Retiro en la ciudad (I): Hago lo que veo que hace mi Padre. Él trabaja. Yo también

Retiro en la ciudad (I): Hago lo que veo que hace mi Padre. Él trabaja. Yo también

Santi ThióEl discípulo amado inicia su sorprendente relato sobre la Santa Cena adentrándose en la conciencia de Jesús, en el momento que vivía mientras cenaban. Nos cuenta que Jesús sabía que venía de Dios y que volvía a Dios. También sabía que Dios lo había dejado todo en sus manos. Imbuido de esta situación, se despoja y se dispone a servir a sus sirvientes, amigos, lavándoles los pies.

El papa Francisco pide para la humanidad entera «la conciencia de un origen común, de una pertenencia mutua y de un futuro compartido por todos». Está convencido de que esta conciencia básica, que coincide con la de Jesús, permitiría desarrollar nuevas actitudes y nuevas formas de vida (Laudato si’, 202).

Entre la llegada y el retorno, Jesús explora a fondo un tiempo de fraternidad, de compartición y de servicio. La radicalidad desnuda de su entrega se apoya en la relación esencial de amor con Dios Padre. En efecto, los creyentes otorgan a Dios Creador el origen de todo.

Los científicos avanzan en el estudio de la evolución y en el examen de las diferentes migraciones africanas que poblaron y repoblaron la Tierra. Por otro lado, las narraciones bíblicas de Adán y Eva, como progenitores de toda la humanidad, y la renovación que supuso el diluvio a través de Noé son explicaciones míticas que subrayan la unicidad original. Y san Juan añadió esa vigorosa pincelada de unicidad al origen: Jesús. Por él, todo ha venido a la existencia; luz y vida de todos, primogénito, modelo, nuevo Adán, el hijo querido al que debemos escuchar. Así pues, contemplar a Jesús como el origen de nuestra existencia fructifica la vida cristiana. Los sarmientos injertados en la vid dan mucho fruto.

Durante la Santa Cena, Jesús eleva el tono y añade nuevos registros a su invitación de fraternidad universal hasta reclamar que habite en nosotros el mismo amor que el Padre le profesa: «para que el amor con que tú me amaste esté en ellos, y yo también esté en ellos» (Jn 17,26).

En su contemplación del amor divino, san Ignacio constata que el amor consiste en obras más que en palabras, y también en donar de uno mismo más que en ofrecer regalos. Jesús, lavando los pies –veinticuatro, tanto los de Pedro como los de Judas– y donando su cuerpo y su sangre, muestra su amor hasta el extremo. Es curioso que la persona sentenciada y a punto de ser traicionada sea la que sirve, la que consuela, la que promete, la que se entrega hasta el final.

La compartición que el Papa pide para generar una nueva forma de vida la inculca Jesús, añadiendo dos peldaños en la escalera del amor. Si bien ya había propuesto amar a los otros como a uno mismo y amar a los otros como si fuesen Él, hoy nos invita a que nos amemos como él nos ha amado y, aunque parezca increíble, como ya se ha dicho, que nos amenos los unos a los otros como el Padre le ama a él y como él ama al Padre. San Ignacio exclama al inspirarse en este punto: «¡qué manera de ser Padre; qué manera de ser Hijo!».

Impulsar este nuevo mandamiento modificaría nuestra vida familiar, vecinal, laboral, social, política, internacional. ¡Qué tratamiento recibirían los forasteros, los pobres y desvalidos, los niños, los ancianos, los enfermos, los discapacitados…! ¡Cuán infinitos serían el cuidado y la protección que recibirían los más débiles…!

San Juan constata que hemos pasado de amor a vida porque amamos. Por ello somos divinos. En el mismo hecho de amar, sembramos amor; es decir, despertamos en otros su capacidad de amar. Esto es lo que, a lo largo de su vida, Jesús hizo con nosotros, hasta el final.

retiro

Ilustración de Julián García