La familia en un nuevo contexto, ¿caos o bendición?

La familia en un nuevo contexto, ¿caos o bendición?

Macarena Alvariza. [Revista Misión-Uruguay] Escribir sobre la familia debería ser fácil, ya que casi todos y todas tenemos experiencia de lo que significa integrar una familia. Inevitablemente, el tema nos evoca lazos importantes en nuestra vida, actuales o pasados, quién sabe hasta futuros, imaginados y proyectados. “Familia” trae imágenes a nuestra mente como fotografías interiores, indelebles. También conceptos, ideas sobre lo que significa esa palabra. Emergen mensajes éticos, normas de conducta aprendidas, transmitidas… Y sobre todo, afloran sentimientos fuertes por vivencias determinantes en nuestra vida, tanto por su positividad como por las heridas que pueden dejarnos. Esta misma riqueza de experiencias personales respecto a la familia revela la importancia y complejidad de esta realidad que nos atañe a todos. ¿Cómo abordar este tema, entonces?

Principio de encarnación, partir de la realidad

Considero que para los cristianos lo primero es partir de la situación real. Partir de la realidad es la enseñanza que brota de la encarnación del Verbo. Jesús es para nosotros Camino, Verdad y Vida porque es un camino que podemos efectivamente transitar como seres humanos, porque conoce nuestra verdad, porque experimentó lo que significa necesitar el pan, el trabajo, el amor, para realmente tener vida. En el caso de las familias, partir de la realidad exige liberarnos del estereotipo, para aceptar las familias tal y como están presentes hoy en la sociedad. Constatamos la multiplicidad de formas que las familias adquieren en nuestro entorno. Este hecho aparece explícito en las cifras que muestran los estudios demográficos en Uruguay, revelando un proceso de cambio muy grande respecto al pasado: familias biparentales con hijos, sin hijos, con hijos de solo uno de los cónyuges, madres solteras, un padre con su hijo, abuela criando un nieto, un “clan”, niños que viven un poco con cada una de las familias de sus progenitores, personas del mismo sexo criando al hijo de una de ellas… y así por adelante. Con tanta variedad, no es fácil definir lo que identifica a la familia, aunque se pueden reconocer elementos importantes que la constituyen: lazos afectivos, sanguíneos, económicos, jurídicos… (también las uniones no matrimoniales son generadoras de derechos en Uruguay); estabilidad de los vínculos (aunque esto no signifique perpetuidad en algunos casos); proyecto de vida en común. Y sobre todo el factor –no excluyente- que nos asegura estar ante una familia, es la presencia de niños y niñas a cargo -sin que medien recompensas salariales- y el sentido de responsabilidad frente a la necesidad de los mismos de sobrevivencia, crecimiento, educación, afecto. En principio, a priori y con la composición que sea, la familia es una realidad positiva. Es la célula social básica que nos da cobijo, sustento, afecto. A la temprana edad, la familia cuida de nosotros, y no sobreviviríamos sin ella. Se ocupa de proveernos alimento, educación, atención a la salud. Es el primer sistema de socialización que tenemos, donde salimos de nosotros mismos para interactuar con otros. Al mismo tiempo nos revela quiénes somos y nos da un lugar en el mundo, una pertenencia (simbolizada en nuestros nombres y apellidos). Nos da un punto de vista sobre la realidad, una interpretación sobre el mundo, que más tarde podremos relativizar o cuestionar, pero es un punto de partida que pone orden en la información que vamos recibiendo. En este sentido se encuentra también la transmisión de la fe. La familia nos inculca valores que considera importantes fácticamente para el ser humano; no los valores teóricamente proclamados, sino los verdaderamente apreciados por los adultos de la familia. El reconocimiento y el amor que recibimos de nuestra familia nos hace sentir valiosos, aceptados, confiados, y nos capacita para ser personas productivas y positivas. En la familia vivimos las primeras crisis de crecimiento y conflictos, y en ella los resolvemos. Descubrimos las diferencias de género y nos ubicamos en esta diversidad. De la forma que nuestra familia se inserte en el medio (barrio, parroquia, ciudad…) aprenderemos a “movernos” en una sociedad más amplia. Recibiremos los primeros mensajes sobre la bondad o maldad de las personas que nos rodean, la valoración de sus actitudes y conductas. Tendremos que seguir algunas normas, descubriremos las consecuencias de las acciones consideradas incorrectas. Y para los adultos la familia también es importante. Es espacio de fecundidad, referida no solamente a los hijos materialmente hablando, sino a la proyección de nuestro ser fuera de nosotros, la oportunidad de transmitir valores, historias importantes, convicciones, fe. Es el lugar de “andar en chancletas”, sin las presiones del trabajo, del “deber ser”. Espacio terapéutico, para expresar sentimientos, emociones, y recibir una palabra de consuelo o corrección. Para la pareja es lugar de la confianza, de la “desnudez”, del lenguaje sexual traspasado por el afecto. La familia es la que ayuda a sentir que nuestra vida tiene un propósito, un para qué, un para quién, algo de trascendente… Por todo esto la familia es apreciada como el primer valor en la vida de los uruguayos, y el tener una pareja estable está vinculado a la idea de felicidad para la mayoría (Los valores de los uruguayos. Pág. 98)[1].

