Lucidez, compasión y utopía: competencias espirituales para un mundo en cambio

Lucidez, compasión y utopía: competencias espirituales para un mundo en cambio

[Este artículo forma parte del Cuaderno CJ número 200 y corresponde al séptimo capítulo del mismo. Durante las próximas semanas publicaremos en este blog el resto de capítulos del cuaderno.]

José LagunaEn el mundo educativo se va imponiendo la metodología competencial que define, articula y evalúa los saberes prácticos que deben adquirir los alumnos. Según el aprendizaje competencial, saber matemáticas no es solo recitar de memoria las tablas de multiplicar sino ser capaz de calcular cuántos euros entregar en la frutería cuando hemos llenado la bolsa de la compra con tres kilos y medio de naranjas y dos de manzanas. Una de las alertas educativas que periódicamente revelan las famosas pruebas PISA es que los estudiantes españoles conocen perfectamente las tablas pero no saben cuánto deben pagar en el supermercado. Esta escueta presentación de la metodología competencial no oculta las voces críticas que la acusan de mercantilizar el conocimiento y de despreciar los saberes no instrumentales.

En el intento prospectivo de vislumbrar los desafíos de una espiritualidad significativa para el siglo XXI, acudimos a la metodología competencial para determinar los aprendizajes espirituales que consideramos «útiles» para transitar por un mundo complejo, plural y globalizado. No buscamos tanto describir prácticas meditativas (oración, silencio, ascesis, liturgia, etc.) como sus efectos: ¿qué sabiduría para la vida cotidiana necesitan los hombres y mujeres que hoy se ejercitan en la práctica de la espiritualidad? Como ocurría con la educación, somos conscientes de la deriva utilitarista que el neoliberalismo busca imponer sobre actividades gratuitas e «inútiles» como la espiritualidad; nuestra perspectiva competencial se sitúa tras la pedagogía de la carta de Santiago que busca determinar la fe que no se ve a partir de las obras observables (Stg 2,18).

De la fuga mundi a la espiritualidad en y para la realidad

Partimos de la definición de espiritualidad que propone Jon Sobrino como la capacidad que todo ser humano tiene de reaccionar ante la realidad con ultimidad. La espiritualidad no es una fuga mundi que huye del compromiso transformador de una realidad muchas veces injusta, sino una relación trascendente con el mundo que se habita. Es en esa relación con una realidad que se abre más allá del dato empírico en las que la lucidez, la compasión y la utopía constituyen, a nuestro criterio, tres competencias esenciales de una espiritualidad cristiana.

Antes de analizar brevemente cada una de ellas, conviene señalar que la espiritualidad cristiana define su «ultimidad» desde la cruz y la resurrección de Jesucristo. Hay muchas espiritualidades pero solo una se confronta con la vida, muerte en cruz y resurrección de una víctima que confesamos como Dios. La espiritualidad cristiana se sitúa en un eje de coordenadas en el que confluyen el sufrimiento de los crucificados de la historia y la esperanza de la intervención salvífica de Dios en su favor. Ser espiritualmente competentes supone insertarse cristianamente en la dinámica pascual (muerte y resurrección) de la realidad.

Del silencio contemplativo a la lucidez personal y social

Aquellos y aquellas que se adentran por los senderos de la interioridad coinciden en afirmar que la práctica asidua del silencio, lejos de amurallarlos tras un ensimismamiento autista les hace mucho más conscientes de su mundo interior y de la realidad circundante. Como las aguas turbias que al remansar se vuelven cada vez más transparentes, el silencio contemplativo acalla ruidos, prejuicios y discursos hegemónicos para llegar a la esencia de la realidad y a llamar a las cosas por su verdadero nombre.

La lucidez, como capacidad de relacionarse de forma desideologizada con la realidad, resulta vital en épocas de tránsito como la actual, en la que la ausencia de metarrelatos compartidos es caldo de cultivo para epistemologías interesadas que reducen la realidad a contratos sociales autodefensivos y relaciones mercantiles.

Al final del capítulo segundo del libro del Éxodo se dice que Dios escuchó los lamentos de su pueblo y comprendió lo que estaba pasando (cf. 2, 23-25), un «comprender» divino que reconoce a las víctimas de la esclavitud del faraón. Reconocer la injusticia estructural que late tras el clamor de las víctimas es una competencia espiritual especialmente necesaria en un momento de capitalismo desbocado que busca eludir su responsabilidad directa sobre el sufrimiento de grandes mayorías empobrecidas y culpablemente invisibilizadas.

