Good Bad Movies: Starship Troopers, las brigadas del espacio (1997), de Paul Verhoeven

Good Bad Movies: Starship Troopers, las brigadas del espacio (1997), de Paul Verhoeven

Oriol QuintanaPaul Verhoeven es un antiguo conocido de los cinéfilos. Habiendo realizado excelentes películas en su Holanda natal, a principios de los ochenta dio el salto a Hollywood. Su primera película americana, Los Señores del Acero (Flesh and Blood, 1985), llevaba ya la típica marca de lo que uno podría esperar en su cine: sexo, violencia y comercialidad. El éxito le llegó con Robocop (Robocop, 1987) y Desafío Total (Total Recall, 1990), y culminó con la muy recordada Instinto Básico (Basic Instinct, 1992). Sus películas son, en general, trabajos muy notables, pero la crudeza y el efectismo de sus imágenes han conseguido que buena parte del público más bienpensante y más cultureta las hayan visto con malos ojos. Todos los filmes eran, en el fondo, películas de género, demasiado fieles a las premisas de la cultura popular, demasiado crudas, demasiado contundentes. Se necesitaba una segunda mirada para ver que el director gastaba bastante mala baba retratando las costumbres de las personas, o que siempre había alguna perla filosófica a descubrir. Starship Troopers, las brigadas del espacio (Starship Troopers, 1997), llegó tras el fiasco de Showgirls (1995), una película profundamente incomprendida, e incorporaba aquel tufo de mera comercialidad con la que Verhoeven parecía envolver sus productos. Se podría pensar que, como la anterior, Starship Troopers era una película mala. Pero no: se trataba de una buena película mala.

La película comienza in medias res, y el espectador sólo ve unas imágenes televisivas de una extrema violencia: una batalla con insectos alienígenas gigantes que parece que no acaba de ser buena para los hombres. Es un noticiario moderno y rancio a la vez, como un No-Do en los tiempos de internet, lleno de propaganda militarista al más puro estilo de las dictaduras del siglo XX. Pero todo es ultramoderno, todo limpio e inmaculado, todos los actores son jóvenes y atractivos. El espectador se prepara: “Bueno, de acuerdo, estamos en una película de ciencia ficción; ha habido una política eugenésica y todo el mundo es guapo y agresivo, y la sociedad vive en torno a la guerra con los bugs“. A continuación, flashback para conocer a los protagonistas. Y aquí comienza el segundo impacto. Ya no estamos viendo los anuncios de la tele: ahora estamos viendo a los personajes en su día a día. De repente nos encontramos en medio de una teleserie de adolescentes y la trama se desarrolla en los términos habituales del género: los protagonistas van a la escuela, el chico detrás de la chica, hay amistad y rivalidad masculina, hay rebeldía contra los padres… Todo servido de la manera más convencional y llana. Pero a cada escena se presentan elementos distorsionadores, y la película mala y convencional comienza a hacerse buena. En las clases los profesores adoctrinan descaradamente para la guerra; en la escuela se hace burla de los alumnos menos inteligentes; el deporte escolar es extremadamente violento; al terminar la secundaria, los chicos se alistan para ir a la guerra con una naturalidad y un entusiasmo que dan miedo. Las peripecias de los protagonistas desde el momento en que se separan son también los peores lugares comunes del cine bélico, pero a estas alturas la película ya nos ha alcanzado completamente. La combinación imposible entre ultra-violencia de todo tipo y el estilo melifluo, cándido e ingenuo de las soap operas juveniles de los noventa resulta fascinante. El mensaje ético de los creadores del filme es diáfano: entre la serie Sensación de Vivir, con unos protagonistas pijos viviendo la libertad de la sociedad democrática individualista y opulenta, y los filmes históricos de propaganda nazi, con el hombre sumergido en una masa alienada pero omnipotente, no hay ningún tipo de ruptura. Hay una continuidad que sólo una película supuestamente mala podía revelar…

Starship Troopers

Imagen extraída de: The Hollywood Reporter