La dimensión ascética de la Laudato si’

La dimensión ascética de la Laudato si’

Jaime Tatay. [Corintios XIII] «La espiritualidad cristiana propone un crecimiento con
sobriedad y una capacidad de gozar con poco» (LS 222).

Junto a la imprescindible contribución profética, la experiencia religiosa cristiana ofrece elementos enormemente relevantes en nuestro contexto cultural que otros actores no son capaces de proponer. Se trata de las prácticas ascéticas que articulan la praxis histórica de la Iglesia; prácticas —como el ayuno, la abstinencia o la limosna— orientadas a purificar la relación con Dios y con el prójimo en las que la sobriedad, el desprendimiento y la simplicidad de vida articulan una vivencia espiritual integrada. Estas prácticas tradicionales y un tanto minusvaloradas adquieren, sin embargo, gran relevancia a la luz de un planeta sobre-explotado, con recursos finitos y una gran desigualdad socio-económica.

El veterano investigador del Worldwatch Institute, Gary Gardner, ha afirmado que, por ejemplo, en la lucha contra el consumismo compulsivo —uno de los principales vectores de degradación medioambiental en las sociedades industrializadas— las tradiciones religiosas pueden y deben realizar una de sus contribuciones más valiosas llamando a la frugalidad y la autocontención, dado que esta es
una cuestión que la comunidad científica, el mundo empresarial y la clase política tienen dificultades para plantear.

Francisco, ante el polarizado y politizado debate población-consumo, pone el énfasis en la cuestión del sobreconsumo. Citando a Benedicto XVI, afirma que «tenemos un superdesarrollo derrochador y consumista, que contrasta de modo inaceptable con situaciones persistentes de miseria deshumanizadora» (LS 109). La pulsión consumista de las sociedades más opulentas no solo contrasta escandalosamente con la pobreza persistente de una parte significativa de la humanidad, es también el principal vector cultural de degradación ambiental.

Frente a esta situación, y junto a la denuncia profética arriba señalada, la Iglesia dispone de recursos espirituales que resuenan profundamente con una larga tradición que considera la simplicidad de vida, la solidaridad y la renuncia elementos estructurales de la experiencia cristiana. Como señalamos, esta tradición —de raigambre monástica, pero que ha sido vehiculada, por ejemplo, en prácticas ascéticas cuaresmales y penitenciales— posee un gran potencial a la luz de los retos socio-ambientales contemporáneos para catalizar transformaciones comunitarias y admite —valga la expresión— una relectura ecológica. Por ello la lucha sociopolítica (profética), en el caso de la ecología, debe ir de la mano de una espiritualidad de la ascesis y de la simplicidad voluntaria.

Así parece indicarlo Francisco en varios momentos a lo largo de la encíclica, advirtiendo al mismo tiempo del peligro de instrumentalización ecológica de prácticas que, en último término, buscan liberar al creyente de sus propios desórdenes y facilitar su relación con Dios y con el prójimo. Por ello, proponiendo como modelo antropológico al santo de Asís —el patrón de la ecología y el referente de la
ecología integral— se nos recuerda: «La pobreza y la austeridad de san Francisco no eran un ascetismo meramente exterior, sino algo más radical: una renuncia a convertir la realidad en mero objeto de uso y de dominio» (LS 11).

Aquí yace una de las contribuciones más originales y valiosas de la espiritualidad cristiana al debate contemporáneo de la sostenibilidad: ante la injusticia social y la degradación ambiental que subyace a nuestros hábitos de consumo y nuestros modelos de producción, la Iglesia no propone un ascetismo voluntarista, sino que invita a descubrir el carácter sacramental de la realidad y a abrirnos a la
posibilidad de una experiencia mística en el encuentro con la creación.

Como se afirma al final de la encíclica, en la sección que trata precisamente sobre espiritualidad ecológica: «Se trata de la convicción de que “menos es más”. La constante acumulación de posibilidades para consumir distrae el corazón e impide valorar cada cosa y cada momento» (LS 222). Esta convicción nutre el compromiso cristiano por el medio ambiente.

En resumen, la motivación principal que sostiene la renuncia, la abnegación y la ascesis que los retos ambientales plantean brota, para el cristiano, de una experiencia espiritual, la llamemos así o no. Porque, en el fondo, renunciar a convertir la realidad «en mero objeto de uso y de dominio», renunciar a mercantilizar todos los ámbitos de la vida —o, como ha señalado lúcidamente el filósofo moral Michael Sandel, reconocer que hay muchas cosas que el dinero no puede comprar— es negarse a instrumentalizar las relaciones humanas y la relación con la naturaleza. Y este ejercicio de resistencia espiritual implica, en términos religiosos, abrirse a la dimensión sacramental de la existencia.

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Imagen extraída de: Pixabay