Reflexiones en voz alta, acerca de la paz (II)

Reflexiones en voz alta, acerca de la paz (II)

Dolors OllerEl mensaje del papa Francisco en el 50 aniversario de la Jornada Mundial por la Paz me ha sugerido lo siguiente:

1. La paz que anhelamos no puede reducirse a la mera ausencia de guerras u otros tipos de violencia directa (paz negativa). La paz de la que habla el papa Francisco no puede ser otra que una paz positiva, concepto surgido a partir de los años 70 del siglo pasado, atribuido al fundador de la investigación por la paz, John Galtung. La definición de paz se ensancha: además de la ausencia de violencia directa, hace referencia a que haya relaciones equitativas entre las personas, que haya justicia social, respeto de los Derechos Humanos y Estado de Derecho. La paz es concebida, así, como un proceso que puede mejorar constantemente las relaciones entre las personas y las condiciones estructurales. Este es, pues, un concepto dinámico que nos lleva a hacer aflorar, afrontar y resolver los conflictos de forma no violenta a fin de lograr la armonía de la persona consigo misma, con la naturaleza y con los demás.

Desde esta perspectiva, pues, la paz es:

  • Mucho más que una mera ausencia de guerra.
  • Un proceso en constante construcción.
  • No es un estado o un tiempo de paz, sino un orden social.
  • Un orden social de reducida violencia y elevada justicia.
  • La igualdad en el control y la distribución del poder y los recursos.
  • La ausencia de condiciones no deseadas (guerra, hambre, marginación…).
  • La presencia de condiciones deseadas (trabajo, vivienda, educación…).

La paz positiva se define en términos de condiciones y relaciones que se deben crear, establecer y cultivar. Se trata de un concepto amplio y multidimensional, que pide tener una comprensión amplia y rica del concepto de violencia. La guerra no sirve para resolver los conflictos que, por otra parte, son inevitables. Resolverlos pide actuar de manera positiva, creativa y no violenta. Sobre la base de la violencia no se puede construir nada sólido. La violencia no otorga autoridad, nunca convence, ni educa, ni genera la adhesión de la víctima sino al contrario: produce heridas profundas que no se curan en generaciones y contamina profundamente las dinámicas comunitarias; deja la resolución de los conflictos en manos de la absurda ley del más fuerte o del capricho de la suerte, en lugar de dejarla en manos de la razón; tiende a expandirse y producir víctimas inocentes. La violencia genera una espiral sin fin de acción y reacción; lleva al empobrecimiento y la autodestrucción personal de quien la practica y supone un menosprecio de la dignidad de la persona. Como afirma la Doctrina Social de la Iglesia, la violencia va contra la verdad más profunda del ser humano, que es esencialmente relación; va contra la verdad de nuestra humanidad. “Destruye todo lo que pretende defender: la dignidad, la vida, la libertad del ser humano” (cf. Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n 496). La no violencia activa demuestra que la unidad es más importante y fecunda que el conflicto.

Por otra parte, el papa Francisco remarca que la violencia, además de ser fruto de estructuras y dinámicas sociales muy complejas que a menudo presionan a las personas, obedece también a dinamismos profundamente arraigados en el ser humano, no siempre conscientes. En un mundo surcado por tanta violencia, necesitamos para superarla una transformación interior, de los valores que abrazamos y de las actitudes que asumimos. Hay que ser capaces de vivir un estado interior exento de cólera, odio y de sentimientos negativos en general.

2. En la Biblia, la paz es mucho más. En primer lugar se trata de un atributo de la esencia de Dios mismo, es, además, un don de Dios al ser humano y también un proyecto humano conforme al designio divino. La paz evoca así una plenitud de vida: es bendición, prosperidad, alegría, justicia, gracia. Por ello forma parte del testamento espiritual del propio Jesús: “La paz os dejo, mi paz os doy, no os la doy como la da el mundo” (Jn 14, 27). Esta paz nos reconcilia con Dios, con los hermanos, con nosotros mismos y con la Creación entera.

Como cristianos debemos ser conscientes de que la paz no puede ser sólo obra de nuestro esfuerzo, obra nuestra. Sólo podemos construir una verdadera paz en sinergia con el Espíritu del Resucitado, derramado en nuestros corazones, que nos hace clamar ¡Abba, Padre! (Rm 8, 15-16) y nos empuja a construir la fraternidad del Reino, al hacernos conscientes de que los demás son hermanos nuestros.

Antes que tarea, la paz es don, es regalo, es gratuidad que hay que acoger para luego ser convertida en tarea diaria, cotidiana. Porque la paz hay que ir edificándola en el día a día, pero se necesita una preparación interior si no queremos caer en imposiciones autoreferenciadas. Sólo si nos dejamos “salvar” de nuestros egoísmos, de nuestros intereses puestos por encima de los intereses de los demás, sólo si sentimos la necesidad de ser salvados de nosotros mismos, de nuestro ego narcisista, de nuestro autocentramiento y autorreferencia, podremos tejer vínculos con los demás, especialmente con quienes son diferentes de nosotros. E incluso con aquéllos que nos han hecho daño (amor a los enemigos). Para el cristiano, el perdón es renunciar a la venganza, a odiar, a guardar rencor. Es, en Dios, dar la oportunidad a la otra persona para que pueda rehacer su vida, para que pueda nacer de nuevo. Ojalá fuéramos capaces, cuando nos sentimos ofendidos, de adelantarnos a perdonar, a imagen de nuestro Padre del Cielo y de Jesús, ¡su rostro humano! Seguro que del exceso de amor gratuito podría nacer en el perdonado la conversión de corazón.

