Justicia, igualdad y derecho a la diferencia

Justicia, igualdad y derecho a la diferencia

[Este artículo forma parte del Cuaderno CJ número 200 y corresponde al segundo capítulo del mismo. Durante las próximas semanas publicaremos en este blog el resto de capítulos del cuaderno.]

Joan CarreraDetrás de toda teoría sobre la justicia encontramos un modelo antropológico y ético que opta por priorizar unos determinados valores. Por este motivo, desde el punto de vista de la antropología cristiana, podemos sentirnos más próximos a un modelo antropológico y ético que a otro.

Si nos centramos en la raíz del concepto justicia, del cual emanan los derechos sociales de segunda generación, es indispensable la inclusión de otros acentos, ya que es fundamental elaborar una teoría de la justicia compleja, adecuada a la realidad presente y que responda a la complejidad de la sociedad actual.

Una aportación plausible de la tradición cristiana y del socialismo ha sido la noción de igualdad, de la cual se deriva naturalmente la preocupación por que las personas sin determinados derechos sociales tengan coartada la posibilidad de desarrollar sus potencialidades. En un primer momento, la posibilidad de ejercer estos derechos sociales se hizo depender de la caridad hacia los menos favorecidos. Más adelante, estos derechos básicos adquirieron el carácter de derechos inherentes a las personas. Por tanto, derechos que generaban unas obligaciones políticas y sociales para que pudieran ejercerse.

Poco a poco, en algunas sociedades con la consolidación de estos derechos se derivaron unas libertades que dejaron de ser patrimonio exclusivo de aquellas clases sociales con medios efectivos para ejercerlos. Sin embargo, pronto se vio la necesidad de incorporar otros acentos a la noción de justicia, y de no reducirlos a una cuestión de igualdad económica. Hay que decir que esta ampliación no siempre fue bien vista por los movimientos políticos y sociales, e incluso algunas veces se opusieron a ella.

De la igualdad al reconocimiento de la diferencia

El eje central del debate tendría que dedicarse a definir en qué somos iguales y qué diferencias serían aceptables, y al mismo tiempo a conjugar la igualdad social y económica con el derecho al reconocimiento de las diferencias culturales. A menudo se han presentado como un binomio opuesto y difícilmente reconciliable, presuponiendo que el crecimiento económico implica la pérdida de la identidad más tribal.

Asimismo, podríamos afirmar que el derecho al reconocimiento de la diferencia también tiene un fundamento universal: todo el mundo tiene derecho a ser reconocido en su identidad única. Cuando ponemos el acento en la igualdad, lo hacemos sobre la premisa de que todo el mundo tiene un paquete idéntico de derechos universales. En cambio, cuando lo hacemos sobre el reconocimiento de la diferencia, lo que hacemos es afirmar que todo el mundo tiene el derecho a que su identidad sea reconocida. Esta diferenciación, ha sido con frecuencia ignorada, encubierta o asimilada a favor de una identidad mayoritaria o dominante.

En una sociedad compleja como la nuestra, la verdadera equidad estriba en considerar qué colectivos diferentes necesitan ayudas diferentes, es decir: no seríamos justos si aplicásemos el mismo tratamiento sin tener en cuenta esta premisa. Así, una justicia distributiva, o más bien redistributiva, tiene que pasar por políticas de redistribución diferenciadas.

De la injusticia solo socioeconómica a la justicia también cultural

En la sociedad actual, constatamos que la injusticia económica y la injusticia simbólica o cultural están interrelacionadas, a pesar de que muchos presenten la solución a estas injusticias sacrificando uno de los dos términos del binomio. Por tanto, hay dos tipos de injusticia.

El primer tipo de injusticia, la socioeconómica, está muy arraigada en la propia estructura de nuestra sociedad: explotación laboral, salarios ínfimos, precarización del trabajo, falta de asistencia sanitaria… El segundo tipo es la injusticia cultural o simbólica, que quizá no sea tan evidente en primera instancia pero que es tanto o más devastadora. Serían ejemplos claros de este tipo de injusticia la dominación cultural, es decir, la sujeción a unos modelos de interpretación y comunicación asociados a una cultura ajena y que nos resultan extraños; la falta de reconocimiento, que nos expone a la invisibilidad en virtud de estos modelos predominantes de interpretación, comunicación y representación; o la falta de respeto al ser difamados, menospreciados de manera constante por medio de estereotipos en la representación cultural pública o en las interacciones cotidianas.

