Del pasado al futuro de la Unión Europea. ¿Escucharán los Jefes de Estado y de Gobierno al Papa Francisco?

Del pasado al futuro de la Unión Europea. ¿Escucharán los Jefes de Estado y de Gobierno al Papa Francisco?

Eduardo RojoNos hemos de preguntar qué Europa queremos, qué Europa necesitamos, y cómo hay que avanzar para que sea auténticamente una Europa social en donde primen valores que, desgraciadamente, en la actualidad no están precisamente en auge en el territorio de la Unión Europea, como son los de justicia, solidaridad y hospitalidad. Cabe preguntarse si esa lucha por una Europa solidaria puede seguir haciéndose desde dentro de la UE, o bien en cada Estado y en su ámbito territorial, la ciudadanía comprometida puede hacer la guerra por su cuenta y riesgo ante las dificultades cada vez mayores que se detectan a escala europea y el auge del antieuropeismo de fuerzas políticas extremistas que obtienen un importante número de votos en las elecciones en sus respectivos Estados.

En los debates en que he participado recientemente he expuesto que creo que la gente joven difícilmente entendería que volviéramos a las realidades políticas de épocas pretéritas, acostumbrados a una realidad política, económica, social y cultural completamente distinta de aquella existente en España antes de la incorporación a la entonces Comunidad Económica Europea el 1 de enero de 1986. Sin embargo, no quiero dejar de llamar la atención sobre todas las críticas, con mucho fundamento en su mayoría, vertidas por las personas asistentes a estos actos (un público mayor y muy militante, en su mayoría de movimientos cristianos y comprometidos firmemente en las luchas por los derechos sociales de las personas más desfavorecidas) sobre esta Europa que está dejando de lado bastantes de los valores y principios sobre los que se creó como estructura política y económica en marzo de 1957 en Roma.

Una UE, que en el marco político actual, se enfrenta además a retos ciertamente peligrosos y que difícilmente podrán abordarse de forma aislada por cada Estado. Así lo ponía de manifiesto el Presidente del Consejo Europea, Donald Tusk, en su carta a los Jefes de Estado y de Gobierno con ocasión de la recientemente celebrada reunión informal en Malta, refiriéndose  a “la nueva situación geopolítica en el mundo y alrededor de Europa”, el aumento de “un sentimiento anti UE- nacionalista y cada vez más xenófobo dentro de la propia UE”, y el estado de ánimo, a la baja, de les élites proeuropeas, siendo cada vez más visibles “la disminución de la confianza en la integración política, el sometimiento a argumentos populistas, así como las dudas acerca de los valores fundamentales de la democracia liberal”.

Llega el viernes 24 de marzo de 2017. En la Sala Regia del Vaticano el Santo Padre Francisco se reúne con los Jefes de Estado y de Gobierno de la Unión Europea presentes en la capital italiana para la celebración del 60 aniversario del Tratado de Roma que instituyó la Comunidad Económica Europea. Con respeto y silencio los dirigentes políticos escuchan al Papa Francisco… ¿o fingen que le escuchan?

La pregunta no tiene respuesta de momento, pero sí la tendrá en el inmediato futuro. ¿Y qué dijo el Papa que pueda tener interés para el futuro de la Unión Europea, para más de 508 millones habitantes en la Europa de los 28 -datos de 2015 que quedarán reducidos dentro de dos años en varios millones cuando sea efectivo el Brexit-? Selecciono algunas de sus frases más significativas[1], sobre las que todas las personas interesadas en una Europa social deberíamos reflexionar, a la par que actuar para que ello sea posible.

“Volver a Roma sesenta años más tarde no puede ser sólo un viaje al pasado, sino más bien el deseo de redescubrir la memoria viva de ese evento para comprender su importancia en el presente”.  Me pregunto si quienes ya somos personas de edad avanzada -en terminología de la Organización Internacional del Trabajo (55- 64 años)-, y aquellos que aún son mayores, hemos (han) sabido explicar a las jóvenes generaciones de europeos el valor de la cultura de la paz, ya que en 1957 sólo habían pasado doce años desde el final de una conflagración bélica que enfrentó a los países que el 25 de marzo de ese año firmaban el Tratado de Roma.

