Tierra de turistas. ¿Patrimonio de nadie?

Tierra de turistas. ¿Patrimonio de nadie?

Cristian PalazziUna de las últimas razones que han obligado a las ciudades a reformar sus barrios históricos ha sido el turismo. Con la llegada masiva de visitantes se ha visto la oportunidad comercial de abrir el contenido cultural de la ciudad al viajero y, en este sentido, se han llevado adelante reformas destinadas a hacer emerger algunos de los tesoros que hasta el momento habían sido abandonados. La paradoja llega cuando nos damos cuenta de que hay ciudades, Barcelona entre ellas, los barrios históricos de las cuales presentan una densidad turística tan elevada que ha empezado a afectar la vida propia de la ciudad.

Parece que la turistificación de las zonas más características de la ciudad las estuviera vaciando de lo que les es más propio: su personalidad. Y esto no sólo representa un problema para la ciudad, sino también para el turismo. Vaciar de contenido los barrios los acaba convirtiendo en lugares de paso, sin memoria que explicar, donde menudean las relaciones meramente comerciales y donde el tejido ciudadano queda relegado a números y estadísticas. Yo todavía conozco gente que nació en el Portal del Ángel, pero ¿qué pasará cuando ya no viva nadie? ¿Qué tipo de socialización se dará en ese espacio?

Una buena imagen de lo que podrían terminar siendo este tipo de espacios nos la da Marc Augé. Según él, un espacio de convivencia se define por su historia, por su identidad y por las relaciones humanas que interaccionan partiendo de su subjetividad. Augé llama “no lugares” a aquellos lugares deshumanizados donde las relaciones se han convertido en un mero medio para alguna finalidad comercial. Quiero esto. ¿Lo puedo pagar? Lo tomo. No hay miradas de complicidad en un supermercado, ni sonrisas que nos alegren un mal día en un centro comercial.

El hecho de que los barrios históricos de las ciudades se estén despoblando representa una grave amenaza a su historia. Una historia que, al fin y al cabo, es lo que los turistas buscan. Para que un barrio sea disfrutable turísticamente es necesario que los miembros que forman parte de la comunidad de acogida sientan sus espacios como su casa. Es entonces cuando el tejido humano local empieza a generar interacciones provechosas para todos.

El turista busca no sólo comercios y atracciones, sino también autenticidad, experiencia y, en muchos casos, conocimiento. Es por ello que patrimonializar una ciudad para que los turistas puedan recorrerla no debe significar musealizarla, empaquetarla, tematizarla, ni estetizarla. Antes que esto se trata de reforzar, como todas las generaciones precedentes han tenido la oportunidad de hacer, el calor humano que se quiere transmitir en el extranjero. El turista, cargado de curiosidad, viaja a un lugar desconocido a ver qué puede aprender. No creo que una reflexión profunda de lo que significa la identidad cultural de una ciudad pueda dar como resultado satisfactorio su desaparición.

La sostenibilidad también habla de esto y es hora de que en Barcelona se inicie seriamente un debate que vaya más allá de las cifras que se pueden contar. En Tierra de nadie: como pensar (en) la sociedad global, Antonio Campillo nos recuerda que tenemos la obligación moral de generar espacios que, por un lado, no sean propiedad de nadie y que, por otro, se conviertan en patrimonio de todos. La dialéctica entre propiedad y patrimonio nos puede dar alguna pista para pensar lo que estamos diciendo. Facilitar el acceso al turista en el relato que queremos que nos caracterice no puede ser contradictorio con facilitarle el día a día al ciudadano. Las cosas, como los edificios y las calles, toman sentido cuando alguien es capaz de vivirlas y sentirlas suyas, y en eso radica su sostenibilidad esencial.

De lo que se trata no es de detener el flujo de visitantes, al contrario, sino de reforzar el tejido de acogida que genera la autenticidad que les sirve de reclamo. Todo el mundo gana. Que es de lo que se trata, ¿verdad?

turismo Barcelona

Imagen extraída de: La maleta de Mayte

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