Tanto la injusticia socioeconómica como la simbólica se han generalizado en nuestra sociedad. Las soluciones a la primera exigen cambios socioeconómicos, y las soluciones a la segunda demandan cambios culturales. Para algunos autores, las soluciones liberales del estado del bienestar y del multiculturalismo –entendido más como un mosaico cultural con un marco común jurídico-estatal– son soluciones superficiales que incluso pueden tener resultados perversos a largo plazo. En el caso del estado del bienestar, es cierto que mejora la redistribución económica y política, pero no afronta verdaderamente la injusticia socioeconómica dejando intactas aquellas estructuras que están en la base de esta injusticia. Lo mismo podemos decir de la solución multiculturalista, que supone un reparto superficial del respeto entre las identidades ya existentes, pero sin ir más al fondo y sin alterar sus contenidos.

De la igualdad básica al derecho a la diferencia (sin romper la igualdad)

La solución más radical partiría de la apuesta por reestructurar profundamente las relaciones de producción y las relaciones de reconocimiento. En el ámbito de la identidad, supondría una cierta deconstrucción de las identidades para generar una nueva estructuración a favor del aumento de la autoestima de todos los miembros de la sociedad, sean como sean y vengan de donde vengan. Es necesario que desde la raíz de la identidad propia se aprecien las demás identidades, lo que haría de la sociedad un mosaico dinámico, en el cual las diferentes identidades estarían necesitadas del intercambio de las unas con las otras. Un ejemplo muy completo lo encontramos en relación a la igualdad de género, que representa al mismo tiempo una aspiración de reconocimiento diferencial contra el sexismo y una aspiración a la justicia económica. No se puede satisfacer uno de los aspectos sacrificando el otro. La solución óptima exigiría una reestructuración profunda en el ámbito económico y la generación de una deconstrucción de la identidad.

Esta noción más compleja de igualdad obligaría a ampliar la visión liberal de ciudadano (un individuo con derechos), hacia una visión más comunitaria, en la que el ciudadano es miembro de una comunidad concreta, con una visión concreta del mundo. El reconocimiento ha de venir de una identidad cultural determinada, clave para el desarrollo de los individuos como seres sociales.

La igualdad entendida de manera compleja tiene que prever pues, que los hombres y las mujeres necesitan una matriz comunitaria para su desarrollo pleno desde el punto de vista psicológico y para poder relacionarse con los otros sin complejos ni patologías. Esta matriz es básicamente una cultura, en el sentido más amplio del término. Es en este ámbito comunitario donde surgen más espontáneamente los deberes, entendidos como lazos para con los otros. Y, en consecuencia, es desde esta matriz cultural que es posible aprender a respetar las identidades de las otras personas.

Ahora bien, es indispensable que la inclusión del derecho a la diferencia en los ámbitos individual y colectivo parta de una noción de igualdad básica. El derecho a la diferencia cultural no puede romper la aspiración a la igualdad básica sobre todo en el ámbito socioeconómico y político.

Hacia un mayor respeto y reconocimiento de las diferencias culturales

En definitiva, la dimensión cultural y la identidad forman parte constitutiva del ser humano, y ello a pesar de que en nombre de la libertad y de la igualdad se han exterminado pueblos y culturas enteras. Más cuando en nombre de la idea de libertad y de igualdad pretendidamente universales, no hay otra cosa que el intento de imponerse por parte de una cultura o noción particular. Debemos superar este planteamiento partiendo de concepciones más complejas, que permitan incluir dentro de la noción de igualdad el respeto a la diferencia, y que nos permitan encontrar un camino intermedio entre la homogeneizadora concepción igualitaria, y la vuelta a baremos etnocéntricos cerrados.

Ciertamente, el camino no es fácil y obliga a un continuo discernimiento. Discernimiento entre la presunción de que la cultura tradicional propia merece reconocimiento, y la necesidad de purificación y dinamismo en el interior de cada cultura para superar aquellos valores y prácticas que puedan ser considerados inhumanos.

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Imagen extraída de: Pixabay