El nacimiento de una nueva época: la posverdad

El nacimiento de una nueva época: la posverdad

Voces. Nathan Stone. [Terrirorio Abierto] Ricardo III fue el último monarca de la dinastía Plantagenet en Inglaterra. Su muerte en 1485 marcó el fin del período medieval. Su cuerpo, perdido durante siglos, fue descubierto en el patio trasero de una iglesia en 2015. Fue autentificada por medio de exámenes de ADN y luego enterrado en la Catedral de Leicester con la pompa y dignidad correspondiente. Integrantes de la prensa norteamericana preguntaron a los sujetos británicos que asistieron al entierro por qué homenajeaban a un monstruo jorobado con brazo desecado y carácter torcido, un usurpador del trono y asesino de sus sobrinitos presos en la Torre de Londres para que nunca hubiera ningún pretendiente a la corona con mayor legitimidad que él. Los deudos, con sus lágrimas atrasadas en cinco siglos, respondieron que era su rey. Y quedaron en eso. Los británicos son monarquistas y los americanos son democráticos. Nunca se van a entender. Punto.

El problema es que Ricardo no fue jorobado. No tenía un brazo desecado. Siempre hubo un retrato, pero ahora, hay un cadáver. Fue hombre de familia y soldado valiente. Entregó su vida en batalla. Fue ambicioso, tal vez, pero no hay evidencia de que haya usurpado el trono. Le fue ofrecido cuando el matrimonio de su hermano fallecido fue declarado nulo por la Santa Sede.

Edward IV se había casado con su cuñada viuda. Por el derecho canónico, eso constituía consanguinidad y, por eso, los niños quedaron técnicamente ilegítimos. No hay ninguna evidencia de que Ricardo los haya asesinado. Desaparecieron, por supuesto, después de la derrota de Ricardo en la batalla de Bosworth Field. El nuevo rey, Enrique VII, el primero de la casa de Tudor, no necesitaba ningún chico con sangre Plantagenet dando vueltas por ahí con la esperanza de recuperar la sucesión.

La casa de Tudor creó el mito del Malvado Ricardo III. Como dijo George Orwell, los victoriosos escriben la historia. Llámese patriotismo, o bien, lealtad, nuestro propio Thomas Moro participó. Fue el santo mártir de la fe católica, al final, pero, en sus días de gloria, fue llamado por su patrón para escribir un panfleto demonizando a Ricardo. Thomas no conoció a Ricardo. Tenía siete años cuando Ricardo murió. Fiel siervo de Enrique VIII, expuso hábilmente las mentiras políticamente convenientes de su tiempo para el consumo público.

Era un ejemplo eximio de lo que ahora se llama spin. Hacía falta una buena propaganda para validar la naciente dinastía Tudor. Ahora, sería considerado asunto de seguridad nacional. Enrique VIII tenía que guiar al reino contra la amenaza terrorista de España y Francia y, para eso, era imprescindible que su derecho al trono, cuestionado por muchos, se viera legitimado.

La mayoría, hoy en día, sólo sabemos de Ricardo III por Shakespeare. El poeta escribió su obra en 1590, basada en la narrativa aceptada de su tiempo. Imposible que fuera de otra manera; él dependía de la buena voluntad de la casa de Tudor, igual que todos. Escenificando el discurso oficial de la monarquía, el maestro lograba financiar sus proyectos y mantener la integridad de su propio pescuezo. El mundo es un escenario, mi amigo, y somos los actores. Algunas veces, guste o no, los poderosos nos designan roles inoportunos.

Incluso para la gente culta de hoy, la fuente para los datos sobre el cuerpo torcido de Ricardo, sobre su carácter perverso y el asesinato cruel de los niños es, precisamente, la obra de Shakespeare. El Bardo es, después de todo, una autoridad. Pero hay que recordar que se trata de una obra. Puede fundamentarse en los hechos, hasta cierto punto, pero en este caso, una lectura cuidadosa del texto original indicaría ciertas dudas por parte del autor sobre la historicidad de los eventos representados. Las obras dramáticas son, por esencia, ficticias. Lo sabemos, pero la imaginación triunfa sobre el dato verificable en la memoria del pueblo. La figura de Ricardo torcido y sus viles hazañas va a seguir con nosotros por mucho tiempo.

La propaganda política se llama spin por el verbo en inglés que, en su acepción original, significa narrar, o contar una historia, por lo general, una historia inventada. El spin no es un fenómeno nuevo. Maquiavelo escandalizó al pueblo de su tiempo cuando explicitó cómo era que se hacían las cosas en los centros cortesanos del poder. El Renacimiento fue, entre otras cosas, un renacer de la antigua tradición de la traición, la mentira y el engaño.

Karl Rove, asesor del Presidente George W. Bush, se conoce como el maestro del spin contemporáneo. Como Bill Gates, Rove nunca obtuvo algún título universitario, pero tenía un talento único para promover un cuento político y perseverar con el mismo hasta que pareciera verdad, aunque no lo fuera. Los impuestos sobre la herencia para las familias de extrema riqueza desaparecieron cuando se le ocurrió llamarlos impuestos de muerte. Saddam Hussein fue aceptado como el responsable de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 porque las personas precisas afirmaron, muchas veces y con el volumen alto, que era así. Por eso, hubo guerra, la cual, aún no termina. El señor Rove fue un genio para hacer que el peor argumento pareciera el mejor, y por eso, fue valorado como la mano derecha del Comandante en Jefe.