En el contexto de una espiritualidad válida para una época que aún está en gestación, la lucidez se relaciona con la capacidad de discernir los «espíritus» que laten tras la realidad personal y social. Se trata de la competencia para reconocer la presencia de dinámicas de pecado y de gracia en la historia; las primeras para combatirlas y las últimas para fomentarlas.

De la lucidez a la compasión

Si con la espiritualidad ganamos en lucidez, necesariamente nos volvemos más compasivos. La espiritualidad alimenta una mirada samaritana que nos hace reaccionar con compasión ante las víctimas que nos salen al encuentro. En la estela de Lévinas, los cristianos afirmamos que, en la mirada interior propia de la espiritualidad, no solo nos encontramos con el «rostro del Otro» sino también, e inseparablemente, con los rostros de los otros y las otras sufrientes, vidas que nos interpelan y nos responsabilizan.

En los albores del siglo XXI, la compasión es una competencia que debe aunar la justicia con el cuidado de los otros y de la Tierra. La espiritualidad hunde sus raíces en una hospitalidad radical que busca suturar una fraternidad que la modernidad individualista dejó malherida. Hoy, el cuidado de los otros se sitúa en un horizonte intergeneracional en el que una solidaridad diacrónica nos hace responsables de la casa común que dejamos en herencia a nuestros hijos e hijas.

De la globalización sacralizada a la utopía sostenible

Lo que nos diferencia y determina como especie es nuestro empeño en transformar la naturaleza en cultura. Desde el primer ser humano que labró la tierra para forzarla a dar su fruto allí donde él quería, hasta el astronauta que desafía la ley de la gravedad empeñada en anclarlo al suelo, la historia de la humanidad es el esfuerzo continuo por acercar la realidad al horizonte de nuestras necesidades y de nuestros sueños. En el ámbito de la espiritualidad cristiana ese horizonte viene determinado por las necesidades de los últimos (los que ahora pasan hambre, los que lloran, las mujeres maltratadas, los refugiados, etc.) y la promesa divina de la reversibilidad de esa situación («Dichosos los que ahora pasáis hambre porque os van a saciar. Dichosos los que ahora lloráis porque vais a reír…» Lc 6,20-26).

El sueño divino sobre la humanidad se llama Reino de Dios, y la competencia espiritual consiste en el trabajo de avecinar la realidad hacia él. Una competencia que se sitúa entre el activismo transformador y la pasividad agradecida, una tensión espiritual que la tradición ignaciana resume certeramente: «Actúa como si todo dependiera de ti, sabiendo que en realidad todo depende de Dios».

El «ya pero todavía no» paulino no es una hermenéutica consoladora que se agota en explicar el presente sino el aguijón que impulsa a regionalizar la esperanza: «Como Gran Ausente y Gran Vigente, la Utopía, que puede ser el mejor nombre del Dios-sin-Nombre, será siempre un reparo o una objeción a todo lo que los seres humanos construyamos porque aún queda lejos de nuestras aspiraciones; y será, a la vez, un acicate ante todas nuestras decepciones: porque, aunque no sea verdad plena aquello del yes, we can o “sí se puede” –como han mostrado los hechos–, seguirá siendo mucha verdad que “algo se puede”. Y ese algo es lo único que en cada momento se nos pide».

En nuestra modernidad líquida, la utopía del Reino ha de dialogar críticamente con una globalización sacralizada como «ultimidad» incuestionable. La competencia espiritual alerta sobre la perversión de una universalidad financiera presentada con contornos mesiánicos y edificada sobre aranceles sociales homicidas. Justicia, bien común y desarrollo sostenible son tres exigencias utópico-espirituales que ninguna globalización puede obviar.

Por una mística femenina

(La) lucidez, (la) compasión y (la) utopía son sustantivos femeninos. No se trata de una casualidad, la elección del género ha sido pretendida. Parafraseando a Karl Rahner, para el que el cristiano del siglo XXI será místico o no será, estoy absolutamente convencido de que la espiritualidad del siglo XXI será femenina (eco-femenina) o no será. Es hora de que la Ruah se exprese en su propio lenguaje, y para ello los varones deberíamos ejercer más a menudo las competencias del silencio y la escucha. Eso es en último término la espiritualidad: guardar silencio para escucharla a Ella.

lucidez

Imagen extraída de: Taringa!