¿Para qué sirve llorar?

¿Para qué sirve llorar?

Jorge PicóLas grandes obras de arte son invitaciones al silencio, al recogimiento, a dejar que la mirada del artista te traspase. Son oraciones laicas, humanistas, gimnástica espiritual, artefactos que añaden lo real a la realidad y que nos musculan emocionalmente para hacer cuerpo con las cosas y las personas y así entenderlas mejor. Silencios que alimentan lo mejor que tenemos y que si son morada, nos ayudan a superarnos un poco. Y digo esto porque en silencio y llorosos salimos mi mujer y yo de la proyección de la película de Loach. Leo en The Guardian que no fuimos los únicos. Hamlet, ese príncipe mimado y postmoderno de Shakespeare, que renuncia a la acción se maldice porque un actor es capaz de llorarle a Hécuba en una ficción y él calla ante la injusticia (“canalla insensible, me voy hundiendo en el fango, un soñador iluminado, preñado de indiferencia, que nada puede decir… Nada…”) [1]

Nos os quiero desvelar lo que ocurre en la película. Este escrito es una invitación a los políticos para que la vean. Sí deciros que Loach nos hace llorar ante cualidades humanas que no cotizan en el mercado, las de su protagonista artesano de la madera: la integridad, la compasión, el humor, la práctica del cuidado… En una Europa donde la pobreza se está convirtiendo en sistémica, estamos asistiendo a la demolición de las almas decentes, apaleadas en un laberinto burocrático construido para evitar cualquier liberación humana posible.

La externalización de los servicios básicos es un fingimiento, un teatro que tiene que ver con los deseos del libre mercado asesino. Blake intenta desenmascararla a base de humor, esa “señal de trascendencia” [2] que nos deja ver el sinsentido que vive. La escena del cursillo sobre cómo redactar un curriculum vitae es un ejemplo.

Chomsky explica bien que la Seguridad Social “está fundada en un sentimiento humano que hay que sacar de la cabeza de la gente, a saber, el sentimiento de preocupación por los demás”[3]. Igual que Hamlet, Daniel Blake comprende que vive en un mundo desencajado, paranoico, kafkiano. Pero el insolidario y solitario Hamlet inhibe sus deseos para no volverse loco y deja esta tarea a Ofelia, mientras que Blake carga y se encarga de la realidad con su débil corazón y es una mujer quien nos recuerda al final de la película que las respuestas a la indecencia del Estado y sus apáticos ciudadanos serán comunitarias o no serán.

¿Es demasiado didáctico Loach? ¿O a los europeos nos va bien chapotear en el lodazal de la ignorancia? ¿Son agua salada de un día nuestras lágrimas? Las mías surgieron no del conocimiento, ni de mi capacidad analítica, sino de lo impensable, en concreto, de la escena de la protagonista Katie en el banco de alimentos. ¿Pueden relatos como el de Loach volver vulnerables a los políticos, hacerles perder el control y amigarlos con la pobreza?

El cine, el buen cine, es teología narrativa, nos ayuda a calibrar nuestros sensorios hacia la injusticia. De todo esto y desde una perspectiva cristiana nos habla José Ignacio González Faus en su última ponencia (libro del curso, no te tardes…): el pensamiento se desborda, revientan los púlpitos y entran la escucha, los cuidados, la mirada, nuestros lagrimales… y el dolor (como el amor) si ha sido pensado e interiorizado sólo puede narrarse. Gracias maestro Loach.

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[1] Traducción de Miguel Teruel, Pilar Ezpeleta y Vicent Montalt para la lectura teatral Shakespeare en Benicassim presentada en el Festival Temporada Alta de Girona 2013.

[2] Simon Critchley, Sobre el humor, ed. Qualea 2002, Cantabria, pág 35.

[3] Noam Chomsky, Sobre el anarquismo, ed Laetoli 2008, Cantabria, pág. 203.

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Imagen extraída de: Pixabay