triunfo. Quien más quien menos se peleaba por sentarse al lado del Mesías para gobernar el Reino de David. Liberarse de los ocupantes ─quizás el Iscariote o el Zelota─, repetir la multiplicación de los panes o asegurarse la pesca, la victoria sobre la enfermedad y la muerte. Con Jesús, habían degustado todas estas cosas y en cada una de ellas se habrían plantado. Pero Jesús continuaba andando siempre más allá: los sorprendía conduciéndolos hacia contactos bien extraños, leprosos, viudas sin dinero, ciegos, cojos, niños, mujeres acusadas, paralíticos, hasta que él mismo se les difuminó entre los condenados criminales y, finalmente, desapareció de su vista tras la losa sepulcral.

Jesús, ¿nosotros qué esperamos hoy de ti? ¿Qué espero yo? ¿Cómo es mi mundo a la vista de tus opciones del Reino de Dios? ¿Cómo iluminas mi conducta familiar, laboral, social, política? ¿Hasta dónde participo de tu encarnación en el mundo más desfavorecido?

2ª parte: «Quien cree en mí, hará también las obras que yo hago, y aún mayores…» (Jn 14, 12)

De nuevo, hallamos un pronóstico de Jesús que deja el alma en suspenso. ¿Cómo es posible superar sus obras? ¿Qué espera que hagamos? ¿Cómo llevarlo a cabo? Ciertamente, nos proporciona los medios: su Espíritu y la ayuda del Padre si pedimos en su nombre.

Recordemos la fábula del águila y el gorrioncillo. Juan de la Cruz parece cederle la voz al pobre pajarillo, atribuyéndole estas palabras:

«Cuanto más alto subía

deslumbróseme la vista

y la más fuerte conquista

en oscuro se hacía;

mas, por ser de amor el lance,

di un ciego y oscuro salto

y fui tan alto, tan alto,

que le di a la caza alcance.»

San Ignacio propone decididamente llevar a cabo la carrera de la vida a caballo con Jesús. La repetición de «conmigo» en la contemplación del Rey Eternal atraviesa todo el camino de los Ejercicios y de la vida.

Diversas imágenes evangélicas subrayan esta realidad: el sarmiento injertado en la vid, el rebaño que sigue al pastor, el yugo compartido, la invitación a comer su pan y su carne, y beber su vino y su sangre. En definitiva, la habitación trinitaria. En realidad, la vida cristiana se mueve de punta a punta inmersa en el mundo de Dios.

«Pero después que yo resucite, iré antes que ustedes a Galilea» (Mc 14, 28)

Debemos repetir el vuelo con Jesús. Debemos volver a Galilea y releer su programa:

«El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción.

Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres,

a anunciar la liberación a los cautivos

y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos

y proclamar un año de gracia del Señor» (Lc 4,18-19).

Cada cual debe ser consciente de su propio carisma. Los propios talentos son en provecho de la comunidad. Alguno será muy sensible a la justicia; otro, a la docencia; otro, a la salud; otro, a la ciencia; otro, a la plegaria; otro, al bien común. Nos necesitamos los unos a los otros y, todos juntos, podemos hacer una cordada para llegar a la profundidad del barranco.

La inmigración por las guerras y la pobreza nos sacude y nos ilumina sobre el deficiente mundo que construimos entre todos. Jesús nos conduce hasta quien tiene hambre, sed o va desnudo. Nos impulsa a visitar al enfermo y al preso. Nos mueve a acoger al forastero. Nos lleva a romper con las ataduras de la esclavitud y la enfermedad.

Los santos son quizás los que nos muestran más claramente el más allá de Jesús, por él, con él y en él. Maximiliano Kolbe, sustituyendo a un condenado a muerte; una Clara, una Teresa…

Pascua

Imagen extraída de: Pixabay