Europa en la encrucijada: sucumbir al miedo o abrazar la solidaridad

Europa en la encrucijada: sucumbir al miedo o abrazar la solidaridad

Valeria Méndez de Vigo. [Europa Press] “A pesar de que Alemania es un país próspero, en los últimos años estamos notando mucho la crisis.  Además, hay mucho individualismo. La gente siente que le falla todo, el Estado y sus propias redes, y tiene miedo. Por eso, culpa a los refugiados, son el chivo expiatorio. Creo que la solución radica en ayudarnos más los unos a otros, la solución está en la fraternidad humana”. Estas son las palabras que me dirigió recientemente una mujer en Dresden, Alemania. Hablábamos de la situación de los refugiados en Alemania y del movimiento PEGIDA, de corte ultranacionalista, que protagoniza numerosos actos en contra de los refugiados. Este movimiento es una versión extrema, pero desafortunadamente, no es el único. Con diferentes matices, los refugiados y migrantes se han convertido, muy a su pesar, en bandera de campaña electoral agitada por políticos irresponsables en diferentes países. 

En los últimos años, los movimientos y partidos nacionalistas, están proliferando en muchos países de Europa y también en Estados Unidos. Estos movimientos y partidos abogan por el cierre de fronteras, son contrarios al proyecto de la Unión europea, y buscan enemigos externos -las personas refugiadas y migrantes- a las que culpar de todos los males, sin importar que sea rotundamente falso. A los “argumentos” económicos utilizados tradicionalmente con los migrantes: “nos quitan el trabajo, colapsan nuestros servicios sanitarios, rezagan y perjudican nuestro sistema educativo, se cargan nuestro Estado de bienestar”, se añaden otros de índole cultural en el caso de refugiados de religión musulmana “no tienen nuestros valores, violan a “nuestras” mujeres, pueden colarse terroristas, su integración es imposible”.

Son mensajes simplistas y falsos, que agitan los fantasmas del miedo y el enfado, a veces del voto de castigo. Hay mucha frustración tras la crisis de 2008, que afectó enormemente a mucha gente, que fue consciente de que, por primera vez, viviría peor que las generaciones anteriores. Gente que se siente perdedora y prácticamente expulsada por el proceso de globalización, que se siente amenazada por la deslocalización del trabajo y la creciente desigualdad, por la incertidumbre y la precariedad en el empleo, por las políticas de austeridad y los recortes en las prestaciones.

Efectivamente, tal y como señala la OIT, el porcentaje de personas que en la Unión Europea vive en pobreza relativa ha aumentado del 16,5 en 2005 al 17,2% en 2014, mientras que los trabajadores pobres se han incrementado del 11,9% en 2005 al 13,3% en 2012.

Mucha gente percibe el liderazgo político tradicional como algo lejano y elitista, y desconfía cada vez en mayor medida de las instituciones nacionales y también de las europeas, a las que consideran burocráticas e ineficientes.  De hecho, tal y como muestra un estudio de la OCDE, menos de la mitad de la ciudadanía de los países de la OCDE, tiene confianza en sus gobiernos nacionales, siendo la cuota de encuestados que expresan confianza en sus gobiernos nacionales en 2012 de media 5 puntos porcentuales más baja que en 2007 (del 45% al 40%).

Es en  este contexto de inseguridad y desigualdad  en el que encuentran campo abonado mensajes como “recuperar el control y la soberanía”(“podemos votar para recuperar nuestro país y nuestras fronteras”), claves en el reciente referéndum del Reino Unido por los partidarios del Brexit y de otros movimientos nacionalistas o independentistas; o la consideración de las personas refugiadas y migrantes como una amenaza, tal y como sostiene el primer ministro húngaro, Viktor Orban: “Europa está hoy en juego: el estilo de vida europeo, los valores europeos, la supervivencia o muerte de las naciones europeas” ; por citar sólo un par de ejemplos.

Pero la solución no está en culpabilizar a otros, ni en levantar más muros, más vallas o cerrar más fronteras. En realidad, la solución no es sencilla pero reside más bien en aplicar los principios y valores fundacionales de la Unión europea de justicia, libertad, solidaridad y defensa del Estado de Derecho. Reside, por parte de los líderes políticos, en tener claro qué idea de Europa queremos y actuar en consecuencia: si la Europa de los derechos humanos para todos y todas, con una visión cosmopolita e integradora, u otra cerrada en si misma, excluyente, intolerante y cada vez más desigual.

Pero para avanzar en la primera concepción de Europa es necesario orientar las políticas al bien común y situar en primer término a las personas vulnerables, especialmente a las refugiadas y a las que sufren más severamente los efectos adversos de la globalización y la desigualdad. Hay que recuperar la confianza en las instituciones, ampliando la democracia y la participación de la ciudadanía en las decisiones que afectan a sus vidas, con información, transparencia y debates. Es preciso situar los derechos fundamentales, incluido el de asilo, en el corazón de las políticas públicas. Además, hay que afrontar la crisis de desigualdad creciente en Europa poniendo en marcha políticas fiscales, de empleo, de protección social, y que inviertan fuertemente en  servicios o derechos sociales básicos, como salud, agua y saneamiento, vivienda y educación.

La solución a la situación de miles de personas refugiadas en el mundo no es una cuestión baladí. En ella nos jugamos nuestra credibilidad y lo cierto es que por el momento, no está saliendo bien parada. Por ello, de cara a la Cumbre sobre Refugiados y Migrantes que tendrá lugar el próximo 19 de septiembre, pedimos, tal y como señalamos desde la campaña Hospitalidad, impulsar políticas de migración y refugio inspiradas en la protección y en la acogida y por abordar las causas de la violencia, la guerra y los desplazamientos y trabajar para solucionar los conflictos.  Hay que abrir vías de acceso legales y seguras, invertir en cooperación al desarrollo y en ayuda humanitaria y abrazar la diversidad en nuestras sociedades, considerándola como una fuente de riqueza. Finalmente, es fundamental trabajar en una identidad común europea basada, no en la descalificación del diferente, sino en los valores y principios de los que nos podamos sentir orgullosos, y asumir responsabilidades en el destino común de las personas más vulnerables haciendo de nuestros países, de nuestra Europa y, en definitiva, de nuestro mundo, lugares en los que primen los derechos fundamentales de todas las personas.

Europa

Ilustración de Gerard Miquel.