Reflexión de fin de año: Recoser un mundo que se rompe (I)

Reflexión de fin de año: Recoser un mundo que se rompe (I)

Cristianisme i JustíciaAbandonamos el año 2016 con una larga lista de problemas no resueltos a la que se han añadido nuevas fracturas. El dolor va creciendo, y las muertes de tantos «santos inocentes» parecen eclipsar las esperanzas generadas por los «nacimientos» de muchas iniciativas solidarias. Todo drama humano suscita la aparición de pequeños o grandes héroes que, a menudo sigilosos, curan, acogen o acompañan. Donde se genera un nuevo sufrimiento, surge gente concreta que se solidariza con quien sufre, que comparte con él lo que tiene o que se arriesga con su palabra a denunciar la injusticia que ha causado el sufrimiento. Lo hemos visto en el drama de los refugiados, en el proceso de paz de Colombia, en el huracán de Haití… Recoser el mundo es también acabar con las irritantes diferencias entre la riqueza del 1% y el 99% restante. Y esa fractura humana se proyecta también hacia la naturaleza. El diálogo con ella se llama «ecología».

Constatamos que gran parte de los problemas mundiales están causados por la incapacidad de diálogo de las partes enfrentadas y una polarización creciente de los discursos que destruye a las posiciones intermedias, que son los puentes por los que necesariamente transitará la solución.

Desde Cristianisme i Justícia lanzamos una llamada al diálogo y a rebajar las tensiones que amenazan con romper las relaciones en diversos ámbitos de nuestra vida.

El rédito electoral de la confrontación

Entre los hitos políticos que han tenido lugar este 2016 existe un elemento común: el rédito electoral del uso de la confrontación. Y no hablamos de la confrontación de ideas, nos referimos a la de personas, de colectivos, de naciones. Lo hemos visto en el debate sobre el Brexit, en el referéndum para un acuerdo de paz en Colombia o en la victoria de Trump en EEUU.

El insulto personal, la mentira, la desfachatez, la adopción de posiciones extremas e irreconciliables funcionan cuando se trata de ganar elecciones y referéndums porque conectan con la indignación social y canalizan las ansias de seguridad y de proteccionismo actuales. Paradigmático es el caso de las elecciones americanas, donde el candidato no disimuló sus tendencias mostrando todo el tiempo un gran descaro y repartiendo insultos sin sentido del límite. Una nueva corriente, la del autoritarismo identitario, se ha colado por las rendijas que una democracia de baja intensidad ha dejado abiertas.

Vivimos una paradoja política: el mismo ciudadano que pide transparencia y mayor participación democrática castiga al partido que muestra públicamente sus debates internos porque los interpreta como manifestaciones de debilidad.

En el caso español, después de cuatro años de un gobierno de mayoría absoluta acostumbrado a hacer y deshacer sin oposición alguna, la falta de diálogo ha ofrecido al país un año de inoperancia política. Las posiciones minoritarias no han sido incorporadas para enriquecer el debate político, al contrario: han sido aplastadas o ninguneadas, lo que imposibilita la construcción de una sociedad verdaderamente democrática y plural. El objetivo más habitual ha sido destruir al partido o grupo rival, más que velar por los intereses del país, y ello aunque no se disponga de una propuesta para recoger los escombros que el desgaste social y político genera. De igual manera, podemos considerar el deterioro de las relaciones entre Cataluña y el resto de comunidades autónomas, o con el Gobierno central. Ni siquiera es posible hablar de «diálogo de sordos» pues el diálogo desapareció hace años, con el consiguiente riesgo de fracturar los partidos, polarizar las opiniones y hacer desaparecer las propuestas intermedias.

No se escucha, se impone; no se valora, apenas se tolera; no se construye, se destruye. La complejidad de las decisiones a tomar debe venir acompañada de procesos deliberativos claros, abiertos, dialogantes… Si no, el ciudadano medio, cansado y desanimado, se abstendrá o escogerá la opción que permita con más celeridad el cambio de coordenadas políticas, aunque sea por la vía autoritaria, intolerante y de confrontación.

La extrema derecha como problema y como síntoma

Otro síntoma que demuestra hasta qué punto nuestra sociedad manifiesta cada vez más hostilidad hacia la democracia es el auge de la extrema derecha en Europa: ya no se trata solo de una ideología de pequeñas minorías, sino de una verdadera tentación para las masas. En Polonia, un partido como Ley y Justicia obtuvo en 2015 el 37,6% de los votos; en Hungría, el Movimiento para una Hungría mejor (Jobbik), alcanzó el 20,2% en 2014. El auge de estos movimientos no se da solo en países donde la democracia es una realidad relativamente reciente. En los países nórdicos ha crecido hasta porcentajes alarmantes, como el 13% de Suecia y el 21% de Dinamarca. En países de larga tradición democrática como Francia (27%), Alemania (14%), Suiza (29%) o Austria (20%) los datos son profundamente preocupantes. Además, el apogeo de la extrema derecha está condicionando las políticas de todos los países europeos en materias como las de inmigración, la acogida de refugiados o incluso la libertad religiosa.

Una buena parte de este crecimiento se produce precisamente en barrios o en ciudades que se habían considerado como feudos de los partidos de izquierdas. Las desigualdades crecientes y la globalización del mercado de trabajo de más baja cualificación han dejado desprotegidas a ciertas capas sociales y han desencadenado el miedo en una parte importante de la población. La inmigración ha pasado a ser vista como una amenaza en los ámbitos económico, cultural y religioso (¡en la Europa descristianizada!). El miedo «prende» con gran facilidad y explota en forma de extrema derecha.

Para contrarrestar el auge de los movimientos de la extrema derecha es preciso no obviar las causas profundas que lo favorecen y construir un nuevo relato en que la reducción de la desigualdad, la protección social y la lucha contra los prejuicios culturales sean claves. Tanto partidos como sociedad civil nos jugamos no solo la convivencia, sino el futuro de nuestra democracia; una democracia política que no puede existir sin democracia económica.

Si hace unos años podíamos pensar que la democracia y la modernidad eran «el fin de la historia» y que los países irían poco a poco sumándose a la fortaleza de su «verdad», en la actualidad estamos presenciando importantes involuciones (la Turquía de Erdogan, la Rusia de Putin, los EEUU de Trump…). Así pues, si hace unos años parecía que caminábamos inexorablemente hacia una globalización de la democracia, hoy parece más probable el retorno a una globalización del miedo y de las fronteras.

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La segunda parte de este Papel la publicaremos mañana en el blog. Si no puedes esperar y quieres leerlo completo, haz clic aquí.

fin de año

Imagen extraída de: Pixabay