Dheepan: "¡Mírame, soy yo!"

Dheepan: “¡Mírame, soy yo!”

Alícia GuidonetDheepan es una película que plasma, de una manera poética y punzante al mismo tiempo, el proceso de construcción identitario de unas personas anónimas. El film narra este recorrido ofreciéndonos la posibilidad de irnos aproximando a los rostros de los personajes, que podrían ser cualquiera de las personas con las que diariamente nos cruzamos por las calles de nuestras ciudades. Y es que uno de los aciertos de la película de Jacques Audiard es la capacidad que el director muestra para hacernos entrar en la historia de vida de estas personas: en este sentido, el film nos ayuda a sondear un misterio, a penetrar en unos espacios sagrados que nos hacen sentirnos admirados por su bella fragilidad.

Dheepan es un hombre que, en realidad, no es “Dheepan”. El conflicto bélico en Sri Lanka de los años 90 es el marco en el que se inicia esta narración: muchas personas tienen que huir de la guerra y para lograr su objetivo toman la identidad de otra persona. Es el primer movimiento de esta historia sobre la construcción de la identidad. Un hombre cualquiera, movido por la necesidad de huir, se hace pasar por “Dheepan”, otro hombre, ya fallecido, casado y con una hija de 9 años. Dheepan debe buscar mujer e hija. El azar facilita que tres personas se encuentren y se conviertan en una familia en pocos minutos. Tres identidades que aún no han tenido tiempo de ser interiorizadas. Tres identidades no queridas, impuestas por la necesidad y el deseo de vivir.

Y así, la identidad de cada uno de los personajes de la historia se va construyendo poco a poco, haciendo un camino en el que predomina el juego de miradas: mirar al otro, dejarse mirar por el otro, mirarse uno mismo.

Esto ocurre cuando, por ejemplo, una vez en París, la familia construida al azar intenta pasar algunos de los controles de inmigración. No tiene pérdida la escena en la que se establece un “diálogo” en la oficina de inmigración: Dheepan, un traductor y un técnico comienzan a hablar, el técnico hace preguntas que son respondidas por Dheepan y traducidas por el traductor. Éste, aprovechando la falta de comprensión del funcionario francés, comienza a “ayudar” a Dheepan, explicando lo que él debe decir para conseguir lo que quiere: introducirse en el país. Se da así una situación curiosa, en la que tomamos conciencia de cosas muy diversas: por un lado, el proceso de construcción de la identidad, que en muchas ocasiones es el resultado de la suma de actos de supervivencia. Después, el papel que tiene la persona mediadora, alguien que hace de puente entre dos culturas y que es capaz de “traducir” movido por la compasión. Y finalmente, el trabajo del técnico, nadando en una pecera, enmarcado por los límites que le impone la burocracia. Sobre la escena planea un interrogante ético dirigido al espectador: y tú, ¿qué harías? Y así, los tres personajes, técnico, mediador y Dheepan, en un juego de miradas frágiles, tensas, mudables, mueven ficha para alcanzar cada uno de ellos sus objetivos: ser quien debería ser, no ser quien debería ser para ayudar a alguien, no ser quien soy para sobrevivir en un contexto hostil.

Y esta situación, de manera similar, se presenta en otras ocasiones a lo largo de la película. Pasa cuando Dheepan interpela a su mujer, Yalini, y a su hija, Illayaal, para que “se adapten” a la (sub)cultura que les toca vivir. Por ejemplo, Yalini no quiere llevar pañuelo pese a que el hombre insiste en que debe hacerlo para parecerse a las mujeres del entorno. Para ella, de religión hinduista, no tiene ningún significado hacerlo. No hay una traducción cultural significativa que le permita aceptarlo. El propio Dheepan, en su tarea diaria por la supervivencia, se pone en la cabeza la diadema de colores llamativos y luces intermitentes que intenta vender por la calle: es la imagen grotesca de un hombre vencido por las relaciones de poder que arrebatan la dignidad y la libertad de las personas.

La película nos hace pensar también en las necesidades de los niños. La niña, hija de alguien que ahora está muerto y del que no sabemos nada, tiene un padre y una madre que no la quieren. Esta falta de amor inicial queda bien patente por parte de Yalini, quien no puede ocultar la frialdad que siente ante Illayaal. La niña reclama en muchas ocasiones la paternidad y la maternidad de sus padres ficticios: quiere ser atendida y amada. Quiere crear vínculos. Él y ella no pueden, no sienten nada. Illayaal sufre la situación de indefensión y vulnerabilidad, frente a unos personajes que la han de cuidar sin desear hacerlo. Tampoco es aceptada en la escuela porque es percibida como diferente. La violencia de la omisión y del rechazo va creando un pozo de rabia que finalmente estalla. La niña, sin embargo, se va revelando como elemento positivo en la vida de sus padres: como ocurre a menudo en los procesos migratorios, los niños juegan un papel socializador importante, ya que se convierten, tal y como nos muestra el film, en agentes mediadores entre la cultura en la que se están inculturándose por medio de la escuela y la cultura de origen representada por la familia. La sabiduría de los niños nos enseña la importancia de los vínculos, del afecto sincero, así como los puentes de paz que se pueden construir, desde la espontaneidad, para facilitar la vida a los demás.

Todo ello se desarrolla en un contexto de violencia. La familia construida al azar huye de la violencia descarnada de un país en guerra…, y va a parar -¿por azar?- a un barrio ocupado por grupos de personas enganchadas en las telarañas de la droga y la vida en los márgenes. Una zona abandonada, liminal.

Esta liminalidad quiere ser rota por Dheepan. Fatigado, dolido, al límite de sus posibilidades, traza una línea. Literalmente. Un día coge pintura y traza una línea blanca en el suelo mientras invita a sus vecinos a escuchar un deseo. No traspasar la línea es no traspasar su dignidad. Su necesidad de ir haciéndose, de seguir construyendo desde la libertad y la justicia, queda materializada en una línea blanca en el suelo que lo separa de lo que él vive como algo que lo destruye. Su construcción pasa también por la creación de vínculos con la mujer y la hija que el azar le ha regalado y que le hacen revivir la familia que perdió en el conflicto bélico.

Sin embargo, Dheepan ha de recurrir a la violencia para salvar esta chispa incipiente de vida que nace. Una mirada más, esta vez del director, a la crudeza de la realidad que a menudo nos rodea. Todo sucede como si, para llegar a la salvación, fuera necesario tocar fondo: tocar el miedo, el dolor, la incertidumbre… Salvar a la mujer, que ahora ama, de un episodio de violencia entre los grupos del barrio, hace que el hombre vuelva a traspasar la línea, y que, por unos instantes, se posicione de nuevo en ese espacio liminal, grotesco, ensordecedor, con sabor a sangre, que tanto lo enloquece. Y así, enloquecido, cuando todo ha terminado, no es capaz de reconocer a Yalini, quien se ve obligada a gritar: “¡Mírame, soy yo!”.

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Imagen extraída de : IFC Films