Emilia: un siglo de vida y entrega

Emilia: un siglo de vida y entrega

Rosa RamosVa aquí otra semblanza de mi colección de historias mínimas.

Los que conocieron a Emilia la reconocerán inmediatamente, y una emoción llena de gratitud brillará en sus ojos. Los que no la conocieron seguramente podrán encontrar en el paisaje de su propia memoria otras mujeres como ella. Espero que así sea, porque son personas como esta las que afirman nuestra esperanza en que la humanidad camina con un horizonte: una vida más bella y digna para todos.

Alguien ha dicho que la caída de un árbol hace un gran estrépito, pero los bosques crecen en silencio. Nuestras prisas así como el bombardeo de estímulos que recibimos continuamente, nos impiden constatar que en nuestro mundo ya abunda más la generosidad, el don de sí y la bondad, que el mal, que sin embargo hace tanto ruido.

Era una mujer menuda y muy delgada. Y lo más visible en ella eran las muchas y profundas arrugas del rostro. Sus manos eran enormes en su figura diminuta. No era la conocida Teresa de Calcuta, pero al avanzar en años se le parecía mucho.

Partió de este mundo exactamente dos meses antes de cumplir 100 años. Se  había preparado para morir a los 80; a los 90 se quedó unos días muy quieta, esperando segura la muerte, pero como no llegó, vivió con intensidad 10 años más, salvo que se perdió los festejos de su centenario. Vivió los últimos 4 años en su España natal.

Pero aún no hemos dicho que era una religiosa, una “hermana”.

Mucho le costó la partida de estas tierras uruguayas en las que deseaba morir y ser enterrada, donde ya se había sembrado voluntariamente muy hondo. Decía, me cuesta mucho dolor irme, pero me voy allá donde me indiquen”.

La razón de la repatriación: sus 96 años, su fragilidad y, sobre todo, su “desobediencia” a los cuidados de sí misma y a las buenas razones para quedarse en la casa.

Ella no podía con su genio, era tarde para cambiar su estilo, la fe vivida como servicio y entrega, le impedía permanecer sentada en un sillón como la anciana que era. “Algo aún puedo hacer por los que sufren”. Más allá de la eficacia real, se trataba de “estar y acompañar”, allí en las casas más pobres, en los hospitales junto a los moribundos, escuchando sus confesiones, en las calles junto a los que allí estaban.

Podía -con cierta culpa, pero sin dudarlo- tomar a hurtadillas los alimentos de su casa si llamaba a la puerta alguien con necesidad. Y ni qué decir del trasiego de objetos que hacía de una casa a otra. Cuando era más joven se la conocía como “la hermana de la bicicleta”. Dejó una memoria imborrable a su paso por distintas barriadas, y barrizales, con su figura menuda y su generosidad inmensa.

A Montevideo llegó con 80 años, ya no le dejaban andar en bicicleta y se encontró con otros obstáculos. Sin embargo, hizo muchísimo y transformó con su presencia y visitas una barriada muy pobre, que se consideraba a sí misma olvidada de la mano de Dios. Donde ella pasaba dejaba huella, como aquel galileo hace dos mil años. Querido y esperado su paso por muchos. Pero también ella, como Él, escandalizaba a otros.

La capital era diferente, no existía el respeto que prodiga el interior hacia los religiosos por ser tales, y tuvo que ganárselo. También muchas veces fue engañada, otras tropezó con situaciones inesperadas, desde perros a locos que la corrían, pero no desistía y volvía una y otra vez.

Siempre en sandalias y sin medias, verano e invierno… Ella decía no tener frío, pero en realidad quería identificarse y sentir el duro frío de los que no podían abrigarse y así endurecer su piel como la de ellos. Identificarse con Cristo en el pobre.

Tampoco sentía los malos olores. Perfumaba las miserias con su olor a santidad.

Para ella no había personas malas, sólo pobres de distintas pobrezas, claro que sus preferidos eran los carentes de las condiciones indispensables para vivir dignamente.

Sus entrañas se estrujaban ante las situaciones indignas. No las podía entender.

Ella consolaba siempre, y su desconsuelo -que era grande-, lo ponía durante horas en la noche arrodillada en la pequeña capilla. Con frecuencia se dormía allí rezando.

