Trumponomía

Trumponomía

Manfred NolteNo serán precisos los cien días de cortesía otorgados tradicionalmente por la ciudadanía y los grupos de interés antes de formular su juicio sobre un político recién incorporado a las tareas de Gobierno. No lo serán en el caso del Presidente de la primera potencia económica y militar del planeta, Donald Trump. Sus modales autoritarios han perfilado el cliché de un personaje insolidario e intolerante del que mucho costará al magnate neoyorquino despojarse. No es fácil descifrar intenciones tolerantes tras las sucesivas humillaciones a México, Gran Bretaña, Alemania, o Irak, o tras las diatribas con China, Irán o Australia, o tras el desdén mostrado hacia la Unión Europea. Tampoco en su desprecio a los emigrantes, refugiados o asilados políticos.

Del sentimiento de desánimo y sorpresa general que los primeros días de mandato del Presidente Trump han producido, hay que excluir, sin embargo, a un colectivo crítico, como es, nada más y nada menos, el de sus propios electores. Las últimas encuestas arrojan un 55% de adhesiones. Y paradójicamente los índices de sentimiento económico tanto de consumidores como de empresarios en Estados Unidos, se hallan en máximos históricos. Las Bolsas, ya lo sabemos, andan por las nubes, el dólar firme y el paro en el mínimo friccional. ¿Qué papel juega en este catálogo de hitos optimistas el programa económico de Donald Trump, la Trumponomía?

Contestando de forma muy resumida, las reformas económicas de Trump giran sobre un plan fiscal consistente en mayor gasto y menores impuestos.

Incrementar las deducciones de la renta de las personas de forma dramática y reducir tramos y su tipo impositivo (10,20 y 25%) es el primero de los anuncios. También proyecta eliminar el tipo de las corporaciones y sustituirlo, como veremos, por un impuesto sobre las ventas del 20%, con determinadas deducciones. Para nivelar estos recortes –alrededor de un billón de dólares en 10 años- promete bajar el gasto en partidas tan sensibles como la Seguridad Social y el servicio Medicare al tiempo que propone aumentar las asignaciones presupuestarias de todo tipo de infraestructuras y en particular las de defensa. El plan puede parecer estimulante, pero no hace falta ser un mago para aventurar que salvo un excepcional crecimiento de las bases imponibles, el recurso al endeudamiento se hará inevitable.

¿Y qué papel juega la proclama central –‘America first’ del proteccionismo? Aquí interviene otra figura fiscal que quiere ser la clave de su reforma: una tasa de ajuste fronterizo, que sustituye al impuesto de sociedades. Según esta idea, las empresas no obtendrán ninguna deducción sobre los beneficios derivados de las importaciones mientras que los beneficios sobre las exportaciones estarán exentos. El ajuste fronterizo significa que las empresas que importen productos aunque lo exporten con posterioridad, o lo destinen directamente al mercado americano no obtendrán ninguna deducción sobre el coste de lo importado. Serán deducibles solamente las compras domésticas y los costes laborales. Todo lo cual equivale, al tipo señalado de impuesto sobre las ventas del 20%, un arancel efectivo del 20% sobre los bienes importados. En vez de girar sobre el beneficio final, el nuevo impuesto se recauda sobre flujos de caja: la caja que entra en la empresa menos las que sale. Trump ha estimado que el impuesto recaudará 1 billón de dólares en 10 años, con el que financiará la construcción de la muralla mexicana.

La idea, acariciada en su día por Mervyn King, ex Gobernador del Banco de Inglaterra tropieza con importantes obstáculos legales. La Organización mundial del Comercio (OMC) permite a los Estados miembros la adopción de impuestos a determinados bienes que entren en sus fronteras, pero excluye la posibilidad de tratar fiscalmente a un bien doméstico de manera más favorable que a un bien importado. Las denuncias ante la OMC no se harán esperar y el resultado será doble. De una parte, años de litigios y, de otro, reacciones y represalias que tendrán fatalmente como consecuencia la reducción del comercio mundial y de los niveles de renta. Al ‘América primero’ en poner trabas al comercio seguiría un ‘China segundo’, un ‘México tercero’ y así hasta un ‘enésimo’ plantando cara al gigante americano. Tal vez al magnate neoyorquino tampoco le importaría en exceso abandonar la propia OMC.

También se encara con problemas económicos. Una tasa fronteriza tampoco sería favorable para los Estados Unidos a pesar de que su cuota de dependencia exterior (Importaciones+exportaciones: PIB) sea una de las menores del mundo y pueda navegar con alguna ventaja por las aguas de la autarquía. A un gravamen sobre las importaciones del 20% correspondería una apreciación sensible del dólar (hasta del 25%), dado que la tasa reduce la demanda de importaciones y decrece la demanda de divisas extranjeras contra dólar. Esta apreciación no gustará en absoluto a Donald Trump ya que supondrá un freno a las exportaciones americanas y una depreciación de las inversiones billonarias de los Estados Unidos a lo largo y ancho del planeta.

Tal vez el fallo conceptual de Donald Trump radique en su visión de una economía limitada, una cifra de riqueza que puede ser redistribuida pero que apenas crece. Aceptando la noción de un mundo de suma cero, Trump juega a la ofensiva para asegurarse su parte de la tarta y a ser posible, algo más. Hay que confiar que alguien le muestre sus errores. De lo contrario, más pronto que tarde, el desencanto se extenderá también a sus partidarios, pero para entonces, las consecuencias serán irreparables.

Trump

Imagen extraída de: Pixabay

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