Silencio: cuando el cine se convierte en oración

Silencio: cuando el cine se convierte en oración

Sonia HerreraAyer se estrenó Silencio de Martin Scorsese, pero yo tuve la suerte de asistir a su preestreno en los cines Texas de Barcelona el pasado 20 de diciembre. Y digo suerte porque la película superó con creces mis expectativas y porque desde entonces he tenido unos cuantos días para asimilarla y cavilar sobre lo visto y sentido en aquella sala.

Fui al cine sin leer la novela homónima que Shûsaku Endô escribió en 1966 y en la que se basa el film, y con la idea preconcebida de que me iba a encontrar con una película profunda y hermosa al estilo de La misión (Roland Joffé, 1986) -en la que, por cierto, también aparecía Liam Neeson interpretando a un sacerdote jesuita-, pero no sabía hasta que punto iba a ser desgarradora y penetrante.

No voy a hablar en este artículo del argumento del film, de la historia que lo inspira ni de ninguna escena en concreto. Tampoco voy a desvelar ninguna acción esencial de la película ni voy a repasar la larga trayectoria de Scorsese ni voy a ahondar en la factura técnica y artística del film que simplemente deja sin aliento. Sí hablaré, en cambio, de mis sensaciones y emociones, de las preguntas que me suscitó la película, de los recuerdos que desató y, por supuesto, del silencio.

Según he leído en algún medio, Scorsese ha tardado 30 años en llevar a cabo este proyecto y ese proceso se palpa y se mastica en el film. Sí, es cierto, la película se basa en una novela escrita por un tercero, pero al adaptar una novela y llevarla al cine, irremediablemente el realizador deja su impronta, selecciona, descarta y construye un relato similar, pero siempre distinto, que deja entrever mucho de sus propias preguntas, de sus dudas, de sus miedos…, incluso de su propia fe.

Sin lugar a dudas esta no es una película ligera y amable para pasar el rato (dura 2 horas y 41 minutos). Tampoco es una película épica al estilo clásico y, repasando la cinematografía de Scorsese, que nadie piense tampoco que es una película con grandes dosis de acción. Suspense sí hay. El suspense en el que te coloca el miedo y la confrontación con la injusticia, pero también el suspense ante la duda -la del personaje de Andrew Garfield en el papel del Padre Sebastião Rodrigues, pero también la propia como espectador/a-. Ya lo decía Jaime Tatay hace algunos meses en su artículo “Dudo, luego creo”: “la duda es como una compañera incómoda de viaje que con demasiada frecuencia se acerca, se cuela en nuestra vida y nos cuestiona. (…) Dudar y creer forman parte de la misma búsqueda, de la única búsqueda posible hacia una relación más sincera y auténtica con Dios”. Y así también lo creía Chesterton cuando afirmaba que “una fe sin dudas es una fe dudosa”.

Scorsese construye así, desde una fe con dudas y en suspenso, un silencio muy elocuente que nos dice mucho sobre el hoy, sobre la persecución religiosa y también sobre la necesidad de un diálogo interreligioso que propicie la convivencia, la comprensión y el acercamiento. Pero a la vez, la película realiza una potente crítica a la arrogancia del catolicismo durante siglos de imposición y desdén hacia las otras creencias apropiándose de la Verdad absoluta y con mayúsculas. Una crítica y una muestra de la persecución y la inculturación del cristianismo en Japón que me transportó a la iglesia de San Juan Chamula, en Chiapas (México) y a sus cultos sincréticos, pero también a la lectura del Evangelio del pasado 29 de diciembre que nos habla de una fe cristiana que al convertirse en establishment perdió parte de su carácter revolucionario, el de una fe que según Simeón estaba destinada a hacer que muchos se levantaran (Lc 2, 33).