Así vivió los 40 años que permaneció en Uruguay, pasando por distintos sitios y comunidades: Salto, Tacuarembó, Rosario, Montevideo. Lo había deseado y pedido muchas veces, pero recién a los 56 años obtuvo el permiso para venir al sur. Admira que a esa edad empezara una vida nueva, en un país desconocido, en una Iglesia tan diferente a la de su origen, y su plena adaptación al nuevo mundo. Como si el mismo Dios al que tanto amaba y se consagró, la esperara aquí para que floreciera y fructificara ese aspecto de su vocación más honda, la del servicio y la entrega al pobre.

Su origen era vasco, había nacido a principios del siglo XX, en Zurbano, un pueblo en las afueras de Vitoria. Vivió la guerra civil española y luego la posguerra, con todas sus secuelas sociales y eclesiales. Casi diríamos que vivió más de la mitad de su vida “intramuros”. Muy diferente a la uruguaya era aquella sociedad y la Iglesia de sus orígenes. Conservó algunas prácticas religiosas y expresiones de allá, pero conoció y amó las nuestras. Un país laico y una Iglesia pobre y sin privilegios.

Fue su salida al Nuevo Mundo, su entrada realmente “al siglo”, al contacto directo con los problemas de la gente. Si quería ser misionera, éste era su sitio. No para hacer proselitismo que a eso el pueblo es bastante alérgico, pero sí para evangelizar.

Este era el típico país al decir de Carlos Vaz Ferreira de los “Cristos oscuros”, de gente común, de varones y mujeres luchadores de la vida cotidiana especialmente en los barrios periféricos donde vivió esta mujer. Pues allí llegó ella como un ángel de Dios, a ser presencia luminosa donde más se necesitaba. Un ícono vivo del Dios Vivo.

Su fe, esa fe tan sencilla como auténtica, brotaba de una fuerte experiencia personal del corazón misericordioso de Jesús, que revela al Padre, y cuando la Biblia llegó a sus manos después del Concilio Vaticano II, de su asidua lectura del Evangelio. Le fue connatural lo medular del Evangelio: las Bienaventuranzas (Mt. 5, 1-12) y el planteo del juicio final (Mt. 25, 31-46).

Los pobres y los que sufrían no eran felices por su situación, que ella sufría y lloraba indignada, y ponía luego en la oración, sino por la predilección de Dios y por el consuelo y la ayuda material que todos deberíamos dar, y que ella jamás retaceaba.

Su enamoramiento del Maestro la llevaba a seguir sus pasos, casi al pie de la letra. La gente y sus dramas, le enseñó el resto.

Escuchar, consolar y compartir los bienes entre todos era para ella el evangelio puro. Dar a manos llenas y darse entera ella misma en la escucha atenta y misericordiosa.

Cuántas confesiones inconfesadas recibió esta mujer, cuántos corazones rotos se dejaron tocar por sus manos arrugadas y tiernas. Escuchaba amando y sanando.

Algunas pinceladas más de su rica personalidad, para completar su retrato:

Le gustaba mucho escribir para regalar. Hacía acrósticos y poemas bien rimados.

Celebrar los cumpleaños y cantar le encantaba; agasajar, ¡lo disfrutaba muchísimo!

Cocinaba muy bien, y no sólo para su casa, también para regalar a los vecinos.

Otro rasgo muy suyo era la picardía y el humor. Conservaba ese rasgo de niña traviesa, le encantaba hacer bromas y era muy creativa para ello. ¡Y cómo reía y aplaudía!

El humor -y su ternura, claro-, que conservó hasta sus 100 años, era lo que regalaba cuando ya no podía dar otra cosa a los demás.

La tarde que falleció tuvo un sueño muy lindo que contó a otra hermana, luego visitaron la terraza y se alegró mucho con el colorido de las flores. Ya entrando a la casa se apoyó en ella, y de pie, calzada con sus sandalias, como quería, entregó su vida.

Es posible amar, servir, sufrir con todos, y a la vez ser feliz, sencillamente. ¡Qué desafío!

Termino esta semblanza con un texto de Eduardo Galeano:

El mundo 

Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo.
A la vuelta, contó.
Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana.
Y dijo que somos un mar de fueguitos.
El mundo es eso -reveló- Un montón de gente, un mar de fueguitos.
Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás.
No hay dos fuegos iguales.
Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores.
Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento,
y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas.
Algunos fuegos, fuegos bobos,
no alumbran ni queman;
pero otros arden la vida con tantas ganas
que no se puede mirarlos sin parpadear,
y quien se acerca, se enciende.

entrega

Imagen extraída de: Pixabay