¿Podemos amar sin mirar?

¿Podemos amar sin mirar?

Voces. Isabel Pastor. [Tribuna feminista] La novelista nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie, con el potente discurso durante el Día Mundial de la labor Humanitaria en las Naciones Unidas, nos deja unas cuantas joyas de esas a las que aferrarse en el recuerdo cada vez que todo lo demás parezca tambalearse. Lo explica de una forma bella, directa y poderosa a la vez. Cada palabra que escoge y cada frase que construye sirven al propósito de llegar al oyente, invitándolo a reflexionar y a la vez ofreciéndole una caja por abrir en cada imagen que ofrece al hablar. De nuevo, la forma y el fondo aparecen de la mano al expresar un mensaje. La tensión entre lo interno y lo externo y cómo comunicarlo.

Chimamanda nos regala además una puerta hacia su idioma, que nos lleva no sólo a adquirir un significado que no poseíamos sino a disfrutar y enriquecernos con lo que las palabras y las imágenes pueden hacer juntas: “En mi idioma, Igbo, la palabra que se usa para decir “amor” es “ifunanya”, y su traducción literal es: “ver”. Así que me gustaría sugerir hoy que es este un tiempo para una nueva narrativa, una narrativa en la que realmente veamos a aquellos/as de los que estamos hablando”.

¿A qué nos puede llevar esta imagen que nos da la autora? Probablemente a cada uno/a de vosotros/as os evoque algo diferente. A mi me hace pensar en que aquello de lo que habla la novelista en su discurso cruza fronteras y llega también a lo que vivimos en una relación íntima, de amistad, sentimental, familiar… ¿Qué significa “ver” a la otra persona? ¿Vemos realmente al otro/a en nuestro día a día? ¿Nos vemos a nosotros/as mismos/as? A veces, que una persona se sienta perdida, agobiada, estresada… puede dificultar que vea más allá de sí, otras veces ocurre lo contrario y por no mirarse dentro se llena la vista de todo lo que no sea ella o él. A veces eso puede ayudar a encontrarse, otras veces se corre el riesgo de perderse más.

¿Qué cosas nos ayudan a ver a las otras personas? La autora en su discurso habla brillantemente también sobre lo que implica la dignidad, en este caso se refiere en concreto a las personas refugiadas. Invita a reflexionar sobre lo que estas personas desean, sobre quiénes son, qué celebran, qué gustos tienen, qué costumbres…, ¿qué está haciendo Ngozi cuando nos lanza estas preguntas? Nos está haciendo mirar y ver la parte humana de estas personas que como ella bien dice, no son sólo “refugiadas”. Se da esa circunstancia para ellas. No es que serlo sea poco, es que ya es en sí mucho; serlo o pasar por ello les imprime un conocimiento y una huella. Ser persona refugiada trasciende la circunstancia de serlo y desde ahí se construye una y otra vez.

Aunando el reconocimiento y el orgullo por lo que se es o por lo que se ha pasado, y a la vez lanzando puentes hacia adelante. Resumen en sí mismo de lo que significa la resiliencia, y que conecta con tantas y diferentes luchas: las individuales y las colectivas. Las de la angustia por vivir que a veces pueden albergar las neurosis y las del miedo a no poder hacerlo en pleno derecho y seguridad por ser tu condición digamos, “problemática”: mujer, inmigrante, parado/a, precario/a, no blanca/o, LGTBIQ…

¿Pero es así como están siendo tratadas por las grandes instituciones de Derechos Humanos, gobiernos, medios…? De nuevo, esa tensión entre la misión y utilidad del lenguaje y cómo podemos pervertirlo: palabras que visibilizan realidades y diversidad, convirtiéndose en etiquetas asépticas que nos ayuden a lidiar con el día a día, porque quizá dejarse conectar un segundo por lo que hay detrás de esos significantes nos puede hacer desmoronar nuestro castillo de naipes en el que necesitamos apoyarnos para sacar a flote nuestras responsabilidades diarias. Es normal que así sea, y es legítimo luchar por mantenerse “entero/a” y no irse quebrando a cada paso. Hay mucho que hacer, la vida va rápido, levantar el ánimo cuesta y cuidar, cuando se da el caso, de los/as que dependen de nosotros/as implica estar de una pieza.

Sin embargo… permitámonos en algún momento seguir siendo humanos/as, en la mejor de sus acepciones. El miedo, el peligro, la incertidumbre, el desdibujamiento, el aturdimiento, la sensación de indefensión, el dolor, la pérdida… ¿Crees que a veces, aún siendo consciente de todas las distancias y privilegios que separen cada caso, has podido sentirte como una persona refugiada? ¿En qué sentido? ¿Qué te hizo salir a flote? ¿Quién soy yo/tú respecto a esa persona refugiada?

Ojalá no caigamos en el uso frío o meramente instrumental de las palabras, o en descripciones oportunistas de los afectos con aquellas personas que nos rodean, ya sea en la realidad física, la virtual “la televisada”.

Quizá estaría bien imaginar que uno/a habla el idioma de esta autora, y que eso pudiera ayudar a que al amar no se nos cayera la parte del “ver”, y sí las vendas. Algo que me recuerda a lo que nos invita también a hacer José Saramago en su Ensayo sobre la ceguera: “si puedes mirar ve, si puedes ver repara”.

ver

Imagen extraída de: Pixabay