El nuevo rostro de la Iglesia... sin maquillajes

El nuevo rostro de la Iglesia… sin maquillajes

[Este artículo forma parte del Cuaderno CJ número 200 y corresponde al epílogo del mismo.]

Jaume FlaquerA menudo la Iglesia avanza a trompicones. Después de una cierta revolución o una puesta al día (aggiornamento) en su relación con el mundo hay un paréntesis de consolidación que puede durar años, décadas o siglos, e incluso puede producirse una cierta regresión. Mientras, el mundo sigue evolucionando, y vuelve a producirse una falta de adecuación de la Iglesia con el mundo, lo cual le obliga a hacer otra revolución.

Es cierto que una reforma siempre es necesaria, incluso urgente, cuando está en juego el que las personas puedan encontrar fundamentos que sostengan su fe, una situación en la que nos encontramos hoy.

Si queremos cambiar el rostro de la Iglesia es preciso cambiar su mirada, puesto que lo más importante del rostro es la manera de mirar, y también de escuchar y de gustar del mundo que se le presenta. La mirada renovada no puede ser otra que la de Jesús, puesto que es a través de Jesús que Dios mira y siente el mundo; un Jesús que no mira desde cualquier sitio o desde un lugar neutro, sino desde el lugar del esclavo, desde el lugar del pobre, a los pies de los demás, de abajo arriba y desde el margen hacia el centro. Ciertamente, se trata de una mirada diferente a la que la Iglesia nos tiene acostumbrados: juzgadora, prepotente y controladora, una mirada de arriba abajo y del centro hacia el margen. Y, por supuesto, una mirada también diferente para recuperar la mirada femenina del propio Jesús: pacificadora, servidora y cuidadora que se expresa en los milagros y parábolas del Evangelio.

De la religión de los «perfectos» a la misericordia de Dios

La Iglesia necesita asimismo recuperar la indignación de Jesús y su misericordia. No se trata simplemente de aumentar el tono de indignación ni el grado de misericordia sino de sentirse proféticamente indignados frente a aquellos con los que Jesús se indignó: los ricos, los hipócritas y los orgullosos. Además, es preciso expresar infinita misericordia con aquellos con los que Jesús se mostró misericordioso. La Iglesia adinerada ha sido demasiado comprensiva con los corruptos y los defraudadores y excesivamente dura contra los homosexuales, los divorciados, etc.

Frente a la hipocresía religiosa, y frente a esa religión de los «perfectos», la Iglesia debe presentarse como una comunidad de personas que experimentan cotidianamente la misericordia de Dios y no como aquellas que se ven superiores a los demás. En realidad, detrás de las discusiones sobre la admisión a la comunión de los divorciados o la inclusión de los homosexuales en el seno de la Iglesia, se visibiliza una lucha entre dos modos antagónicos e irreconciliables de entender la religión. Solo así puede entenderse la vehemencia de las discusiones: una Iglesia de los perfectos que mira por encima del hombro a los que considera que no lo son, frente a una Iglesia acogedora, como la de Jesús, que se reconoce llena de gente sencilla, cojos, mancos, recaudadores de impuestos, prostitutas, etc. Se trata de la misma dicotomía que existía entre los fariseos y el grupo que seguía a Jesús, al que criticaban aquellos por comer «con publicanos y pecadores».

El fariseísmo vive con miedo al refrán «dime con quién andas y te diré quién eres». Cree que si se da la comunión a alguien que ha fracasado en su matrimonio, se impurifica al mismo Cuerpo de Cristo y a los demás miembros. En cambio, la Iglesia de Jesús se mezcla entre la gente sencilla para acogerla, acompañarla, darle esperanza y sanarla.

De la autorreferencialidad a la escucha del sufrimiento

La Iglesia debe descentrarse y acercarse al marginado, y abandonar, o como dice Francisco, huir de la autorreferencialidad. Esta preocupación de la Iglesia de hablar solo de sí misma y cada vez más para sí misma, con unos documentos que interesan a muy pocos, debe transformarse en una Palabra dirigida al pueblo y a su sufrimiento. En esta preocupación por el sufrimiento, debe reconocer con dolor a las miles de víctimas que ella misma ha producido y sigue produciendo. Ella, que se constituyó sobre la sangre de los mártires, pasó a ser verdugo. Las víctimas del fariseísmo judío denunciado por Jesús –leprosos, mujeres con flujos de sangre, publicanos, pastores, etc.– son hoy los homosexuales, los divorciados, etc., que se han visto marginados por la misma Iglesia. La Iglesia debe oír su sufrimiento.