A veces la realidad es dolorosa

Pero la familia no es sólo espacio de protección, cuidado y transmisión de pautas sociales y culturales y experiencias espirituales. También es espacio de sufrimiento, sometimiento y miedo. Las heridas que nos infringieron encuentran fácilmente un lugar donde reproducirse en la familia. La misma confianza familiar que nos permite manifestarnos libremente nos lleva también a expresar sin censuras nuestras violencias. Y los más débiles son los que terminan siendo lastimados, afectiva o efectivamente. Gritan los casos de violencia intrafamiliar que se están denunciando, mujeres que mueren en manos de aquellos con quienes comparten o habían compartido una parte de sus vidas. Las mujeres ya no sienten la obligación de acatar con resignación y sometimiento cualquier situación que sufran. La independencia económica que muchas mujeres han adquirido las ha empoderado y posibilitó situarse en paridad de condiciones frente a los varones, lo que algunos se resisten a aceptar. El sentido de posesión que algunos varones dan a la relación con la mujer acaba siendo móvil para la violencia y la muerte. El abuso sexual infantil también es mayoritariamente intrafamiliar, y adultos someten a niñas/os y adolescentes a experiencias violentas, no deseadas, generando confusión, ambigüedad de sentimientos, dolor. Pero sin llegar a esos extremos, la violencia verbal también afecta las relaciones de mujeres y hombres, y deja heridas sobre todo en los niños. No siempre prima el “proyecto común” familiar, y las inmadureces y egoísmos llevan a relaciones utilitaristas con poco futuro. Muchas veces los niños son rehenes de los conflictos no resueltos de los padres. La familia cambió porque el contexto cambió. Las mujeres ya no aceptan un destino doméstico exclusivo, y esto provocó que se volvieran importantes para el sustento económico y que los varones vayan asumiendo también las responsabilidades en la casa y el cuidado de los hijos, aunque todavía pesa una doble jornada de trabajo para muchas mujeres. Los varones van aprendiendo a gustar de roles nuevos para ellos, a integrar positivamente en su imagen masculina el asistir al parto, tener un hijo o una hija en brazos, llevarlos a la guardería, jugar con ellos… Ya no se debe suponer quién se encargará de cada tarea, sino que debe ser fruto de un acuerdo entre los miembros adultos de la familia. Y hoy en día no hablamos apenas de necesidades. Hablamos de derechos y responsabilidades. Y reconocemos que los niños/as son sujetos de derechos, y encargamos a sus padres la responsabilidad de que los atiendan. No se entiende la autoridad paterna/materna como un “título de propiedad” sobre los hijos que permita tratarlos de cualquier manera. Estamos buscando en las familias formas nuevas de educar a los niños a la responsabilidad y a los límites.