La pregunta que planea durante toda la película y que nos interpela a todas y todos los creyentes –de cualquier confesión– y quizás a algún que otro agnóstico es “¿qué nos pide Dios?”. ¿Debemos anteponer los símbolos y la liturgia a las personas o lo que nos pide es llevar la lucha por la justicia hasta las últimas consecuencias? ¿Cómo debemos actuar ante la sospecha del abandono de Dios o ante el supuesto silencio de éste en un mundo violento y déspota donde a día de hoy, más de 300 años después de los hechos narrados por Endô y Scorsese, continúa lloviendo sobre mojado? ¿Cómo no dudar ante el sufrimiento y el dolor? ¿Nos pide Dios que le neguemos si es necesario por el bien del prójimo?

Ahí está el aguijón y las espinas de este film introspectivo que nos coloca contra las cuerdas de nuestra propia experiencia espiritual y nos interroga sobre nuestro ser y estar en el mundo, nuestro cargar con cruces –propias y ajenas– y seguirle (Lc 9, 23), nuestro poner la otra mejilla (Lc 6:29), nuestra misión de ser “sal de la tierra” (Mt 5:13), nuestro hacer justicia a los oprimidos (Sal 10,18), nuestro dar la vida por nuestros hermanos y hermanas (Jn 3,16)… nuestros propios silencios, prudencias y cobardías.

Para la elaboración de mi tesis doctoral estoy leyendo un libro del que fuera mi maestro en la carrera de Comunicación Audiovisual, Josep M. Català Domènech. Se trata de El murmullo de las imágenes. En él, Català reflexiona repetidamente sobre el silencio: “el silencio se acostumbra a considerar el resultado de una ausencia, una entidad negativa que implica la no presencia de lo que se entiende como el elemento esencial y que, por tanto, debería estar: ausencia de sonido, ausencia de voz, ausencia de música o ausencia de visualidad”.

Es curioso, pues, que en el film de Scorsese la ausencia signifique precisamente presencia. Una presencia de Dios que recuerda a aquella parábola de autoría desconocida sobre unas huellas que aparecen y desaparecen en la arena y que dice así:

«Una noche tuve un sueño… soñé que estaba caminando por la playa con el Señor y, a través del cielo, pasaban escenas de mi vida.

Por cada escena que pasaba, percibí que quedaban dos pares de pisadas en la arena: unas eran las mías y las otras del Señor.

Cuando la última escena pasó delante nuestro, miré hacia atrás, hacia las pisadas en la arena y noté que muchas veces en el camino de mi vida quedaban sólo un par de pisadas en la arena.

Noté también que eso sucedía en los momentos más difíciles de mi vida. Eso realmente me perturbó y pregunté entonces al Señor: “Señor, tú me dijiste, cuando resolví seguirte, que andarías conmigo, a lo largo del camino, pero durante los peores momentos de mi vida, había en la arena sólo un par de pisadas. No comprendo por qué me abandonaste en las horas en que yo más te necesitaba”.

Entonces, Él, clavando en mí su mirada infinita me contestó: “Mi querido hijo. Yo te he amado y jamás te abandonaría en los momentos más difíciles. Cuando viste en la arena sólo un par de pisadas fue justamente allí donde te cargué en mis brazos”».

El mismo Jesús crucificado clamó al cielo con aquel salmo suplicante que decía “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27, 46) sabiéndose, sin embargo, sostenido por sus brazos, confiado en la “esperanza de alcanzar la justicia que está basada en la fe” (Gl 5, 5).

Por ventura esa sea la oración que nos deja Silencio para repetirla entre susurros: que se calle el ruido un solo instante, que sepamos hacer que cese. Que calle el ruido de las balas, de las bombas, de la fuerza, de la opresión, de la desigualdad, de los que tienen el poder y controlan los grandes medios, del espectáculo, del consumismo, de la banalidad… Que se calle el ruido para poder escuchar el clamor de las víctimas y así escuchar la verdadera voz de Dios porque como en aquella bella canción de Ismael Serrano, “si se callase el ruido, quizá podríamos hablar y soplar sobre las heridas, quizás entenderías que nos queda la esperanza”.

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