¿Por qué seguimos votando a partidos corruptos?

¿Por qué seguimos votando a partidos corruptos?

Santi Torres. [Revista digital L’Agullablog del autor] Los resultados de las elecciones del pasado 26 de junio sorprendieron a muchas personas, que confiaban en un cambio de mayorías y en la posibilidad también de un cambio real de gobierno. Sorprendió especialmente que el Partido Popular recuperase votos (casi 700.000) y diputados (14) en relación a las elecciones del 20D. La sorpresa fue mucho más grande entre aquellos que viven inmersos en el mundo de las redes sociales, y que auguraban por el ambiente de estas redes y de las encuestas que el Partido Popular no recuperaría tanto, y que estábamos mucho más cerca de una mayoría de izquierdas liderada en este caso por el partido de Pablo Iglesias y de Alberto Garzón. Después del recuento, vinieron las lamentaciones, la perplejidad y la decepción.

Quizás la primera conclusión sería la de recomendar a la gente que se dejase de redes y escuchase mucho más lo que se dice y se habla en aquellas ciudades, barrios o pueblos donde el discurso del PP ha calado hondo y la fidelidad a este partido está a prueba de cualquier cataclismo. Y recomendar también, que dedicasen un tiempo a leer el magnífico estudio que el año 2012 politólogos como Jordi Muñoz publicaron precisamente con el título “¿Por qué los votantes perdonan a los políticos corruptos?”[1] Algo no se ha hecho bien cuando un partido con la carga de corrupción que acumula en los últimos años y con un liderazgo aparentemente débil, continúa y continuará gobernando los próximos años, después de una corrección seria, pero que en ningún caso ha sido determinante.

Como expresan los politólogos en su estudio, la corrupción es un factor pero no el definitivo. Los votantes han valorado otras cosas. Seguramente han valorado una mejora económica, la han percibido y la consideran el inicio de una recuperación que les llevará a una situación de más bienestar. Tenemos pues un electorado conservador que confía aún en el sistema y que lo ve como el único posible ante alternativas “excesivamente radicales”. Este conservadurismo se debe a muchos factores, y el envejecimiento de la población es tal vez el principal. Para mucha gente, la garantía del mantenimiento de las pensiones (por cierto, lleno de interrogantes) y el discurso de la creación de empleo (aunque sea precario) se ha convertido en un discurso realista y creíble. La izquierda, en cambio no ha construido todavía un relato económico alternativo que haya sido percibido como viable. ¿O es que en un país donde una buena parte de la gente sueña en hacerse millonaria a través de la lotería, hay lugar para alternativas económicas que tan solo se están empezando a experimentar? El PP se ha centrado en este voto conservador y ha conectado con él, a pesar de la corrupción y de su débil liderazgo.

Pero no es sólo el factor económico el que pesa. En mi opinión también hay una derrota en el terreno cultural y de los valores. El intelectual Santiago Alba Rico escribió no hace mucho, un libro muy interesante titulado ¿Podemos seguir siendo de izquierdas?, donde defendía, en contra de buena parte del pensamiento dominante de izquierdas, una necesidad de reconocer el papel que juegan en la vida de las personas la religión, la familia, la nación, la propiedad u otros valores considerados como “conservadores”. Hay en toda la órbita del sentido y la cotidianidad de la vida de las personas valores que muchas veces un discurso de superioridad intelectual de una parte de los partidos de izquierda ha despreciado siempre, e incluso, ha denigrado y ridiculizado. Pues bien, para muchas personas que viven en nuestro mundo cambiante con temor, que viven en la precariedad y la inseguridad económica, estos valores conservadores son los únicos a los que aferrarse.

Los partidos de izquierda pueden seguir acomodados en su Olimpo, lamentándose de la sociedad que tenemos y despreciando a los “electorados cautivos” de otros partidos, pero seguirán naufragando elección tras elección[2]. Ya hemos visto que la corrupción no es motivo suficiente, y que es necesario y urgente construir un discurso atractivo, realista y respetuoso para millones y millones de personas que no renuncia a un futuro y a un país mejores, pero que no se sienten atraídos por un discurso que no entienden y que ven como algo ajeno.

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[1] L’estudi duia el títol “Why do voters forgive corrupt politicians? Cynicism, noise and implicit exchange” i es va presentar al congrés IPSA a Madrid el juliol del 2012.

[2] Recomendable también El naufragio de la izquierda de José Ignacio González Faus.

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Imagen extraída de: ATTAC Madrid