Mentiras, postverdades e incompetencias

Mentiras, postverdades e incompetencias

Manfred NolteColgaba yo hace poco en las redes sociales un gráfico relativo al número de lectores de prensa escrita o digital en España cuya evolución descendente es alarmante. La caída en el número de ejemplares producidos así como en el número de lectores es continuada, de tal modo que el gráfico se resumía en el siguiente encabezamiento: ‘La lectura de periódicos, a niveles de 1.980’.

Con ser impactante la estadística transcrita, más notable aún me resultó el comentario con que me obsequió un amigo cibernauta, que transcribo en su literalidad: “Personalmente leo cuatro periódicos digitales. Además, los titulares de tres periódicos generalistas nacionales, de un periódico deportivo, y dos periódicos económicos. Por último un periódico provincial, todos en edición digital. En papel, leo un diario local. Estoy suscrito a un portal que diariamente resume los que son a su juicio los diez mejores artículos. ¿Crees que me informo mejor que otros que no leen? En mi opinión, en un 95% de las veces, siento que me desinformo a conciencia porque hay poca información objetiva. Todo depende del concepto que tenga de lo que yo debo enterarme tanto el redactor de la noticia como el director del medio”.

Hasta aquí el texto de una réplica provocadora. ¿Puede la información estar sesgada de tal manera que la convierta en un ejercicio inútil o incluso contraproducente? ¿Puede una información de talante tendencioso crear desinformación de tal manera que sea preferible no tener información alguna y confiarse al juicio propio apoyado en los indicios o en las meras apariencias? ¿Mienten  los Gobiernos o Instituciones a sabiendas? Me referiré sucesivamente a la política de noticias falsas, a las postverdades y a la proliferación de la osadía comunicativa, o lo que es lo mismo, al síndrome de Duning-Kruger.

He seguido en una acreditada agencia de noticias americana un ejemplo minucioso de lo que podíamos llamar ‘desinformación programada’. Larry Martin es el nombre actual de un académico jubilado a orillas del mar en Rockport, Massachusetts, que en realidad fue Ladislav Bittman, Comandante adjunto del ‘Departamento de Medidas Activas’ en el Servicio de inteligencia checoslovaco bajo la supervisión de la Unión Soviética. Para crear una desinformación verdaderamente efectiva, manifiesta Martin, se necesita una historia que sea al menos cierta en, digamos, un 60 por ciento. Incluso gente culta e instruida es capaz de digerir mentiras flagrantes con tal de que tengan elementos de veracidad y vayan en la línea de reforzar las opiniones o rumores dominantes sobre un determinado tema. Al día de hoy Martin se encuentra seriamente preocupado por el devenir de su país de adopción, los Estados Unidos de América, no solo por la epidemia de noticias falsas sino por la desafección creciente de la ciudadanía hacia los medios de comunicación, muchos de los cuales han mantenido una conducta ejemplar en su lucha de separar los hechos de las ficciones y de las estafas informativas. En el libro de Martin El juego del engaño (The Deception Game) puede encontrarse una recopilación alucinante de todo tipo de artimañas tejidas por el aparato estatal que dirigía una verdad parcial hacia conclusiones totalmente falsas.

Otro deporte practicado por todos los niveles de edad y condición social es el que constituye la sustitución de una verdad austera y poco emocionante por la postverdad que me gusta o me conviene y que a fuerza de repetirla se convierte en realidad subjetiva virtual. Particularmente en los medios de comunicación la multiplicación exponencial de la información ha establecido una loca carrera para ser el primero, mucho antes que ser el más ajustado a la verdad. El mantra tácito de esta aberración intelectual se resume en que si tu crees con suficiente intensidad en un determinado juicio, este se transforma en real. Con la proliferación del discurso postverdadero, amplios estratos sociales reniegan consciente o inconscientemente de la objetividad y de rechazo contaminan los cauces de la opinión pública que se encastilla en mitos inauditos, que a su vez amenazan con consagrar el creciente mundo de los correveidile en un gigantesco castillo de humo inhabitable.

Nos queda para el último lugar la proliferación no menos patológica –en las pistas de los circos tertulianos, pero también en espacios pseudointelectuales y no pocos enclaves políticos- del arrebato intelectual de los ignorantes, del atrevimiento de aquellos que saben poco o nada un tema pero no dudan en pontificar sobre cinco temas inconexos en poco más de una hora sin el mínimo pestañeo. No hay nada vergonzoso en ser incompetente. Todos los somos en la inmensa mayoría de los temas. Pero David Dunning y Justin Kruger descubrieron que muchas personas incompetentes ignoran y aparcan su incompetencia, lo cual constituye una disfunción de la personalidad. Los psicólogos americanos trataron de averiguar si existía algún remedio para bajar la autoestima sobrevalorada de los más incapaces. El remedio existía y se llamaba educación. El entrenamiento y la enseñanza podían ayudar a estos individuos incompetentes a darse cuenta de lo poco que sabían en realidad, pero el enfermo es altamente refractario al tratamiento.

Ante esta triple realidad ¿cómo puede blindarse el ciudadano medio de la malinformación que nos acosa?

Difícil respuesta. Valga recomendar a los lectores cautela y olfato para sortear contenidos excesivamente obvios y no dar por buena una información sin el filtro de la duda previa y el contraste con fuentes alternativas: idéntica noticia tiene diez tratamientos distintos en diez medios diferentes. Frecuentemente la virtud sigue estando en el centro. A los medios exigirles la responsabilidad de verificar lo que manifiestan. A los que mienten e intoxican recordarles y remitirles a la justicia.

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Imagen extraída de: Pixabay