Palabras que sobran, palabras que faltan, palabras que dicen, palabras que esconden…

Palabras que sobran, palabras que faltan, palabras que dicen, palabras que esconden…

Darío Mollá¡Qué cantidad de palabras solemos decir los hombres (sobre todo los hombres) de Iglesia para, en demasiadas ocasiones, no decir nada! Alguien me comentaba una vez refiriéndose a los escritos de un relevante eclesiástico: “hay que ver el esfuerzo que hace para no decir nada”… Palabras que comunican y acercan, palabras que alejan… Es curioso: el evangelio dice con palabras muy sencillas y cotidianas las cosas más profundas. Nosotros con palabras complicadas y con jerga que sólo entienden los iniciados, o no decimos nada significativo o tapamos nuestro no tener nada que decir.

Con ocasión del discutido premio Nobel de literatura a Bob Dylan, he recordado estos días  aquello de una de sus canciones (“Blowing in the wind”): “¡cuántas orejas debe tener un hombre antes de poder oír a la gente llorar!”. Y escuchar, principio de toda palabra, pide tiempo, paciencia, ausencia de protagonismo y tomarse en serio al otro.

Hay palabras que, de repente, se ponen de moda entre nosotros, expresiones felices que a base de repetirse se devalúan. Ahora entre los jesuitas hay una palabra que temo que se ponga de moda (sí, lo temo): la palabra “improbable”. Apelar una y otra vez a lo “improbable”, a lo imprevisible, para tomar luego decisiones de lo más previsibles y repetir en la práctica las palabras y los tics de siempre.

Y, por el contrario, hay palabras sencillas, humildes, de siempre, nada grandilocuentes, entrañables, que muchas veces echamos de menos en los solemnes discursos. Son, sin embargo, en su cotidianeidad las sencillas palabras que nos ayudan a afrontar las luchas de cada día. Quizá los objetivos los definen las grandes palabras, pero los ánimos y las fuerzas nos las dan las “pequeñas”.

Una de esas palabras que como jesuita me gustaría escuchar más y que echo de menos en la Compañía y en la Iglesia es “amigo”. Con toda la carga de implicación con la persona, de cercanía, de afecto, de aprecio por el concreto ser de cada persona que tiene la palabra “amigo”… “Amigos en el Señor” de Ignacio y sus compañeros, que deciden permanecer unidos para “tener cuidado los unos de los otros para el bien de las ánimas”. “Cuidar” otra palabra cálida que me gustaría oír más para poder sentirla más.

No es que las otras grandes palabras sobren, no. Pero es que esas palabras pequeñas y ausentes son las que nos hacen sentir y sabernos en camino de evangelio, de Reino de Dios y no de empresa humana (por altruista que sea): “no os he llamado siervos (trabajadores, empleados, voluntarios, piezas del tablero, números…) sino amigos”.

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Imagen extraída de: El País

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