Hasta hace poco, todavía era válido formular un argumento contrario. Los hechos, aquellos puntos elusivos de información innegable sobre los cuales se fundamentan las interpretaciones y los juicios, podían ser invocados de forma consensual por hombres y mujeres, blancos y negros, de izquierda y de derecha.

Los hechos no dependen del discurso partidista. Por eso, los hechos no se discuten, se comprueban. Las opiniones se discuten. Así, los hechos servían para superar el discurso sin fundamento. El Temor Rojo en Estados Unidos, durante la década de los ’50, fue la convicción paranoica del senador Joseph McCarthy. Insistía que había un comunista debajo de cada arbusto, intentando destruir la sociedad. Su persecución oficial de los que él consideraba sospechosos fue muy popular. Tomó tiempo, pero el Temor Rojo fue superado por falta de base en los hechos. No era cierto. Agradecemos al respetado periodista Edward R. Murrow por su persistencia en ese caso.

Mi percepción es que hoy hemos sobrepasado alguna masa crítica. La balanza pesa más por el lado de las ficciones propagandísticas. Hemos escogido la decepción por sobre la percepción. Hemos colocado el mito sobre el trono todopoderoso donde antes se sentaba la verdad. El prejuicio y la diatriba irracional han desplazado al argumento cuidadoso y objetivo. El pensamiento claro y el juicio sólido se fueron al exilio.

Eso no es bueno. Tal vez, se debe al individualismo radicalizado. Vivimos en lo que parece una gran escuela donde cada niño tiene el derecho inalienable a escoger lo que considera verdadero, aun cuando no haya dato alguno que lo fundamente, y muchos datos para contradecir. No queremos que se sienta mal, pobrecito. Si alguien le dice que debe ceñirse a los hechos, tal vez, Juanito se sienta oprimido. Sería políticamente incorrecto, ¿no?

El Oxford English Dictionary (OED) escogió un término escandaloso para su palabra del año de 2016: post-truth, (posverdad). Como la post-modernidad, pareciera indicar una época en la cual la verdad quedó como la obsesión excéntrica de algunos, una moda obsoleta de antaño.

El venerable OED define la posverdad como relacionado a circunstancias en las cuales los hechos objetivos tienen menos peso sobre la opinión pública que los sentimientos y creencias personales. Los editores han observado un incremento de 2 mil por ciento en el uso del término en los medios escritos. Atribuyen el aumento al referéndum sobre el Brexit, en Gran Bretaña, y al proceso eleccionario presidencial más conflictivo de toda la historia en Estados Unidos.

El  Washington Post comunica: Es oficial. La verdad ha muerto. Los hechos pasaron de moda. Se espera que se trate de una dosis de ironía. Los políticos siempre han mentido, pero, de ahora en adelante, no importa. No hay que esperar otra cosa. David Frum, de la revista The Atlantic, describió la deshonestidad del Presidente Electo como cuantitativamente diferente de cualquier cosa anteriormente observada en ningún candidato de un partido masivo. Eso se hizo evidente en la campaña, pero, a sus seguidores, no les importó.

El problema de fondo, con la época posverdadera, no es lo que vaya a acontecer en la Casa Blanca, la Torre Trump o el Castillo de Windsor. El problema real es que la manera en que se ejercita el poder en las cumbres doradas de la gloria tiende a replicarse hacia abajo. En el trabajo, en la escuela, en la familia y entre los amigos, lo que se siente tendrá precedencia por sobre lo que se puede fundamentar en los hechos. Maquiavelo y Rove son los nuevos profetas

Cuando terminó su período como Director de la CIA en 2005, Porter Goss fue invitado para hacer el discurso de licenciatura en la Tiffin University, cerca de Cleveland. Dijo a los graduandos, “Si esto fuera una promoción de agentes de la CIA, mi consejo sería breve y directo. No reconozcan nada, nieguen todo y preparen contra-acusaciones”. Supongamos que era broma. Pero, ahora, ya no tanto. Una vez, escuché a un jefe de scout diciendo exactamente lo mismo a los niños. Y no era divertido. Además, eso no es el escoutismo auténtico. Los scouts prometen ser confiables, leales, corteses, caritativos, obedientes, austeros, valientes, limpios y reverentes.

El pesimismo no es bueno, yo sé, pero el realismo, sí. Tal vez, la verdad sobrevivirá en las catacumbas. Espero que haya, ahí, espacio para mí. Si es así, tal vez haya un renacimiento, y tal vez, aprendamos, de esto, una lección importante. Tomará mucho tiempo, pero las cosas valiosas siempre toman tiempo.

Los que todavía reconocemos la diferencia entre la verdad y el dominio del que grita más fuerte tenemos que asumir el desafío, no perder la capacidad de asombro, luchar en contra de la normalización de la prepotencia, no dejar que la posverdad se incruste en la cultura como una pieza más de la identidad colectiva.  Esto va mucho más allá de apoyar a un candidato o al otro.  Es un llamado a no olvidar quiénes somos, cuál es el sentido y para qué son nuestras vidas. 

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Imagen extraída de: Terrirorio Abierto