Espiritualidad y justicia liberadora desde la ciencia social de Ignacio Martín-Baró

Espiritualidad y justicia liberadora desde la ciencia social de Ignacio Martín-Baró

Agustín OrtegaEl Centro Cristianisme i Justícia de los Jesuitas en Cataluña, que está celebrando su 35 aniversario, inauguró el curso hace algunas semanas con una conferencia de Boaventura de Sousa Santos. Este autor y catedrático universitario es un pensador reconocido, relevante en el ámbito de las ciencias sociales. Y esta conferencia, al igual que su último libro, plantea la cuestión de si la experiencia religiosa de Dios, con sus espiritualidades y teologías correspondientes, promueve la dignidad, la justicia y los derechos humanos. Esta cuestión es clave en la historia y el desarrollo de la ciencia social que, con sus diversas corrientes o autores, ha estudiado el constitutivo carácter social y público de la religión.

Uno de los autores y científicos sociales que ha tratado dicha cuestión fue el jesuita Ignacio Martín Baró SJ, uno de los conocidos como mártires de la UCA. En el año 1989, Nacho (como le llamaban sus amigos), junto a Ignacio Ellacuría SJ y 4 compañeros jesuitas más, fueron asesinados en esta Universidad del Salvador, debido a su compromiso por la justicia y los derechos humanos. Este artículo, quiere ser memoria y sentido homenaje a Nacho, Ellacu y sus compañeros jesuitas en el aniversario de su martirio.

Desde la psicología social de Martín-Baró, podemos estudiar como la experiencia religiosa nos puede llevar hacia la deshumanización y la alienación, o a la responsabilidad y compromiso liberador con los pobres de la tierra. Ciertamente, la religión y la fe han podido ser utilizadas, manipuladas para proteger el des-orden injusto establecido, los privilegios e intereses de los poderosos y enriquecidos, al servicio del poder y la riqueza. Pero, como estudió Nacho, no tiene que ser necesariamente así, sino que la experiencia religiosa se manifiesta con un carácter social, comprometido y liberador.

Martín-Baró conoció, reflexionó y vivió el testimonio de fe y de justicia liberadora con los pobres, tal como se empezó a manifestar desde la iglesia latinoamericana en la década de los 60 del siglo pasado. Con las comunidades eclesiales de base, sus espiritualidades y teologías liberadoras, las Conferencias Episcopales de Medellín y Puebla, con Obispos como Helder Cámara, Leonidas Proaño o Mons. Romero. Éste último, Arzobispo del Salvador con el que colaboraron estrechamente los jesuitas de la UCA, también fue asesinado en 1980 por su defensa de la vida, dignidad y derechos de los pueblos y de los pobres. Nacho estudió y expuso a Mons. Romero, recientemente beatificado por el Papa Francisco, como uno de los símbolos de una fe liberadora y comprometida por la solidaridad y la justicia con los pobres.

De esta forma, toda esta experiencia de la iglesia latinoamericana con testigos de la talla de Mons. Romero, los jesuitas mártires de la UCA u otros como Rutilio Grande SJ, Lluis Espinal SJ, etc. nos muestran a una iglesia de la misericordia y compasión. Una iglesia pobre con los pobres, en salida hacia las periferias para la promoción de la justicia y de la fraternidad solidaria. Una iglesia y un Dios de la vida frente a los ídolos de muerte como son el poder, la riqueza, las guerras y violencias que generan víctimas y pobres.

Es una renovada forma de conocimiento y de experiencia humana, espiritual que desde la centralidad u opción por (justicia con) los pobres, nos abre a la vida, al desarrollo integral y a la esperanza. Los pobres, excluidos y víctimas nos desvelan la desigualdad e injusticias de las relaciones humanas y de las estructuras sociales, de los sistemas políticos y económicos. No hay verdadero progreso ni auténtico desarrollo, y no se cumplen los derechos humanos, cuando las necesidades vitales de los pueblos y pobres no encuentran respuestas. La historización de la democracia, del bien común o de los derechos humanos nos muestran la verdad real que, en la vida y realidad histórica, no se respetan ni cumplen: el ser sujetos protagonistas de la realidad social, pública y política; unas condicione sociales dignas y justas que permitan el desarrollo integral de los pueblos; los derechos esenciales como la alimentación, la educación, la sanidad, la vivienda, un trabajo digno….

La verdad de la vida y de la realidad se nos revela en el signo permanente de los pueblos crucificados por el mal e injusticia. La luz de la vida y la verdad es aprisionada por la injusticia u opresión, como padecen los pueblos y pobres, y es encubierta por la mentira. De lo que se trata es de desenmascarar a la mentira que encubre y justifica la desigualdad e injusticia que sufren los pobres, de la desideologización de la realidad y de la fe que mantiene o ampara esta dominación injusta. Nacho propuso, como una de las tareas principales de la ciencia social y psicología, esta desideologización de la realidad y de la fe que lleva a permanecer resignado e impasible ante el mal e injusticia, que mantiene y alimenta el des-orden injusto establecido.

De tal forma, Martín-Baró nos señalaba toda una psicología y espiritualidad de la esperanza en donde los pobres se convierten en sujetos transformadores de la realidad social e histórica. Lo establecido o el presente del mal e injusticia no es la única realidad cierta, sino que es posible otra realidad y un futuro en el que se promuevan todas las capacidades y potencialidades de las personas. Y para todo ello, tenemos que rescatar la memoria de los pueblos, sus historias, tradiciones y acontecimientos emancipadores, sus valores y virtudes que les han posibilitado llevar adelante una vida solidaria, luchadora y liberadora. Hay que promover la organización de las comunidades y de los pueblos, encarnarnos y comprometernos en aquellos movimientos u organizaciones que promuevan la justicia y los derechos humanos.

En esta línea, hay que promocionar una concientización y valoración crítica de la realidad, en ser actores de la praxis transformadora de la opresión e injusticia. Con una educación liberadora e integral que impulsen esta justicia y protagonismo de los pobres de la tierra, esta transformación de las relaciones y estructuras dominadoras e injustas. De tal forma que la civilización del capital, con sus dinámicas de acumulación y del beneficio como motor de la historia, deje el paso a la del trabajo y la dignidad. Al servicio de las necesidades de las mayorías populares y empobrecidas. Y a la civilización de la riqueza, del ser rico y del tener-poseer, se oponga la de la pobreza, la solidaridad como sentido de la historia y realización de la felicidad en el compartir la vida, los bienes y las luchas liberadoras con los pobres de la tierra.

Este legado de Martín-Baró, Ellacuría y todos estos testigos resuena aún en lo más profundo de la conciencia a historia, clama en la memoria de las víctimas y mártires por la justicia. Nos convoca a hacernos cargo, cargar y encargarse de la realidad con una ciencia con conciencia, con una sabiduría y verdad desde la pobreza solidaria en la promoción de la justicia liberadora con los pobres. La vida es para gastarla por los demás, como Jesús, para dar vida en plenitud en el Dios de la vida.

Martín-Baró

Imagen extraída de: La Tulpa