Jesús el Cristo es nuestra Paz (Ef 2,14), y nos la da porque, adentrado en el Padre y en nosotros nos hace participar de la esencia misma de quien es Amor que se manifiesta en Vida, Paz y Júbilo en abundancia, desde siempre y para siempre. Si no vivimos de la Vida de Aquél que nos da Vida; si, desde nuestra pequeñez y humildad, no arraigamos en su Paz y su Júbilo, en su Amor Compasivo y Misericordioso, sintiéndonos acogidos, perdonados y renovados, poco podremos avanzar. Sin Él no podemos hacer nada (cf Jn 15,5). En cambio, quien acoge la Buena Noticia de Jesús reconoce su propia violencia y se deja curar por la Misericordia de Dios haciendo de ella vida. Entonces, la imagen y semejanza de Dios en cada persona permite reconocernos unos a otros como dones sagrados, dotados de una inmensa dignidad. Necesitamos, por tanto, acoger el don de la Paz para poder ser, a la vez, sembradores de la verdadera Paz, que se fundamenta en la Verdad, la Justicia, la Libertad y el Amor en todos los ámbitos de nuestra existencia, en las familias, en las comunidades religiosas, en los centros educativos, en nuestro entorno laboral, en la comunidad política y en la comunidad internacional.

La cultura de la paz y la práctica de la no violencia activa es algo de mucho alcance, muy difícil de ejercitar. Y demanda un gran y paciente trabajo interior que luego será necesario que se prolongue en trabajo exterior si queremos que tenga una proyección social eficaz. La paz no se puede construir desde arriba, imponiéndola. Es necesario hacerlo desde el tejido social. Pero no podemos olvidar que nuestro motor es el Amor de Dios que nos impulsa a buscar caminos de pacificación y de reconciliación. “No hay caminos para la paz; la paz es el camino”; “Sé tu el cambio que quieres ver en el mundo”, decía Gandhi, es decir, seamos nosotros, cada uno de nosotros, paz y seremos pacificadores y llevaremos la paz a nuestro alrededor. Y podremos también tomar decisiones desde un corazón pacificado. Así, ejerceremos nuestro profetismo no con violencia verbal -generadora de confrontación- sino con coherencia de vida y espíritu de diálogo. Porque la violencia -aunque sea verbal o gestual- conduce a más violencia y división.

Los grandes cambios que a menudo anhelamos pero acabamos olvidando al considerarlos irrealizables, suelen empezar por pequeños cambios individuales. Por eso debemos ser conscientes de que el motor más grande que existe para emprender cambios sociales somos todas y cada una de las personas y que hay que cuidar de ellas y de su sentido del vivir, favoreciendo valores y actitudes de empatía y solidaridad.

3. Nos podríamos preguntar también si, además de organizar y realizar acciones conjuntas por una causa justa como puede ser la acogida de migrantes y refugiados, o bien actividades de intercambio cultural, los musulmanes -y de otras tradiciones religiosas- que están en nuestro país no desearían algo más, como por ejemplo, compartir sus experiencias de fe y sus creencias con nosotros. Porque, una mirada general al mundo nos hace dar cuenta de que somos nosotros la excepción, ¡no ellos! El mundo es predominantemente religioso y Europa es la zona del planeta más secularizada, siendo Cataluña un claro exponente de ello. Podríamos, pues, preguntarnos si, además de necesidades materiales, los recién llegados tienen también necesidades de carácter espiritual. No debemos olvidar que un mundo en paz no se podrá conseguir sin la convivencia entre creencias religiosas -y también laicas- y que el ser humano tiene una dimensión espiritual y debe ser contemplado en su integridad, también en cuanto a sus necesidades, lo que nos debería hacer replantear el sentido de la laicidad en sociedades democráticas, pluriculturales y plurirreligiosas. Tenemos aquí un largo camino a recorrer; camino de conocimiento mutuo -rompiendo estereotipos-, basado en la confianza. Es necesario que sepamos dialogar con las otras tradiciones religiosas, a fin de poder hacer un trabajo conjunto en la construcción de la paz y la convivencia en el respeto a la dignidad de las personas y de los pueblos.

El Evangelio nos descoloca y nos obliga a replantearnos muchos de nuestros puntos de vista habituales sobre las relaciones entre las personas, los grupos sociales y las naciones. El reto que tenemos es el de construir sociedades no violentas que cuiden de la Casa Común, que queremos de la Fraternidad.

Todos podemos ser artesanos de la paz, artífices y constructores, sembrando con alegría, haciendo de la no violencia activa nuestro estilo de vida. Y, sostenidos por Dios, convertirnos en instrumentos de reconciliación, haciendo realidad el deseo de san Francisco de Asís: “Que la Paz que anunciáis con los labios la tengáis, y en mayor medida, en vuestros corazones”. ¡Todo un reto!

paz

Imagen extraída de: Pixabay