6 años de guerra en Siria: la educación como esperanza de futuro

6 años de guerra en Siria: la educación como esperanza de futuro

Valeria Méndez de Vigo. [EPSocial] Es una tragedia que quedará para siempre grabada en su memoria. La cuenta como si hubiera sucedido ayer. Recuerda la fecha exacta en que sucedió: agosto de 2013. Kassem tenía entonces 8 años (hoy tiene 12) y era como cualquier niño en Siria, que disfrutaba divirtiéndose y jugando, completamente ajeno al conflicto en el que quedaron sumidas las vidas de sus familias y de sus vecinos. Ese fatídico día, una bomba impactó en la casa de su vecino en el pueblo de Al- Ghouda. Toda la familia salió corriendo de la vivienda para ver qué había pasado y por su propia seguridad. Su madre, que entonces estaba embarazada de seis meses, entró precipitadamente en el hogar para apagar el gas. Kassem no recuerda lo que ocurrió después. Luego supo que otra bomba cayó encima de ellos, matando en segundos a su padre y a sus dos hermanos. Él y su madre encinta fueron los únicos supervivientes. La bomba había destrozado su pierna derecha.

Esta semana se cumplen 6 años del inicio de la guerra en Siria. Se estima que 13,5 millones de personas sirias- la mitad, niños y niñas- necesitan ayuda humanitaria. Más de seis millones de personas se encuentran desplazadas dentro de Siria; más de 4 millones y medio, como Kassem y su madre, han huido a países vecinos en Oriente Medio, entre otros, el Líbano, Turquía, Jordania e Irak.

Tal y como señalan ACNUR y la Agencia de la ONU para los refugiados palestinos (UNRWA), hay 21,3 millones de personas refugiadas en el mundo. De los 16 millones que están bajo el mandato de ACNUR, más de la mitad son niños y niñas y seis millones están en edad de acudir a la escuela primaria o secundaria[1]. Desde hace años ya, las crisis se han cronificado. De hecho, el tiempo medio que una persona refugiada pasa fuera de su país es de 20 años, más que la infancia entera y un porcentaje significativo de la vida laboral de una persona.  En Entreculturas pensamos que es fundamental facilitar el derecho a la educación de estos niños, niñas y jóvenes, porque, además de ser un derecho humano fundamental innegable, ofrece numerosos beneficios y porque es la mejor manera de facilitar su integración en los países de acogida.

Efectivamente, la educación es un derecho universal, reconocido en la Declaración de Derechos humanos, la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados o la Carta europea de Derechos Humanos.  La educación permite desarrollar el potencial de las personas y tiene demostrados beneficios a nivel individual y colectivo. En el caso de los niños, niñas y jóvenes refugiados, la escuela facilita un entorno seguro, implica conexión con actividades estructuradas, supone un elemento restaurador, pone la mirada en el futuro, atenúa los traumas derivados del conflicto y fortalece capacidades para reconstruir sus vidas y tener un futuro digno. “Poder ir a la escuela en Líbano es todo para mí. Me ha ayudado a no estar triste todo el tiempo”, nos dice Ghada, de 13 años, refugiada siria, participante en un programa de aprendizaje acelerado en Líbano del Servicio Jesuita a Refugiados (JRS) y Entreculturas.  Kassem estudia en el Centro educativo Noor 2 de Baalbek, apoyado por Entreculturas y el Servicio Jesuita a Refugiados, donde ha encontrado aceptación, pertenencia y la posibilidad de hacer algo positivo en la vida.

En situaciones de conflicto, la educación puede jugar un papel fundamental en favorecer la cohesión social y en promover una cultura de paz, inculcando valores de tolerancia, respeto y convivencia.

Pero la educación de las niñas, niños y jóvenes refugiados y migrantes  afronta numerosos retos. Se trata de menores que pueden haber estado sin escolarizar durante un tiempo, desconocen el idioma o acarrean duras vivencias en un pasado reciente y cuyas familias se encuentran, con toda seguridad, en una situación de desventaja económica. “Muchos de estos niños y niñas han estado fuera de la escuela tanto tiempo, que no saben estar allí”, señala Majed Masini, profesor del Centro del JRS en Jbeil, Líbano. Por eso, “cuando vuelven a matricularse, hay que empezar prácticamente de cero”, añade Jacqueline Pavilion, también del JRS.

Por eso no nos vale cualquier educación. La educación por la que apostamos debe ser una educación de calidad, equitativa e inclusiva, que valore la diversidad y la considere una riqueza. Una educación que se adapte a las necesidades específicas de niñas y niños, que promueva oportunidades y que ofrezca las condiciones necesarias para que éstas se hagan efectivas. En España hay numerosas experiencias educativas exitosas con niños y niñas migrantes. Una de ellas es la del Centro de Formación Padre Piquer, un colegio situado en el madrileño barrio de la Ventilla que, desde hace 50 años, ofrece educación de calidad a sectores populares y que, hoy en día, acoge un alumnado de 37 nacionalidades distintas, con un 85% de éxito escolar.

Hay que facilitar en las escuelas un entorno seguro, en el que los nuevos alumnos y alumnas se sientan acogidos y valorados. “Es importante que  alumnos y alumnas se sientan estimados y que cojan confianza. Sobre esta autoestima y confianza, empezamos a construir”, señala Gregorio Casado, profesor del Centro Padre Piquer. La enseñanza debe ser gratuita, ofreciendo becas e incentivos. Es fundamental reforzar el conocimiento del idioma, mediante programas de aprendizaje acelerado que faciliten la plena integración en el aula. También hay que flexibilizar el currículo.

La educación inclusiva plantea muchos retos al profesorado, por lo que hay que facilitarle formación y herramientas adecuadas para afrontar la diversidad en el aula, incluyendo la formación en apoyo psicosocial y emocional.

Es esencial poner al alumnado en el centro de los procesos de enseñanza y aprendizaje y facilitar su participación; también la de las asociaciones de madres y padres de alumnos y de la comunidad educativa, facilitando información sobre las causas de los conflictos, la situación de refugiados y migrantes y el conocimiento de sus derechos, de modo que puedan reforzarse actitudes y valores positivos.

En Entreculturas somos conscientes de los retos que plantea la acogida a personas refugiadas y migrantes en el ámbito educativo. Pero sabemos que la educación inclusiva ofrece grandes ventajas, porque propicia para los niños, niñas y jóvenes de nuestro país y de los países de acogida conocer otras realidades, enriquecerse con ellas y practicar valores de respeto, tolerancia y empatía.  “Aquí tenemos  compañeros sirios y vivimos de manera más cercana los problemas por los que están pasando”, señala una joven estudiante. Además, naturalmente, de ser una cuestión de justicia. Tal y como dice Ángel Serrano, director del Centro Padre Piquer: “La escuela debe dar respuesta al mundo actual en el que vivimos”. Mientras, en Líbano, Kassem sueña con ser profesor de arte. Le gusta el billar y pasa buena parte de su tiempo libre jugando con sus amigos. Y aunque el conflicto le ha robado gran parte de su infancia, está preparado para afrontar valientemente los desafíos de un mundo nuevo.

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[1] ACNUR. (2016). Missing out: Refugee Education in Crisis.

Siria

Imagen extraída de: JRS