“A pesar de todo, el término «crisis» no tiene por sí mismo una connotación negativa. No se refiere solamente a un mal momento que hay que superar. La palabra crisis tiene su origen en el verbo griego crino (κρίνω), que significa investigar, valorar, juzgar. Por esto, nuestro tiempo es un tiempo de discernimiento, que nos invita a valorar lo esencial y a construir sobre ello; es, por lo tanto, un tiempo de desafíos y de oportunidades”. Me pregunto qué estamos haciendo para dar ese valor solicitado por el Papa y construir un mundo mejor en el que se encuentren cómodos y bien representados un muy amplio número de personas que viven en nuestro planeta y no sólo una minoría acaudalada. ¿Estamos respondiendo a las expectativas, a los deseos, a las necesidades, de gran parte de dicha población?

La Comunidad Económica Europea se construyó sobre unos determinados valores, “la centralidad del hombre, una solidaridad eficaz, la apertura al mundo, la búsqueda de la paz y el desarrollo, la apertura al futuro”. Me pregunto si siguen hoy vigentes, respuesta muy fácil si ha de ser teórica, sí, pero mucho más compleja cuando bajamos a su concreción práctica, donde en especial la palabra solidaridad está siendo cada vez más dejada de lado. ¿Seremos capaces de recuperarla, de reconstruirla?

“La Unión Europea nace como unidad de las diferencias y unidad en las diferencias”. En efecto, los ciudadanos de los (todavía) 28 Estados de la UE somos diferentes en lenguas y culturas, pero debería unirnos el interés por una sociedad mejor para toda la ciudadanía. Parece una utopía en la actualidad ¿no les parece?, pero ¿quién no recuerda que las utopías de hoy pueden ser la realidad del mañana? ¿No era utópica en su momento la reivindicación de las ocho horas diarias de trabajo, o la prohibición del trabajo de los menores?

Pero, además, Europa no puede ni debe cerrarse al mundo exterior, pensando que sólo su espacio territorial es seguro (¿?) frente a amenazas externas. Ya hemos visto que ello no es posible, y tampoco deseable por el crisol de lenguas, culturas, religiones, que hay en nuestro territorio. Por ello, cobra pleno sentido la afirmación del Papa Francisco, recordando aquello que se recogió en el texto del Tratado de Roma, que “Europa vuelve a encontrar esperanza cuando no se encierra en el miedo de las falsas seguridades. Por el contrario, su historia está fuertemente marcada por el encuentro con otros pueblos y culturas, y su identidad «es, y siempre ha sido, una identidad dinámica y multicultural.

¿Tiene ideales Europa? Sí, al menos en sus documentos fundacionales y en los tratados que se han ido aprobando desde su creación, pero ¿han decaído frente al “imperialismo económico”, que subordina toda política social al cumplimiento de determinados criterios y reglas macroeconómicas, que permiten hablar de la mejora global de la situación económica, aunque ello implique dejar en la cuneta a una parte importante de la población? Es reconfortante leer en un discurso institucional referencias a una realidad concreta que no aparece en la mayor parte de las ocasiones en los discursos de los Jefes de Estado y de Gobierno: “«El desarrollo es el nuevo nombre de la paz», afirmaba Pablo VI, puesto que no existe verdadera paz cuando hay personas marginadas y forzadas a vivir en la miseria. No hay paz allí donde falta el trabajo o la expectativa de un salario digno. No hay paz en las periferias de nuestras ciudades, donde abunda la droga y la violencia”.

Concluyo. ¿De qué Europa hablaremos dentro de varios años? De aquella que queramos la mayor parte de los ciudadanos y ciudadanas. Ese es mi deseo, y seguro que también el del Papa Francisco.

***

[1] https://w2.vatican.va/content/francesco/es/speeches/2017/march/documents/papa-francesco_20170324_capi-unione-europea.html

Unión Europea

Imagen extraída de: bez