Derechos y responsabilidades. Y una Iglesia cercana

Y tendremos que hablar todavía más de derechos y responsabilidades, hasta encontrar nuevos equilibrios entre ambos. Aún no todos conocemos y hacemos valer nuestros derechos. Todavía en nuestro país hay gente que trabaja una vida entera en el campo como peón, o en el Mercado Modelo cargando los camiones, y nunca estuvo en “Caja” ni tendrá una jubilación. Todavía hay mucha gente que actúa como si bastara con proclamar los derechos para que estos se ejerzan. Todavía se reclaman responsabilidades cuando no hay condiciones de asumirlas. Las condiciones de pobreza a las que están sometidas numerosas familias uruguayas les dificultan enormemente poder ser proveedoras de suficiente sustento, condiciones de salud, educación, a sus hijos. La baja escolaridad de los padres tiende a repetirse en los hijos, y así perpetuarse. Tempranamente el niño/a debe convertirse en mano de obra para conseguir el sustento familiar. Las malas condiciones habitacionales afectan la salud, la autoestima, la inserción social. Socialmente muchas veces juzgamos a las familias desde una moral de fariseos, separando las que cumplen con la ley de las que no lo hacen, sin detenernos a verificar si la situación que viven les ofrece condiciones para “cumplir” con lo esperado. Esto que se da en las escuelas, centros de salud, clubes deportivos, tal vez nos pasa también en nuestras parroquias e instituciones religiosas, en las que ponemos requisitos para acceder a los sacramentos o para participar de la catequesis, que alejan a los más pobres. Teóricamente no tendría nada que ver la pobreza con la posibilidad de ser bautizado o casado por Iglesia, pero en la práctica sí; y conseguir una constancia, o hacer un trámite determinado, puede ser el “pequeño”-gran obstáculo para familias que viven al día y sienten dificultad de expresarse con los términos adecuados o se sienten juzgadas y discriminadas. La pobreza sigue lastimando la vida de numerosas familias uruguayas. Mucho se está haciendo, eso es cierto. Desde el Estado se promueven políticas sociales con mucha fuerza de penetración en la familia. Se presta atención particular a la primera infancia. Han accedido a una casa digna y propias familias que estaban hacinadas en asentamientos precarios (¡con todo lo que significa para una familia simbólicamente una “casa”, hogar, lugar propio, reflejo de su identidad!). Personas que nunca habían tenido un empleo formal acceden a él por primera vez, y este se adapta a sus necesidades. Y así diversos planes y programas intentan que el “núcleo duro” de la pobreza de nuestra sociedad se “ablande”, mitigue, ceda… Numerosas instituciones y organizaciones no gubernamentales están comprometidas en este esfuerzo. Las iglesias presentes en el Uruguay y otras denominaciones religiosas son responsables de variedad de iniciativas que buscan fortalecer a las familias más débiles, apoyarlas. Buena parte de la credibilidad de la iglesia católica uruguaya se debe al empeño que de tantas formas hace por mitigar la pobreza. Mi congregación, Misioneras Franciscanas del Verbo Encarnado, no es una excepción, y trabaja junto a otros por los temas que más acucian a las familias hoy, para que las más pobres puedan acceder a una casa, pan, trabajo, educación adecuada a sus posibilidades, cuidados en la vejez, una evangelización que realmente sea una “buena noticia” para sus vidas. Intentamos que nuestras acciones no se limiten a la persona en su individualidad, sino que tengan la mirada atenta a la familia que está con ella, y desde allí comprendamos sus sentimientos, sus necesidades, sus valores, muchas veces su agresividad, y siempre sus posibilidades también. Pero no bastan las políticas estatales ni las instituciones. La brecha social es grande, y todos y todas estamos implicados. De una u otra forma, con lo que hacemos, decimos, o con lo que dejamos de hacer y decir, disminuimos o profundizamos esta brecha. Aprendemos en nuestras familias cómo reaccionar frente a alguien más pobre que nosotros, formamos juicios respecto a los clasificadores, la gente de la calle, los “menores” que roban… La familia es escuela de solidaridad o repetidora de prejuicios, y los hijos harán que las distancias sociales se acorten o que la discriminación campee con toda la violencia que esta genera. Nuestras familias también son responsables de los fenómenos sociales de los que tanto nos lamentamos… ¡y de sus soluciones! Contribuyamos para que las familias más vulnerables encuentren comprensión, apoyo, redes solidarias.

¡Tenemos tanto por hacer…!

¡Que los cambios actuales en las familias no nos hagan tambalear! No es a un determinado modelo de familia a lo que nos debemos atar. No todo lo que sustentaba la familia tradicional era bueno, ni los motivos por los que perduraba en el tiempo eran valederos. También hubo mucho sufrimiento escondido, sometimientos, resignación, discriminaciones… Muchos dones desaprovechados, sobre todo de las mujeres. Las nuevas generaciones también van buscando su felicidad en la familia, construida a su manera. Los cambios son posibilidades, al inicio caóticas tal vez, pero intentan nuevos equilibrios donde los sujetos emergentes (mujeres y niños) tengan un lugar más digno. Ojalá que la mirada comprometida con los cambios sociales también oriente esos cambios. Dios continúa actuando en nuestras familias, así como son, con luces y sombras. Así lo ha hecho siempre. Porque Dios no nos mandó una serie de definiciones puras y excluyentes que tuviéramos que imponer como un corsé a nuestras existencias, sino que se ha ido revelando paciente, permanentemente, desde nuestras historias reales, con sus ambigüedades, imperfecciones… El P. Fidel Oñoro, biblista colombiano, nos recreaba durante la Semana Bíblica de este año en la casa Nazareth, resumiendo en forma caricaturesca las historias familiares que son descritas en el Génesis. Desde Adán y Eva, y sus hijos Caín y Abel, hasta José vendido por sus hermanos como esclavo a los egipcios, las familias de los relatos están pobladas de muestras de miserias humanas y contradicciones de todo tipo. Y al mismo tiempo aparecen las bendiciones y alianzas con Dios, llevando a mucha esperanza. Más allá de la comicidad de la descripción, Oñoro nos enseñaba que la creación, en el Génesis, no se limita al surgimiento de las criaturas, sino que continúa a lo largo de todo el libro, creando un pueblo. Y lo hace desde familias comunes, imperfectas, pecadoras. Es desde este “caos” que Dios saca su bendición, crea, celebra una alianza. Así, nos exhortaba a no despreciar nuestras familias, exigiéndoles una perfección irrealizable. Esto nos dio mucha esperanza y renovó nuestra convicción de que Dios continúa actuando en nuestro tiempo, motivando hacia el bien, la verdad, la vida. Animémonos a descubrir la bendición que Dios quiere brindarnos hoy en nuestras familias.

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[1] “Los valores de los uruguayos”. Coordinador Néstor da Costa. Capítulo 4. La Familia. De Federico Rodriguez. Ed. Mastergraf. Montevideo, Uruguay, 2003.

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