De Cristo Rey a la figura de Jesús

La Iglesia debe dejar de ser un reflejo del «Cristo Rey de este mundo» y recobrar la imagen de Jesús servidor y cuidador que se postra a los pies de sus discípulos. La Iglesia, en tanto que imagen de Cristo Rey de este mundo, es la que transmite una imagen de Dios como Todopoderoso, Emperador, Patriarca, en el sentido masculino del término, y en lo que se ha de transformar es en una Iglesia capaz de reflejar la imagen del Dios que integra lo masculino y lo femenino. De una Iglesia preocupada en predicar al mundo la existencia de un Dios «más perfecto del cual nada puede pensarse» debemos pasar a una Iglesia que intenta presentar al Dios que se manifiesta débil en la figura de Jesús.

De la jerarquía a la escucha: Dios en el pueblo

Es ineludible para la Iglesia ver y escuchar a «Dios en todas las cosas» y personas, como base teológica de la participación de todos en las decisiones que adopte. El sujeto de la escucha es toda la Iglesia y no solamente su jerarquía. Teológicamente hay que retomar aquella idea de que toda la Iglesia es profética y toda ella es sacerdotal. Así, el que tiene que ver y escuchar a Dios es la Iglesia en su totalidad y no solo su jerarquía, y si Dios habla en el pueblo, la jerarquía debe escucharlo. El sondeo mundial ante el Sínodo de la Familia no fue una mera encuesta para aceptar la opinión mayoritaria: fue un acto de fe de la presencia de Dios en el pueblo. La Iglesia debe fundamentarse en esto para caminar hacia una mayor horizontalidad en la toma de decisiones y en una desclericalización en línea con el Evangelio.

De la comunidad cerrada a la comunión y el diálogo

La Iglesia debe ser una gran comunidad de comunidades en las que el diálogo constituye un elemento esencial. Además, la Trinidad no es una «comunidad» cerrada sino que está en constante salida de sí misma. Por ello, si la Iglesia está llamada a ser su imagen, debe estar en un continuo salir de sí dialógico hacia el mundo. Por consiguiente, la Iglesia debe pronunciar una Palabra de denuncia, una Palabra salvadora, pero también una Palabra de bendición. Debe denunciar las desigualdades económicas indecentes, recordando el destino común de los bienes de la tierra, y condenar las discriminaciones por motivos de raza, religión y género.

La Palabra salvadora la debe pronunciar la Iglesia no solo a través de los sacramentos sino a través de su acción social. Pero la Iglesia no se puede olvidar de pronunciar una Palabra de bendición –en el sentido de decir bien– sobre todas las cosas. Esa fue la Palabra creadora de Dios cuando decía que «todo era bueno». De igual manera, la Iglesia debe ser capaz de ver y de reconocer todo el bien que es producido por gente cristiana y no cristiana. Así se expresa el papa Francisco cuando dice que el confesionario «no puede ser una sala de tortura». Una Palabra de bendición es la Palabra de san Francisco y que reproduce el papa: «Laudato Si’», con toda la dimensión ecológica que esta contiene.

Con rostro de mujer

Este cambio de rostro de la Iglesia debe tener, pues, una traducción eclesiológica y litúrgica que potencie la horizontalidad y la consulta, e integre a la mujer en los órganos de decisión y de celebración litúrgica. En el año de la misericordia propuesto por el Papa, no puede darse un verdadero giro hacia esta actitud sin un giro femenino. La «misericordia» bíblica traduce la raíz R-H-H hebrea (o árabe en rahim) que es aquel amor que surge de las entrañas de Dios, de su regazo o incluso de su útero maternal (rehem). Por eso, no puede haber una conversión a la misericordia sin una conversión a lo fememino. El patriarcalismo teológico ha ido históricamente de la mano de la violencia legitimada religiosamente y una Iglesia pacífica y del cuidado no acabará de hacerse sin asumir plenamente a la mujer.

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Obra del artista He Qi